Tema: Los hijos
Colaboradora: Lilia Ramírez
País: Nuevo León, México
Marzo 2010

En el norte del país (México) hay una frase muy común para decir que una persona tiene éxito o que ha sorteado los problemas y “le va bien” esa frase es “salir adelante”.

Es muy común que en estados como Nuevo León haya un prejuicio de que si no eres económicamente pudiente, entonces te ha ido mal. Y estas en la fila de los perdedores.

Los hijos requieren dos cosas: amor y cuidado.

Los hijos requieren dos cosas: amor y cuidado.

Si no tienes carro más o menos, o tu casa no cuenta con las comodidades mas allá del promedio, entonces te ha ido mal.

Si trabajas en un lugar donde por años has ganado lo mismo y no te han ascendido, entonces te ha ido muy mal.

Estos conceptos, dejan en desventaja algunas aspiraciones de personas que buscan mas allá de lo material, digamos que son personas que buscan un bien superior que esté por encima de lo material.

El regocijo espiritual, de saberse personas de bien, con valores, ser honestos, que se aceptan como son y que conviven con sus defectos sin caer en la tentación de maquillarlos con un buen perfume o ropa  de marca.

Esta influencia esta muy marcada entre los jóvenes que buscan una aceptación social a partir de “tener” más que el de “ser” y esto lo sabemos las mujeres que estamos solas, con una doble responsabilidad.

Darles a nuestros hijos lo que ellos quieren, para que se sientan bien y nos vean “con buenos ojos” puede ser un alto precio que paguemos y que sea un “boomerang” que nos regrese la vida con altos costos.

Esperar sentadas para que nuestro hijo reconozca en nosotras valores, como la fe, la autoconfianza, la honestidad y la autodeterminación, es una tarea titánica que pocas vences nos deja bien libradas.

Para ellos, solo existen dos palabras “tener mas” que son válidas en un cerco social que algunas de nosotras hemos construido con nuestras acciones solo para que ellos nos acepten y no nos dejen en la calle con sus aseveraciones.

Pero sucede que todo tiene que llegar a su fin, así como un camino que empieza por ser andado con cabos sueltos e inciertos, asimismo nuestros hijos darán cuenta de sus exigencias más allá de lo que les corresponde, incluso sobrepasando el límite del respeto.

No son ellos los responsables en un cien por ciento, ya que madres solteras como yo nos entregamos a la afanosa tarea de sobreproteger con dar más allá de lo que es meramente y estrictamente necesario.

Los hijos lo único que requieren son dos cosas: amor y cuidado. Lo demás no es necesario para que crezcan en un ambiente de seguridad y confianza, herramientas que serán útiles para su vida futura.

Si queremos aprender de nuestros errores, es preciso poner  un alto en el camino y reconocer con prudencia y humildad que fuimos hacedoras de un clima de exigencia y demanda en nuestra propia casa.

Convivir en un ambiente donde lo que se propaga es tener mas allá de lo posible, constituye una sentencia que tarde que temprano se cumplirá con aniquilarnos como madres proveedoras y pasar a ser solo el enemigo para ellos.

No es posible que ante tanta tecnología nos quedemos mudas frente a la única persona que vive con nosotros y que parte fundamental de nuestra familia, familia monoparental.

Es una triste realidad que varias madres solteras vivimos a diario, es sabernos copartícipes de esta muerte anunciada que nos mina cada minuto de nuestra existencia y nos deja con el corazón atravesado por la culpa.

Quizá es momento de decir, basta, alto, no más. En nosotras está la respuesta para enderezar el camino, ya que el único capital con el que contamos y que es el más valioso es nuestro amor de madre.

Seremos un artífice de lo que la sociedad da por sentado, que una madre soltera no cría buenos hijos y los echa a perder porque le “hace falta” la figura del padre y no hay autoridad en ese hogar.

Darle la razón a quienes nos mantienen con el agua hasta el cuello, es como aceptar que hemos cometido el peor error  y que así debe ser, y que quizá cuando nuestro hijo sea padre nos valorará y nos amará más.

Esto es una mentira que nos tejemos sobre nuestra piel, para sentirnos menos frustradas, con el deseo ferviente de que nuestro hijo cambie y se de cuenta de que él está en el error.

No es así, nuestro deber de madres-adultas es posponer la muerte, y permanecer erguidas ante este escenario que nos deja fuera de juego, es momento de poner punto final.

Solo desde nuestro más ferviente deseo de ser una “buena madre” surge la plena confianza de mantener a raya nuestras debilidades y consensuar con nuestros hijos una tregua.

No hay tiempo para autoflagelarnos, solo quedan instantes de la vida de nuestros hijos donde seremos dos, después él estará lejos y nosotras seremos menos que uno, si nos quedamos con los brazos cruzados.

Si nuestro amor de madre lo ponemos por encima de nuestras urgencias para que nuestro hijo siga alimentando la intolerancia, seguramente dará mejores frutos que postergarlo para después nunca.

Darle todo al hijo, es como ir forjando un cuasi-mounstruo que vendrá a devorarnos y hacernos de nosotras solo unas pobres marionetas.

Somos mujeres fuertes y admirables por haber decido tener a este pequeño y no haberlo votado en un basurero, dejarlo tirado como si fuera nada, quizá pudimos hacerlo pero decidimos….salvarle la vida.

Aun es tiempo de corregir errores y salvar la vida de nuestro hijo… por segunda vez.

Lilia Ramírez