Madres solteras, madres casadas… nos escriben para contar su experiencia. Han volcado su vida en sus hijos, les han dado lo mejor, todo lo que han podido, y  a cierta edad muestran una indiferencia total o casi con sus madres y padres.

El control materno es un punto contrevertido en el trato con adolescentes.

El control materno es un punto contrevertido en el trato con adolescentes.

Lilia escribió:

“Duele saber que estando sola, sin una pareja a tu lado, y vaciarte en atenciones al único ser que tienes, éste te regrese el cariño pero de una manera diferente, con frialdad incluso, a veces sin palabras de aliento.

Así nos pasa a las madres solteras al menos en mi país, que damos todo, que nos convertimos casi en santas, que renunciamos al amor y a los placeres por estar cerca del hijo, que no tiene un padre que lo entienda en sus asuntos de varones. Y con esa culpa, las madres mexicanas caminamos danto tumbos de felicidad pero también de tristeza al vernos rechazadas en un instante después de haber concebido lo mejor para ellos.”

Ellie respondió:

“Considero firmemente que arrastramos vicios pasados de nuestras familias, de generaciones tras generaciones. Y cuando digo vicios me refiero a malcriar a nuestros hijos por lo valiosos que se convierten para nosotros al vernos como madres solteras, pues lo son todo para nuestra vida.”

Lilia volvió a escribir:

“Ellie, tienes toda la razón, queremos compensar la ausencia de ‘un padre’ con nuestra manera de actuar hacia ellos, sin imponernos con una autoridad férrea, por miedo ‘a perderlos’.”

Mary se sinceró:

“¿En qué fallé? si toda mi vida trabajé para él, entonces me viene a la mente, ¿es que estoy pagando el precio de haberlo dejado solo cuando me iba a trabajar?, me siento culpable por eso, por las tantas veces que lo dejé o con un servicio o con su papá, por las tantas veces que por mi profesión de médico lo abandoné, y cuando me doy cuenta es un hombre de 24, y cuando lo saludo o le pregunto algo ni me contesta; bueno reconozco mi culpa, yo pensé que era lo mejor que hacía, y pido perdón por ello.

Quien lo iba a creer, el hijo que tanto deseamos mi esposo y yo, tan cerca y tan distante… Dios mío y me pregunto nuevamente, ¿es que es malo desarrollarse como profesional y tener hijos a la vez?”

Cuando decimos todo…

Los psicólogos cada vez están más de acuerdo que en pocos años hemos pasado de una sociedad con una disciplina muy dura y padres autoritarios, a otra donde se da a los hijos todo lo que piden (de orden material) y apenas se les ponen límites (horarios que marca el niño, se le consiente todo para que no llore, no se le fija un tiempo para hacer los deberes, mira la tele siempre que quiere, “me encierro en la habitación y no entres”, “ya sabes que la verdura no me gusta”… La ley del péndulo: de un extremo a otro.

La sociedad va en esta dirección y la familia, aunque no quiera, va a rastras, a remolque. Los niños que se educan en los valores del pasado se sienten marginados, distintos de sus compañeros, como si fueran inferiores. Es una habilidad de las madres inculcar valores a los hijos, pero cediendo algo de terreno y adaptándose a los nuevos tiempos.

La madre soltera o sola ha luchado como la que más para dar a su hijo o hijos un mínimo de bienestar: vestir, colegio, ocio, alimentos, juguetes, aparatos electrónicos…, y ahora se pregunta qué pasó, que el hijo no agradece todo lo que ella ha hecho por él.

Mirando hacia atrás, podríamos decir que el hijo no está obligado a agradecer. Suena mal, pero la realidad es que, siempre que damos algo, sea en la esfera familiar, de amistades, de generosidad con otras personas, no debemos esperar nada. Si esperamos, luego ya es un trueque. Yo te doy esto, pero a cambio espero recibir esto otro.

A los hijos se les quiere, como a los amigos, o a la pareja… y si un día se van, o no responden a nuestras expectativas, es que habíamos apuntado hacia la dirección equivocada.

El amor, cuando se da generosamente y en abundancia, siempre nos es devuelto, pero adaptado a la persona que nos lo retorna y cuando ésta quiere. No olvidemos que nosotras, las madres, también hemos hecho nuestra vida, a menudo yendo en contra de las indicaciones de nuestros padres, y no les hemos tratado, precisamente, con vaselina. “Esta es mi vida y tú no te metas”, por ejemplo. O bien “no me trates como a una niña, que ya soy adulta”.

Muchas actitudes duelen, pero la vida tiene una ley imparable, y es que los cachorros se independizan y a veces no vuelven. En los humanos, como los descendientes tienen una infancia tan larga (hasta los 18 años), los vínculos con la madre y el padre suelen ser más fuertes que en el resto de mamíferos. Ahora bien, no en todas partes se dan las mismas circunstancias.

En los países más avanzados (por ejemplo una parte de Europa), la familia tiene una corta vida. Los jóvenes suelen irse de casa muy pronto, antes de la mayoría de edad, y no se conserva por mucho tiempo el entramado de lazos familiares con tíos, sobrinos, primos, etc. Gentes de esos países se maravillan ante las estrechas relaciones familiares que existen en otras culturas, y vayan ustedes examinando la suya. Parece como si las desearan, las añoraran. Una familia unida quita libertad, pero a cambio ofrece mayores cuotas de seguridad. Que cada cual escoja su modelo familiar.

…¿no nos dejamos algo?

El niño pequeño no tiene cortapisas a causa de su corta edad. No le han crecido las barreras, los perjuicios, las falsedades, las hipocresías. En consecuencia, los adultos le parecemos transparentes. Distingue cuando decimos algo pero pensamos lo contrario. “¡Mamá, la señora tal es muy falsa!”, dice el niño, aunque momentos antes haya sido agasajado, besuqueado y sonreído hasta la saciedad. Probablemente la señora quería quedar bien con la mamá y el niño le importaba bien poco.

Pues bien, si al niño le concedemos todos sus caprichos porque nos sentimos culpables de ser madres solas; de no poder darle un papá; si no tenemos la suficiente fuerza para defender nuestra familia (madre + hijo); si nos ve tristes a menudo a causa de ser madres solteras; si pensamos que, por imponernos, el niño o adolescente nos va a abandonar o se va a rebotar contra nosotras…, entonces le estamos comunicando cosas horribles:

  • Mi madre siente que no vale como mujer, ni como madre, no se respeta a si misma, tiene vergüenza de ella misma, y si la tiene de ella misma también la tendrá de mí, soy culpable de que ella llore tan a menudo, hubiera sido mejor no haber nacido, los hombres son malos, las mujeres son débiles, estoy harto de vivir con tantos problemas…

Vete a saber lo que pasa por la cabeza de un niño.

Sólo cuando de tarde en tarde se hace partícipe al niño de las dificultades de la madre, pero sin reproches, con una sonrisa, mostrándote feliz de compartir con él la vida, entonces el hijo se siente parte de la madre, los dos unidos hombro con hombro, subiendo alegremente la cuesta…

Las dificultades económicas, si no son graves, no constituyen el mayor escollo en la familia de una madre sola o en cualquier familia. El niño sólo exige ocupar su lugar de hijo, que se le trate con respeto y cariño, que no le dejen solo, y que sepa qué límites no puede traspasar, porque su mamá tiene las cosas muy claras.

El hijo, ese desconocido

Si a partir de la preadolescencia el niño o la niña se muestran distantes, no hay que alarmarse. Empiezan a separase de los adultos para modelar su individualidad, pero aún así necesitan cariño y que les marquen unos caminos. En ciertas circunstancias, el diálogo será el único puente que una al adolescente con su madre. ¡Que no se rompa!

Aunque parece que al adolescente nada le importa, sí le importa, y mucho. Con sus amigos y amigas va a pavonearse de que su madre no le deja hacer tal cosa, aunque muestre cara de asco. Es el papel que le toca hacer en la obra de teatro. Menos feliz se mostrará el amigo que diga que en su casa puede hacer lo que quiere y nadie le controla; se sentirá desdichado, solo e insignificante.

La familia es el apoyo más sólido para el niño y el adolescente.

Calendula calendula@yosoymadresoltera.org