Hay violencias sutilmente agresivas que lesionan sin que quien las recibe pueda percatarse de ellas. Sólo siente un malestar cuya causa no logra reconocer. Lo dice Claudia Truzzoli, psicoanalista y psicóloga.

El artículo de Claudia Truzzoli, que les resumo a continuación, es uno de los mejores estudios que he leído últimamente sobre el machismo, porque se refiere al machismo imperceptible, ese que hiere sin apenas darte cuenta (las madres solteras y solas que visitan esta web sabrán pronto de qué les hablo).

Si cuentas cómo te sientes, solamente las mujeres (y no todas) te comprenden. Los hombres, diría que prácticamente ninguno. Para ellos es natural, normal, habitual, da risa, parece de chiste, están locas, al final no podremos ni abrir la boca, ellas todo se lo toman mal, nos volveremos todos maricones…

Así se vive en la familia, en la calle, en el trabajo, en el día a día, junto a compañeros que han aprendido a disimular su machismo, pero siguen comportándose como el antiguo pater familias: “a los hombres nos gusta reunirnos sin la presencia de mujeres, así no tenemos que disimular si hablamos de ellas”, o bien  “a mí, ninguna mujer me dice lo que tengo que hacer y de qué modo”.

Mis dos compañeras de trabajo, unas chicas fantásticas, tienen una percepción de la violencia invisible machista que concuerda al cien por cien con las explicaciones que da la doctora Truzzoli. Y créanme, es un gustazo trabajar con ellas. Saber que ponen todo su empeño en educar a sus hijos e hijas sin la lacra del hombre superior y la mujer inferior, a la que “puedes seguir jodiendo, aunque sólo sea un poquito, porque de un tiempo a esta parte ya no se deja”. ¡Y que ante cualquier comportamiento machista, sueltan una coz que dejan bien servidos a los susodichos!

Cuando él llega del trabajo, ella ya ha salido antes del suyo para recoger a los niños del colegio y hacer algo de compra.

Cuando él llega del trabajo, ella ya ha salido antes del suyo para recoger a los niños del colegio y hacer algo de compra.

Violencias invisibles. Los micromachismos de la vida cotidiana

“De estas violencias invisibles nos pueden informar las médicas y los médicos de familia, que suelen atender sobre todo a mujeres, y no por un sesgo determinado sino porque, generalmente, son ellas las que acuden a buscar alguna solución a su malestar difuso.

Ser percibida únicamente como dadora de cuidados implica una violencia invisible para cualquier mujer porque se le está negando el derecho a desear algo para sí misma que no se satisfaga al entregarse al deseo de los demás.”

Este malestar no sólo es propio de las amas de casa. También afecta a mujeres que trabajan fuera de casa.

Imaginemos una escena:

“Ella y él coinciden en sus horarios de vuelta a casa. Los dos están cansados. ¿Qué hace él? Como está agotado, se acomoda en el sofá y pregunta qué hay para cenar porque quiere irse a dormir pronto. Si hay niños que desean jugar con papá, no siempre lo consiguen, pues, con la complicidad de su señora, se les sugiere que han de dejar a papá tranquilo porque está cansado. Él, mientras espera la cena, puede relajarse mirando la tele o dormitar hasta que le avisan de que la cena está servida.

¿Y qué hace ella? También está cansada pero siente una obligación muy fuerte… que le dice que tiene que atender a su marido, porque el pobre está cansado –ella también, pero se dice a sí misma que las mujeres son más sacrificadas, que los hombres gastan más energía y que, por eso, se merece que ella lo atienda–. Los niños no dejan de demandar a mamá, y ella se pone nerviosa porque aún tiene que prepararles el baño, la cena, acostarlos… Y cuando ha terminado y piensa que podrá descansar, su marido quiere tener relaciones sexuales, a las que se presta sin ganas para no decepcionarlo. Si estuviera relajada, tal vez sentiría deseo… Antes de dormirse, él le dice que al día siguiente ha invitado a cenar a casa a unos amigos que hace tiempo que no ve.”

En esta escena existen varias violencias invisibles:

1.    Cuando ella y él regresan a casa desde sus respectivos trabajos, a ella le espera otro que no comparte. Es una desconsideración a su cansancio.
2.    Creer que ella tiene que hacerse cargo de la casa es una cuestión jerárquica. Subordinación de la mujer frente al hombre.
3.    El hombre recibe el debido respeto, mientras que la mujer, no.
4.    Invitar a unos amigos sin consultarle antes supone un trabajo adicional para ella, que se le impone.

El precio de sacrificarse

“Cuando a base de repetir estas escenas cotidianas, llega un momento en que se siente vacía, deprimida, con un dolor en todo el cuerpo: la espalda, las articulaciones… va al médico. Lo más común es que éste le recete rápidamente antidepresivos que le amortiguarán el dolor, pero también la posibilidad de emocionarse, de alegrarse; unas pastillas que la embotarán lo suficiente para que siga soportando su existencia descolorida.

En casos extremos pueden llegar a tratarla de histérica porque los exámenes clínicos que le han hecho no muestran nada anormal. Y diciéndole que no tiene nada, ejercen sobre ella otra violencia invisible, porque descalifican su malestar real haciéndole creer que es infundado. Pero si no tiene nada, ¿por qué sufre tanto?

¿Pero sabría ella precisar las causas de su malestar? La culpabilidad le hace jugarretas tramposas: cuando siente rabia hacia su marido porque le parece que fue desconsiderado con ella, inmediatamente quiere olvidarse de lo que sintió. Piensa que no tiene derecho a criticarlo, que es un buen hombre y ella, en cambio, no es lo suficientemente buena mujer como para dedicarse a lo que considera su deber sin quejarse tanto. Después de todo, ¿no es algo que les sucede a todas las mujeres? Esta idea final confina a la mujer a un malestar creciente que paga con sus síntomas psicosomáticos, si tiene un carácter más reflexivo; o con un mal carácter que nadie se explica.”

Procedencia del artículo:
Claudia Truzzoli, psicoanalista y psicóloga
Revista Mente Sana nº 57

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