Son numerosas las madres solteras que mantienen a su familia en la colonia La Campanera, en Soyapango. A los contratiempos normales para encontrar trabajo, ellas han de sumar el de los prejuicios de la gente con la población de esta colonia.

Ana tiene un comedor. Gracias a éste y a que su hijo de 23 años limpia buses, mantiene a sus tres hijos.

Ana tiene un comedor. Gracias a éste y a que su hijo de 23 años limpia buses, mantiene a sus tres hijos.

Transcripción del artículo publicado por el digital El Salvador con fecha 24 de septiembre de 2010.

No les dan trabajo

Begoña Barberá

De las 2 mil viviendas habitadas que hay en la colonia La Campanera, en Soyapango, más de la mitad tienen como jefas del hogar a madres solteras, según varias de las residentes de la comunidad.

Esta cifra parecería exagerada hasta que Delmy Chávez, una de ellas, va indicando conforme camina por la calle diciendo: “Mire, ella es madre soltera. Ella también”… y así, salvo una, todas las mujeres con las que nos cruzamos por la calle son madres que mantienen a sus hijos ellas solas o, en el mejor de los casos, con la ayuda de sus madres.

Éste no es un problema exclusivo de esta comunidad pero aquí se agrava debido a que, a los problemas propios de cualquier madre soltera salvadoreña, se suman los que hallan por vivir en un lugar que cuenta con una de las peores famas del país.

DIFICULTAD SOBRE DIFICULTAD

Ser mujer, ser madre, tener más de 30 años en la mayoría de los casos y vivir en La Campanera, conocida por sus altos índices delincuenciales, hace que los obstáculos se sumen en el horizonte de estas mujeres. Junto con esto, la pobreza y la crisis económica que está dificultando la labor de encontrar trabajo.

Nos reunimos con Mercedes, Esperanza y Delmy, todas con entre tres y cinco hijos y ninguna con contrato de trabajo, se buscan la vida como pueden para sacar adelante a su familia. Todas han vivido alguna situación en la que no se les ha concedido un préstamo para montar un pequeño negocio o no se ha aceptado su solicitud de trabajo al ver el lugar donde residen. A falta de alguien que las contrate, han tenido que optar por trabajar por su cuenta.

Mercedes echa pupusas. Dice que con esta venta y la de las prendas que hace ella misma de crochet va subsistiendo. Tiene cuatro hijos, el mayor de los cuales tiene 16 años. Ninguno de ellos trabaja. Se dedican a estudiar. Dice ganar al día una media de cinco dólares. “Uno no le da gran cosa a los hijos pero más o menos, los tres tiempos aunque sea medidos les consigo dar”, explica. El hijo de Esperanza ha dejado sus estudios para ayudar a su madre que se dedica a lavar y planchar ropa por encargo. Él, a sus 18 años ayuda a su abuelo a vender agua con una pipa.

Delmy Chávez da clases de bisutería en las comunidades. A cambio pide una colaboración y también vende las que hace. Con lo que saca mantiene a sus cuatro hijos, ya que ninguno trabaja.

La mayor parte de habitantes de la colonia no son dueños de sus viviendas. Ellas cuentan que han tratado de pagarlas pero, o no han podido cumplir los requisitos exigidos por el Fondo Social para la Vivienda, como el de presentar dos salarios mínimos; o no han sido capaces de pagar las cuotas. Ellas, que han hecho habitables esas casas abandonadas desean ser sus legítimas propietarias y solo piden que las cuotas se adapten a sus posibilidades.

No ser propietarias significa no poder tener un contrato de agua o de luz. Los vecinos que tienen suministro de agua les facilitan el acceso y se conectan al contador de la luz de manera ilegal. Afirman que el dinero que les piden para la reconexión, tanto de agua como de luz es excesivo para sus bolsillos. Supera los $100. Delmy lamentó sentir que hay gente que les considera delincuentes. “El problema es que somos pobres y no tenemos ese acceso, pero no es porque nosotros no queramos, sino que esta gente (las compañías de agua y luz) exige a uno que tiene que pagar de un solo cuando saben que la situación económica esta difícil”, expuso.

Calendula
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