De nuestra prima Lucy sabemos más bien poco. Vivió en África hace 3,2 millones de años, caminaba erguida y su pelvis había empezado a cambiar. Era una hembra de aproximadamente 1 metro de altura, pesaba alrededor de 27 quilos y tenía unos 20 años de edad (las muelas del juicio estaban recién salidas). Su cráneo era pequeño, comparable al de un simio. Al parecer tuvo hijos, aunque no se sabe cuantos.

Reproducción de Lucy.

Reproducción de Lucy.

Lucy pertenecía a una rama de homínidos que se extinguió, el Australopithecus afarensis. Se le dio el nombre de afarensis porque el esqueleto de Lucy fue hallado en Afar (Etiopía), junto a otros 12 individuos de la misma especie.

A Lucy la bautizó con este nombre el paleoantropólogo Donald C. Johanson en 1974, aunque los científicos la reconocen como A. L. 288-1. En el curso de unas excavaciones, Johanson halló parte de su esqueleto, una de cuyas piezas, la pelvis, con una vértebra soldada en la parte posterior, fue una revelación: era la señal inequívoca de que ella y sus contemporáneos caminaban erguidos.

Del análisis del fémur, la rodilla y distintos huesos de Lucy y otros Australopithecus se desprende que ya no se subían a los árboles para buscar comida.

La pelvis de Lucy

La necesidad de mantener estable el tronco erguido, obligó al cuerpo a cambios substanciales, como el desarrollo del glúteo mayor, conocido por todos como la parte más prominente de la nalga. Se considera el principal músculo propulsor de la postura erguida. Este músculo en los simios es bastante menor que en los seres humanos, a causa de su distinta posición al caminar.

Esqueleto de Lucy.

Esqueleto de Lucy.

Con el desarrollo de este músculo se fueron modificando los huesos de la pelvis. En los simios, los huesos ilíacos son largos y aplanados, en dirección a la parte posterior del tronco. En cambio Lucy los tiene más curvados hacia delante, más envolventes, de modo que dan un punto de apoyo a los músculos del glúteo, encargados de estabilizar la pelvis durante la marcha. El hueso sacro, que separa los dos huesos ilíacos, se va agrandando, para impedir que se estreche el espacio que contiene las vísceras inferiores, como la vejiga urinaria, el útero y la vagina.

La pelvis de Lucy, pues, se asemeja mucho a la de las humanas actuales.

El canal del parto de Lucy

Con la postura erguida, Lucy y sus congéneres femeninas desarrollaron una pelvis con un canal de parto ancho en sentido transversal, pero estrecho en sentido antero-posterior. Lucy lo pudo soportar porque sus hijos tenían un cráneo que no sería superior al de un feto de chimpancé. El cerebro aún era pequeño.

“Los procesos del parto de Lucy y de sus congéneres tuvieron que ser algo más complejos que en el caso de los simios, pero mucho más fáciles que los de los seres humanos”, escribe C. Owen Lovejoy.

El proceso del parto de la mujer sapiens

El aumento del cerebro humano y la adaptación de la pelvis a la marcha erguida modificaron de tal modo el canal de parto que “el proceso de parto de las mujeres se convierte en uno de los más difíciles del mundo animal”, afirma el mismo autor, refiriéndose a la mujer sapiens, una rama evolutiva con más de 30.000 años a nuestras espaldas.

La mujer y el hombre sapiens sobrevivieron a los neanderthalensis y a otros grupos. Pero ¿cuál fue la contribución de la mujer a la propagación de la especie?

En la hembra de chimpancé, la cabeza desciende sin dificultad por el canal del parto.

El proceso de parto de Lucy tuvo que ser algo más difícil. Sus huesos ilíacos, cortos y cóncavos, eran adecuados para la bipedestación, pero originaban un canal de parto que, aunque ancho en sentido transversal, se estrechó en sentido antero-posterior.  El cráneo del feto solamente podía pasar si primero giraba hacia un lado y después se inclinaba.

El cerebro de un feto humano, que es mucho mayor, requiere un canal de parto más redondeado. El proceso del parto de la especie humana es complejo y traumático, requiriendo una segunda rotación del cráneo dentro del canal del parto.

Nota: Ese artículo representa una contribución más en la búsqueda de los conocimientos evolutivos, culturales y orgánicos que conforman la maternidad humana. Parir con dolor no es un castigo. Gracias a Darwin sabemos que pertenecemos a un ciclo evolutivo de miles de millones de años. Va dedicado a todas las madres de nuestro pequeño mundo.

Fuente: Revista Investigación y Ciencia (Scientific American) nº 14, año 2000. Monográfico sobre los orígenes de la humanidad. Artículo de C. Owen Lovejoy: “Evolución de la marcha humana”.

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