Toda pena capital es digna de condena, pero la que impone Irán añade una humillación y ensañamiento imposible de aceptar.

Transcripción del reportaje publicado por el digital El País con fecha 20 de septiembre de 2010.

Por qué la lapidación es la peor ejecución

Mariangela Paone 20/09/2010

Safiya Hussaini tenía 30 años en 2001 cuando un tribunal islámico la condenó en Nigeria a morir lapidada por cometer adulterio. Pocos meses después, en marzo de 2002, la misma sentencia cayó sobre otra joven nigeriana, Amina Lawal . Centenares de miles de personas en todo el mundo firmaron una carta en la que pedían la anulación de la condena de las dos mujeres. En ambos casos, los jueces revisaron la sentencia y el castigo se anuló. Ocho años después, el caso de la iraní Sakineh Ashtianí ha vuelto a poner en el foco de la atención internacional un castigo, la muerte por lapidación, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Una forma arcaica y cruel de aplicar la pena de muerte que ha pervivido en pleno siglo XXI y que, para muchos, se ceba con las mujeres.

Un grupo de activistas pidió el mes pasado en Berlín, con una lapidación simulada, la liberación de la iraní Sakineh Ashtianí.

Un grupo de activistas pidió el mes pasado en Berlín, con una lapidación simulada, la liberación de la iraní Sakineh Ashtianí.

“La lapidación es una práctica que se encuentra en la antigua tradición jurídica judaica e islámica como método de ejecución. Obviamente, hoy gran parte de las personas y gran parte de los países la consideran una forma de tortura bárbara e inaceptable”, comenta John L. Esposito, profesor de Relaciones Internacionales y Estudios Islámicos de la Universidad de Georgetown, uno de los máximos expertos en islam de EE UU.

La palabra utilizada por Esposito -tortura- para explicar el rechazo que la lapidación encuentra en las sociedades modernas es la que, según Amnistía Internacional, justifica el lanzamiento de una movilización internacional en su contra, en el marco de la campaña contra la pena de muerte. “Nosotros nos oponemos a la pena de muerte en cualquier circunstancia. Pero en el caso de la lapidación se trata además de una ejecución diseñada para aumentar el sufrimiento de las víctimas”, dice Alfred Cerdán, responsable de la campaña contra la pena de muerte de la sección española de la organización. “La pena de muerte siempre es un homicidio cometido a mano del Estado que decide matar a sangre fría violando el derecho a la vida y, en el caso de la lapidación, también el derecho a no recibir un trato cruel y humillante”, recuerda.

Para el experto de Amnistía Internacional, no solo la práctica es inaceptable, sino que también lo es su razón: una relación sexual consentida entre dos adultos. “Se trata de una interpretación posterior. En el Corán la lapidación no está contemplada como castigo para los casos de adulterio”, explica Waleed Saleh, profesor de Estudios Árabes en la Universidad Autónoma de Madrid y autor del libro Amor, sexualidad y matrimonio en el Islam (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo). “El Corán sí recoge la condena de muerte para los adúlteros, pero las condiciones que se imponen para que se pueda aplicar son tan rígidas, que es prácticamente imposible”, explica Saleh.

Según la tradición jurídica, el condenado a lapidación tiene que ser adulto, casado, musulmán, en el pleno de sus facultades mentales y el adulterio tiene que ser comprobado como tal por cuatro testigos que tienen que coincidir en todos los detalles. “Son tantas las condiciones que es prácticamente imposible la aplicación de un castigo previsto como forma disuasiva. El problema es que hay muchos que se han desviado de la norma y que quieren aplicar medidas en la que ni siquiera se debería pensar. Y, además, lo hacen con más ensañamiento que los antiguos, que fueron mucho más misericordiosos”, añade Saleh, quien considera “necesaria” la campaña contra de la lapidación.

La condena de lapidación por adulterio está prevista en un puñado de países, entre ellos, Irán, Pakistán, Sudán, Yemen y los Emiratos Árabes Unidos y en 12 Estados de mayoría musulmana del norte de Nigeria. En la provincia de Aceh, en Indonesia, la opción de la ejecución por lapidación se introdujo en 2009. Pero en muchos casos hay una moratoria de hecho. En Arabia Saudí, el último caso remonta a hace más de 15 años. En Nigeria no ha habido noticias de lapidación desde la anulación de la condena de Amina Lawal. En Irán, pese a que en 2002 se declaró una suspensión, al menos seis personas han sido lapidadas desde 2006, según Amnistía Internacional.

“No se tiene un número cierto de casos en el mundo. Una de las razones es que hay mucho secretismo en torno a este tipo de ejecución. En muchos casos ha sido practicada por entidades no estatales. Sabemos de casos en Somalia y de un caso en 2007 en el noroeste de Pakistán. En Afganistán, a pesar de que el número de ejecuciones ha disminuido desde la caída de los talibanes en 2001, hay constancia de al menos un caso en 2005 y de otro hace tan solo unas semanas”, explica Cerdán. Se refiere a los dos jóvenes -un hombre de 25 años y una mujer de 19- asesinados por apedreamiento en público por un grupo de insurgentes talibanes en la provincia afgana de Kunduz, en el norte del país.

Uno de los pocos testimonios directos que se conocen de lapidación fue recogido en un informe de Amnistía Internacional, de 1987, referido a una ejecución en Irán. “El camión depositó un gran montón de piedras grandes y pequeñas junto al erial, y luego dos mujeres vestidas de blanco y con la cabeza tapada por un saco fueron conducidas al lugar (…) La lluvia de piedras que cayó sobre ellas las dejó convertidas en dos sacos rojos (…). Las mujeres heridas cayeron al suelo, y los guardias revolucionarios les golpearon con una pala para asegurarse de que estaban muertas”. En el Código Penal iraní se especifica la forma en la que debe llevarse a cabo la condena. Se establece que los hombres tendrán que ser enterrados hasta la cintura mientras que las mujeres hasta el pecho. Describe además el tipo de piedras que hay que utilizar y que no deberán ser “lo suficientemente grandes como para matar a la persona de una o dos pedradas, ni deberán ser tan pequeñas que no puedan calificarse de piedras”. Un detalle que representa, según los defensores de derechos humanos, la confirmación de la voluntad de infligir más sufrimiento a la víctima y de garantizar que la muerte sea lenta.

“Es una condena cruel y que sigue existiendo por la ignorancia y en sistemas en los que la religión es utilizada como una forma de control sobre las personas. Cuanto más atemorizas a la gente, más la controlarás”, dice Wajeha Al Huwaidar, activista saudí por los derechos de las mujeres, que considera que, a pesar de que se aplica tanto a hombres como a mujeres, la lapidación se ensaña más con las segundas. “Porque son el anillo más débil de la sociedad, es más fácil acosarlas”.

¿Está la lapidación orientada contra las mujeres? “En algunos países sí. En el mío, la lapidación se aplica tanto a hombres como a mujeres que han tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio. Aunque es cierto que la situación de hombres y mujeres en nuestra sociedad es muy distinta y esto tiene su influencia”, afirma Asieh Amini, una periodista y activista iraní para los derechos humanos que, en 2006, lanzó la campaña Detengan las lapidaciones para siempre. Según sus investigaciones, hay al menos 14 personas en Irán sentenciadas a morir por lapidación. La activista, que se exilió a Noruega a finales de 2009, dice que si hay diferencias en la aplicación de la condena se deben a que “no hay igualdad de género en la ley de familia; por ejemplo, la mujer no puede divorciarse y un hombre puede tener más de una esposa. Los derechos y la situación no son iguales, aunque la ley que prevé la lapidación sí lo es”.

Saif Ben, responsable de Asuntos Culturales del Centro Islámico de Madrid, al que pertenece la mezquita de Omar, la más grande de España y conocida como la mezquita de la M-30 por su cercanía a la carretera madrileña, rechaza que haya diferencias entre hombres y mujeres en el islam y en la aplicación de este castigo. Reconoce que la lapidación está presente en la tradición jurídica pero que es “casi imposible que se reúnan todos los criterios y los elementos para que haya una pena de este calibre. Esta pena es una medida disuasoria y la legislación islámica interpreta el 0,00001% de duda a favor del presunto culpable. Esto quiere decir que dicha legislación no está a favor de la pena. Es una pena que defiende a la persona más débil: un posible recién nacido, el esposo o la esposa engañados que pueden contraer una enfermedad sexual letal por culpa de la fornicación fuera del matrimonio. A estas víctimas, hay que pedirles sus opiniones también”.

Ben dice que, para aplicar la lapidación, un Estado tendría “que aplicar todos los derechos que el islam otorga a las personas” y “que hay que considerar el contexto histórico y político en el que se aplica”. Lo que critica es que haya una campaña por un caso particular y cree que la atención internacional por el caso de Ashtianí forma parte de una campaña “islamofóbica” en la que el hecho de que se trate de Irán no es neutral. Una visión compartida en este punto por Felix Ángel Herrero Durán, consejero de la Federación Musulmana de España, que, por otra parte, opina que la lapidación “es una salvajada que simplemente no pertenece al islam”. Por esto, dice, no hay debate en la comunidad islámica. Para Herrero, el hecho de que el caso de Sakineh haya desatado tanta atención es “intencional”.

Una posición rechazada totalmente por Nadya Khalife, activista por los derechos de las mujeres en Oriente Próximo de Human Rights Watch: “No he pensado ni un segundo que el caso de Ashtianí haya recibido tanta atención por ser iraní. Recuerdo el caso de Amina en Nigeria que recibió mucha atención. Si hay interés por parte de la comunidad internacional es porque es simplemente inaceptable que haya Gobiernos que puedan establecer una moral para sus ciudadanos y castigar este tipo de delitos”.

Para la iraní Amini, el interés hacia el caso de Ashtianí se enmarca en el “interés que hay hacia Irán desde las últimas elecciones del año pasado. Tras las elecciones, los medios de comunicación no pueden ignorar la situación de los derechos humanos y las cosas que pasan en Irán. El caso de Ashtianí es uno de los casos”.

En un artículo que publicó al lanzar la campaña contra la lapidación, en 2006, Amini explicaba por qué creía necesaria esta movilización: “Sabíamos que aumentar la sensibilización respecto a un asunto como la lapidación en el siglo XXI no consistiría solo en salvar una vida o cambiar una ley, sino que conduciría inevitablemente a que otras leyes draconianas o discriminatorias fuesen examinadas ante el tribunal de la opinión pública”.

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