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Cuál es la situación de Sakineh. Amnistía Internacional – Actualización de datos: 10 de agosto de 2010.
“Este modelo de religiosidad represiva apenas oculta los intereses económicos de la clase dirigente, que se escudan en el islam para preservar sus privilegios.”

Una mujer iraní toma parte en la recreación de una lapidación realizada en Bruselas.

Una mujer iraní toma parte en la recreación de una lapidación realizada en Bruselas.

Transcripción del artículo publicado por el digital El País con fecha 15 de julio de 2010.

Sobre la lapidación en Irán

Abdennur Prado

Una vez más los medios de comunicación se hacen eco de una sentencia de lapidación en un país de mayoría musulmana. En este caso se trata de la condena de Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer iraní. Ante casos como este creo que los musulmanes españoles debemos hacer un esfuerzo de clarificación y mostrar claramente cuál es nuestra postura.

La lapidación es una práctica que no aparece en el Corán ni se justifica por el ejemplo del Profeta, pues él mostró su desaprobación. A pesar de ello pasó a los códigos de jurisprudencia medievales. La lógica que guiaba a los juristas de esa época es la de equiparar pecado con delito, confundiendo así de forma manifiesta los planos religioso y secular: todo acto considerado como una violación de los preceptos religiosos debe ser castigado por el poder político de turno.

Aún así, la condena a lapidación fue sometida a tales restricciones que hacían prácticamente imposible su aplicación. La arabista española Delfina Serrano, investigadora del CSIC, ha mostrado que no se tiene constancia de una sola aplicación de la pena de lapidación en toda la historia de Al Andalus. ¿Por qué? Porque esa condena no estaba ahí para ser aplicada, sino para prevenir el adulterio. En primer lugar, los adúlteros deben confesar su culpa, no pudiéndose considerar la maternidad como una confesión. En segundo lugar, son necesarios cuatro testigos presenciales, sin ser ninguno miembro de la familia de los encausados, ni tener asuntos o intereses con ellos. Por si fuera poco, los testigos tienen que ver el adulterio en acto, viendo el coito hasta el punto de que no se pueda pasar un hilo entre los presuntos adúlteros.

Para proteger a las madres solteras, en el Derecho musulmán existe una bella figura jurídica: la del “feto dormido”, que descansa durante años en el vientre de la madre. Esta figura, que escandaliza a los racionalistas, no es obra de la ignorancia en cuestiones de gestación, sino una medida de protección inventada por los juristas para evitar problemas a las madres solteras. Por si fuera poco, la persona condenada por adulterio podía alegar todo tipo de atenuantes, como haber sido poseída por un genio o estado de locura transitoria.

En el islam nadie puede tomarse la justicia por su mano. Existe una tradición del Profeta en la cual un hombre le pregunta: “Mensajero de Dios, entonces, ¿si encuentro a mi mujer con otro debo ir a buscar cuatro testigos?” El profeta Mahoma contestó: “Sí”. Existen también una serie de prescripciones tendentes a proteger la privacidad de estos asuntos, tales como los castigos por calumnia. En la mayoría de los casos una acusación de adulterio acaba con el castigo del que acusa, dada la dificultad de verificarse. Es casi imposible verificar el adulterio, y el Corán nos conmina a aceptar el arrepentimiento en caso de que así sea: “Si se arrepienten y se enmiendan, dejadles en paz” (Corán 4:15-16).

Siendo así, es lógico que no se conozcan sentencias como la de Sakineh Mohammadi Ashtiani en países tradicionalmente musulmanes. En el sentir de la mayoría de los musulmanes eso no se corresponde al mensaje del islam, ni a la sensibilidad islámica, pues sabemos que “Dios se ha prescrito a si mismo la misericordia como ley” (Corán 6: 12). Esto hace que una sentencia como esta, ya cruel de por sí, se presente además como algo incomprensible. Por desgracia, nada de esto se corresponde con el modelo de islam autoritario impuesto por los clérigos iraníes, cuya visión del islam se corresponde a un programa político de control social basado en una visión represiva del islam, según la cual ellos son los representantes de Dios sobre la tierra, encargados de velar por la islamicidad de las costumbres.

Este modelo de religiosidad represiva apenas oculta los intereses económicos de la clase dirigente, que se escudan en el islam para preservar sus privilegios.

En Irán no se está aplicando la sharía, ni siquiera ninguno de los grandes tratados de jurisprudencia islámica de la historia. Más bien, el islam esta siendo secuestrado para justificar la tiranía de los clérigos reaccionarios, que se otorgan a si mismos la capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, considerando a la masa de los musulmanes como menores de edad, incapaces de decidir libremente su futuro.

Desde aquí pedimos a los responsables de la República Islámica de Irán que anulen la sentencia de lapidación a Sakineh Mohammadi Ashtiani, y que deroguen dicha ley, que solo puede ser considerada como una anomalía y una traición a los más básicos valores del islam.

Abdennur Prado es autor de El lenguaje político del Corán (ed. Popular 2010).

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