Los niños y niñas comen la cantidad que necesitan.Ante todo debemos preguntarnos: ¿qué cantidad de alimento necesita nuestro niño o niña?

¿No come nada o come poco? Es muy distinto. ¿No será que come lo que necesita y nosotras interpretamos que no come nada?

Los adultos tendemos a querer lo mejor para nuestros hijos y, en consecuencia, les obligamos a comer más de la cuenta.

Puede que el niño esté más que bien alimentado, pero aún así nos preocupamos. Creamos niños obesos desde la infancia por sobrealimentación o atiborrándolos de productos que engordan.

La última palabra la tiene el pediatra. Si nos dice que el niño está fuerte y sano y su peso y altura se corresponden con la edad, no debemos preocuparnos.

El niño, como los adultos, come la cantidad que necesita. Hay personas que consumen mucho y no obstante son delgadas. Otras personas comen poco y aprovechan al cien por cien los nutrientes. Con el niño sucede exactamente igual.

Otra cosa muy distinta es que el niño, cuando está enfermo o empezando a incubar una enfermedad, se niegue a comer. En este caso tenemos que pedir la opinión del médico.

¿Hay que obligarles a comer?

El niño se aburre, se cansa, cuando su madre va tras él por toda la casa con el platito y la cucharita, suplicando: “come otro poquito de tortillita”, “si no comes no crecerás y te quedarás pequeño”.

Hay que insistir un mínimo, naturalmente, pero sin pasar mucho tiempo intentando que se termine la ración de pollo o el puré de verduras.

Cuando acaba la paciencia de la madre, empiezan los gritos, los castigos y las amenazas. Son tan contraproducentes esas medidas coercitivas como las promesas y los premios. El niño se acostumbra a estas escenas y, aunque tenga hambre, mantendrá el tipo y seguirá sin demostrar apetito.

Probablemente el niño sabe que, si come las seis cucharadas pactadas, después la madre insistirá en que coma otras seis. A él, las otras seis le sobran. No las precisa.

¿Se morirá de hambre?

El niño no dejará de comer ni se morirá de hambre. Si dejamos de insistir, comerá por sí solo. Dejará de reconocer el alimento como algo odioso.

Sólo mueren de hambre y desnutrición los niños y niñas que sus padres no pueden darles los alimentos necesarios para crecer y nutrir su cerebro, un órgano que consume gran cantidad de energía.