No los he visto y no me los quieren entregar”, dijo la joven al personal, a quienes explicó que los menores habían sido registrados por su padrastro, Ramón Hernández Romero y su madre, María Concepción Mora Campos, como si fueran sus hijos.

La situación no era del todo desconocida para los agentes pues de manera regular acuden a ellos jóvenes madres solteras en situaciones similares en las que los padres registran a sus nietos como hijos propios por temor al “qué dirán”.

Transcripción de la noticia publicada por el digital Frontera con fecha 23 de julio de 2010.

Expediente: Quiero a mis hijos

Por: Juan Carlos Ortiz


TIJUANA, Baja California(PH) – “Vengo a ver si me pueden ayudar a recuperar a mis hijos”. Fue la inquietud que la joven Valeria Carrillo Mora planteó al agente del Ministerio Público de la agencia a la que acudió a solicitar apoyo y asesoría de parte de las autoridades.

Valeria encontró la luz la final del terrorífico camino. Su pareja actual la animó a denunciar.

Valeria encontró la luz al final del terrorífico camino. Su pareja actual la animó a denunciar.

Se trataba de una joven menudita que en apariencia no rebasaba los 20 años, un tanto retraída y temerosa de ofrecer más información de la que ella consideraba necesaria.

Su evidente negación a explicar los motivos por los que deseaba recuperar a sus hijos y, sobre todo, de quién debía recuperarlos hizo sospechar al personal de la Procuraduría que en ese caso existía un trasfondo y que debían insistirle para que se animara a ofrecer su versión completa.

La joven dijo ser la madre del niño que llevaba en brazos, José Ángel Hernández Carrillo, de 2 años, pero que además tenía otros dos, Juan Miguel y Perla, de 6 y 5 años, respectivamente, quienes llevaban los apellidos Hernández Mora.

“No los he visto y no me los quieren entregar”, dijo la joven al personal, a quienes explicó que los menores habían sido registrados por su padrastro, Ramón Hernández Romero y su madre, María Concepción Mora Campos, como si fueran sus hijos.

La situación no era del todo desconocida para los agentes pues de manera regular acuden a ellos jóvenes madres solteras en situaciones similares en las que los padres registran a sus nietos como hijos propios por temor al “qué dirán”.

Sin embargo, algo en la actitud de Valeria los hacía dudar que los argumentos que ofrecía fueran el verdadero motivo por el que sus padres tuvieran la custodia de sus hijos.

La agente del Ministerio Público insistió al notar la fragilidad del estado emocional que la joven presentaba y ésta no tardó mucho tiempo en ceder a los cuestionamientos.

Valeria confesó entonces que la razón por la que su padrastro había registrado a los menores con su apellido y era porque en realidad él era el padre biológico de sus tres hijos.

Gracias a su pareja

Semanas atrás Valeria confesaba a su pareja sentimental, un joven de quien se había enamorado y que hasta entonces le había dado su apoyo aceptándola con su hijo José Ángel, que además del pequeño había procreado dos hijos más.

La joven había abandonado hace meses el hogar familiar y se había buscado un trabajo por su cuenta en donde encontró el amor.

Se fue a vivir con su pareja y hasta entonces, luego de un tiempo de convivencia en común, tuvo la confianza necesaria para darle los sórdidos detalles de su vida pasada, de los años que sufrió la violación continúa de parte de su padrastro.

Fue su joven enamorado quien la motivo entonces a recuperar a sus hijos sugiriéndole solicitar la ayuda de las autoridades.

Fue así como Valeria se decidió a presentarse ante la Agencia del Ministerio Público, pero lejos de acudir a denunciar las vejaciones vividas durante cerca de nueve años, ella lo único que buscaba era aclarar la situación del registro de sus hijos que aparecían en el acta de nacimiento como si hubiesen sido dados a luz por su madre, es decir, por la abuela de los pequeños.

Entonces, más con vergüenza que con coraje, la joven madre explicó a los agentes que su único interés era el de recuperar a sus hijos a quienes hasta hacía muy poco tiempo había sido obligada a tratar como si fueran sus hermanos.

Los agentes la escucharon describir a detalle los años vividos en casa, en donde su madre lejos de protegerla de los abusos de su padrastro, la obligaba a acceder a sus requerimientos sexuales desde la preadolescencia.

La ignorancia en la que su propia madre la había obligado a vivir, casi reclusa en su casa y sin estudiar durante el tiempo que duraron sus dos primeros embarazos, la hacía dudar de la validez de su propio reclamo.

Tanto así que fueron los mismos agentes quienes tuvieron que explicarle la conducta de su padrastro no era un comportamiento normal, que ella había sido abusada durante años, que eso era un delito y que el hombre que la había hecho pasar por ese calvario debía pagar por su crimen.

“Ella está bien”

Valeria fue canalizada de inmediato con los peritos en psicología para valorar su estado mental, ya que era necesario asegurarse de la veracidad de la acusación antes de proceder en contra de su padrastro y de su madre.

Se trataba de obtener la información suficiente para poder abrir de inmediato una averiguación previa en contra del presunto agresor sexual y de su cómplice, porque una vez verificado el dicho de la joven lo más sencillo era obtener la orden para practicarle a la denunciante y al señalado las pruebas genéticas que podrían corroborar con un mayor grado de certidumbre los verdaderos progenitores de los niños.

Además de valorarla y concluir que la joven, aunque frágil mentalmente por el trauma de lo vivido, pero más por la incertidumbre de no saber si podría recuperar a sus hijos, se encontraba sicológicamente apta, los peritos lograron obtener información que agravaba el caso dándole una vuelta de tuerca más a la ya de por si retorcida historia.

Valeria relató a los sicólogos, cómo después lo haría con los agentes asignados a su caso, que además de ella su hermana Jennifer Carrillo Mora, de 24 años, había sufrido las mismas vejaciones de parte de su padrastro.

Explicó que al igual que ella, su hermana había procreado con Ramón Hernández Romero tres hijos de similares edades a los suyos: Manuel, de 8 años; Selene de 5 y Bradley, de 2 años 10 meses.

Valeria expuso que la violación de parte de su padrastro no fue solamente solapada por parte de su madre, sino que ésta participó activamente durante las primeras ocasiones tomándolas de las manos o tapándoles la boca para que no opusieran resistencia o hicieran escándalo mientras el enfermo de su marido las violaba.

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