En el Día del Padre, los expertos recuerdan el rol importante que su figura juega en la personalidad de los hijos, necesario y complementario con el de la madre. La ausencia del progenitor deja marcas, evitables si son vehiculizadas sanamente con la palabra.

Transcripción del artículos publicado por El País – Uruguay con fecha 18 de julio de 2010.

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Nació una nueva paternidad

Aquella frase amenazadora “esperá a que llegue tu padre” quedó para el anecdotario anacrónico. La relación padre-hijo ha cambiado radicalmente, acompasándose con las transformaciones en la sociedad y en el seno del hogar. Por un lado, se observa una mujer que no sólo es madre sino que se desempeña a la par en el área laboral y social. Por otra parte, el hombre ha debido tomar cierto rol protagónico en el ámbito doméstico, y no le desagrada para nada. Muchos conviven gustosos entre pañales, gritos y juegos. Esas, y otras causas propias del Siglo XXI, han llevado a que el vínculo paterno-infantil sea completamente diferente en relación a años atrás, con sus beneficios, que bien vale enumerar hoy que se celebra el Día del Padre.

Durante mucho tiempo los roles materno y paterno estuvieron ligados a estrictas normas de conducta mediante las cuales se establecía una diferenciación de tareas. “Actualmente las fluctuaciones del mercado de trabajo han implicado cambios. Hoy vemos una igualación en tareas y responsabilidades. Los padres demuestran haber asumido un lugar nuevo marcado por el involucramiento en la crianza de sus hijos”, explica el licenciado en psicología Javier Regazzoni, quien destaca que el progenitor ha conquistado un papel activo en la educación de sus hijos y en las tareas domésticas que implican el cuidado de los niños, entre otros espacios. El experto también se refiere a la “paternidad moderna”, que está marcada por el encuentro padre-hijo y el alto grado de satisfacción que poseen estos papás con esos nuevos roles.

Desde el embarazo. Están presentes y eso es vital en la vida de sus hijos “Por supuesto que no quiere decir que antes no fuera importante, sino que por la modalidad de familia, el padre era una figura de autoridad más apartada de los sentimientos”, señala la psicóloga Sandra Jegerlehner, quien observa hoy que los hombres acompañan a la madre desde el propio embarazo, en los controles, en las ecografías y también durante el parto.

La concepción de “padre” con la que se arriba al siglo XXI -afirma otra experta, la psicóloga Ana Grynbaum- implica una postura activa. “Acompañar a la madre en los avatares del embarazo es una costumbre cada vez más naturalizada en nuestras sociedades. A tal punto que frecuentemente se dice que la que está embarazada es la pareja, no sólo la mujer. La pareja tiene un parto, que no es igual para ambos padres, pero en el cual ambos pueden participar”.

Luego, el lugar que tiene el padre en la familia depende en buena medida del que le dé la madre, especifica Grynbaum. “Esto es especialmente cierto al comienzo de la vida del hijo. Si bien la madre es quien amamanta, el padre puede cumplir las otras funciones que el bebé necesita, y así se van generando los vínculos más íntimos”.

Justamente, son esos vínculos -tanto con la madre como con el padre- los que van moldeando la personalidad del hijo. “Es a través del amor que envuelve los cuidados hacia el bebé que éste puede crecer como ser humano. Sin duda los primeros relacionamientos son fundamentales y no será lo mismo, para el futuro del niño, un padre que estuvo presente en los diversos aspectos de su crianza desde el vamos que otro, que se mantuvo más distante”, agrega Grynbaum.

También el psicólogo Luis Correa es de la firme idea que el ser humano, para constituirse en sujeto, “es decir en alguien capaz de desarrollar sus potencialidades en el seno de un colectivo humano”, necesita de los dos aportes imprescindibles.

“Dado que la humana es una especie cuyas crías nacen con menos posibilidades de valerse por sí mismas durante un periodo prolongado, el bebé requiere cuidados corporales y afectivos que identificamos con el maternal, función que por razones primero biológicas y después culturales, han desarrollado las madres”, explica Correa.

Pero luego llega inevitablemente la inmersión de ese niño en “el mundo simbólico del hombre, desde el lenguaje a las formas más complejas de la cultura”. Desde ese momento, el niño comienza a independizarse, a intentar valerse por sí mismo, adquiriendo habilidades propias para reconocer e insertarse en el mundo.

“Esa es la función de la paternidad, y tradicionalmente ha estado asociada al progenitor masculino, que ha sido en las diferentes formas de configuración social de las comunidades, el que explora el mundo e interactúa con el fin de proteger y sustentar a su núcleo. Esa función paterna implica un cierto grado de ejercicio de autoridad. Y como toda situación en la que está en juego el poder se presta a diferentes formas de exceso: desde la Antigüedad, donde el padre es dueño de la vida y de la muerte de sus hijos, hasta formas más modernas de tergiversación de la paternidad, en las que, a veces, los padres se divorcian de sus esposas y a la vez económica y emocionalmente de sus hijos”, agrega Correa.

Por ese motivo, los analistas concluyen que ambas funciones -maternidad y paternidad- son complementarias y necesarias, y pueden ser ejercidas indistintamente por hombres y mujeres, padres y madres.

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“Reparemos que se ha logrado un consenso bastante extendido sobre la necesidad de reaccionar al exceso permisivo de los años 60 con una mayor atención a la necesidad de poner límites a los niños. Sin embargo, no se percibe que dicha tarea sea responsabilidad exclusiva del padre, sino de ambos y cada uno de los progenitores. Por otro lado, valoramos que la paternidad sea ejercida con amor, cercanía y compromiso real del padre con sus hijos. Los hombres hemos adquirido el derecho a la emoción y a la expresión pública de la ternura, sin que ello sea contradictorio con valores todavía asociados a la virilidad”, asegura Correa.

Su función. Para el psicoanálisis, señala Jorge Bafico, el padre es vital en la conformación psíquica del niño. Pero hay que pensarlo en términos de función y no solamente de presencia; esto quiere decir que puede ser representado por el padre biológico o quien ocupe esa función. “Que el niño no tenga padre en la realidad (caso de separados, abandónicos o muertos), no necesariamente implica que éste no intervenga en su función. Cuántas veces, en la clínica, se escucha que lo paterno -en algunos pacientes- recae en un abuelo, un tío, un amigo o un hermano”, indica el psicólogo.

Esa función, a la que se refiere, de alguna manera tiene relación al corte del vínculo simbiótico y sin límite que muchas veces se establece entre la madre y el niño. “Por tanto hay una función de prohibición. Pero su función no recae exclusivamente en ello, también debe habilitar la asunción psíquica del sexo biológico. En consecuencia la participación del padre (o quien ocupe su lugar) es clave”, añade Bafico.

Por su parte, la psicóloga Sandra Jegerlehner indica que la figura del padre es complementaria con la de la madre en cuanto al rol, por ejemplo, en la identificación del género. “El varón irá tomando aspectos del padre, así como lo hará la niña con la madre”.

INVESTIGACIÓN. Más allá de percepciones profesionales, el rigor científico ha establecido una relación entre la participación activa de la figura paterna en la crianza de los hijos y los desempeños sociales e intelectuales que comenzaron a presentar esos niños.

“Así, los investigadores observaron -afirma Regazzoni- que próximos a los dos años de vida los niños que han poseído una imagen paterna y materna sustentadora presentan mayor número de conductas exploratorias de su entorno y una mayor capacidad para permanecer lejos de sus padres sin angustiarse por su ausencia”.

Luego, en la edad escolar, esos niños parecen soportar mejor las tensiones, esperar de una manera más adecuada los turnos y presentan un gran interés por las actividades intelectuales.

Por esa razón la ausencia paterna puede producir marcas importantes en los hijos. Indica Regazzóni: “Los rápidos cambios socio-económicos y laborales han generado cambios sustanciales en el concepto de `familia` y con ellos en cada uno de sus integrantes. En las últimas décadas se han incrementado el número de divorcios y madres solteras, existen menos casamientos y más uniones libres. En este sentido, ciertos relevamientos sociológicos indican una importante ausencia de figuras paternas, ausencias que se asocian a hijos con dificultades de aprendizaje, ausentismo educativo y problemas de maduración psicológica, sin ser -evidentemente- la causa única de estas condiciones”.

En definitiva, la figura paterna ha sufrido importantes modificaciones conceptuales, enriqueciendo en muchos casos la vinculación cotidiana con sus hijos y reduciendo su presencia en otra gran cantidad de casos, según el psicólogo.

Es cierto que en muchos casos las familias son monoparentales, madres solas, pero eso no quiere decir que la figura del padre no sea importante, asegura Jegerlehner.
También Grynbaum indica que en “una sociedad donde lo normal sigue siendo tener un papá y una mamá, la falta del padre es algo que marca. Y es tanto más fuerte si la ausencia del padre es vivida por la madre como una catástrofe”.

En esa misma línea, Jegerlehner afirma: “Las familias se componen de padre y madre. La ausencia paterna es algo que se siente; el niño que no la tenga preguntará porqué, y ahí serán las opciones de contar la verdadera historia (fallecimiento, abandono, etc.). Si la madre vehiculiza con la palabra la ausencia del padre en forma sana será diferente para el niño que si la madre se refiere al tema con agresiones, rechazos y malos tratos. El deseo de tener un hijo es (o debería ser) un proyecto de dos, por esa razón es tan importante una figura como la otra.”

Trastorno derivado de un padre desdibujado

El rol del padre ha cambiado en cuanto a que no encarna más la ley, cuya palabra podía prohibir o distribuir. “Ya no funciona como modo de situar una prohibición como sucedía antes”, señala el psicólogo Jorge Bafico.

Psicoanalistas lacanianos franceses en los años 90 y actualmente algunos analistas argentinos y uruguayos plantean que la defección estructural de la figura del padre podría haber generado marcados trastornos en la estructura subjetiva individual que se evidencian a través de la aparición en demasía de algunos fenómenos clínicos, agrega el experto.

En primer lugar, hace referencia a que un aumento considerable de patologías del goce como las adicciones, los trastornos alimenticios y las actuaciones delictivas hablarían de la carencia de una palabra paterna ordenadora que imponga límites subjetivos. También, Bafico señala que el incremento de las conductas impulsivas en las diferentes estructuras clínicas reflejaría una impunidad surgida como efecto de la falta de un orden legal. También hace referencia a un aumento de las manifestaciones perversas, es decir, actitudes que implican la recusación de la ley, sea a través de su desafío. “Asimismo, el avance de nuevas formas de agrupamiento (sectas, bandas, tribus urbanas) marcaría una crisis de lo simbólico ya que el padre que procuraba garantizar, parece desdibujarse”.

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