El amor hacia nuestro niño o niña comienza en el mismo instante en que deseamos darle la vida, cuidarle, alimentarle, protegerle y prepararle para el futuro. El amor, nunca antes se había presentado con tanta intensidad en nuestro interior. Nos sentimos seres únicos. Todo nos alegra. Todo nos conmueve. Nada nos asusta. Sentimientos y emociones nos salen a raudales. El hijito es tan pequeño como una semilla, pero ya despierta maravillas en la mujer que lo va a traer al mundo. Nueve meses de felicidad, a pesar de vómitos, estrías en vientre y caderas, almorranas y varices.

Mi bebé, te quiero.

Mi bebé, te quiero.

Las madres que van a adoptar uno o varios hijos pasan por un largo periodo de incertidumbre y nerviosismo. Viven la maternidad desde otro ángulo, pero al final, solteras o adoptivas, las madres quieren por igual a sus hijos. La madre adoptiva experimenta una emoción que le pertenece en exclusiva: poner imaginación y poesía a la gestación de la mujer anónima que le regaló un hijo. “Gracias. Gracias por permitirme ser madre”, piensa. Creo que las madres adoptivas, además de querer al hijo, quieren a la madre que lo llevó en su seno y lo parió con dolor. Sienten el deseo de recompensar a la madre biológica por los primeros besos y caricias que, lamentablemente, no pudo darle, cuando renunció a él por escrito, y recompensar al hijito por los besos y caricias que le escatimaron. ¡Cuánto amor despierta una criatura, cuando es deseada!

La comadrona deposita el niño o niña en nuestros brazos. Lloramos. Es normal que lloremos. Se llora de felicidad. La tensión por las contracciones y el parto quedan atrás. Por nuestra condición de madres solteras, el padre del bebé no está a nuestro lado, junto a la cama. Siempre queda el dolor de no tener a un compañero que ría y llore con nosotras, que nos proteja, que sintamos su apoyo y sus cálidos abrazos. Por fortuna, tal vez disfrutemos de la presencia de algún familiar: madre y hermanos…

Un faro espledoroso para que nuestro niño no tropiece.

Un faro espledoroso para que nuestro niño no tropiece.

La soledad, la sentimos la primera noche que abandonamos el hospital, si el hijo nace en un centro sanitario. Dar el pecho o el biberón cada poco. El sueño nos tortura. Aunque durmamos, estamos pendientes de su respiración, de sus sollozos. Prodigamos amor al hijo y lo recibimos de éste, pero la falta de pareja crea un vacío que no se llena. Y llega el domingo, y todo el mundo sale a pasear. Y nosotras, madres solteras, salimos solas con nuestro hijito en el cochecito. Nos parece que todo el mundo va acompañado, menos nosotras, aunque no sea cierto. Le colmamos de besos. Le hablamos y él se alegra de oírnos. Nuestra voz y nuestro olor corporal son su faro, su referencia. “Estate tranquilo, hijo, que ahí está tu mamá para defenderte como una hiena”. Y al final encontramos lo más natural del mundo estar solas. Excepto algunas noches, que lloramos cubriéndonos la cabeza con la almohada, cuando el silencio de la habitación hiere nuestros sueños de príncipes y princesas y fantasías no cumplidas.

A pesar de arrastrar una permanente tristeza, más o menos manifiesta, ya que somos jóvenes y la vida sigue, nos comunicamos con el bebé a base de biberón y pecho, de besos y mordisquitos con los labios, cual yeguas cuando toman un trozo de pan de la palma de la mano. Mecemos al hijo y le cantamos canciones de cuna y otras muchas que nos gustan. Nunca debemos cansarnos de cantarle. Y balancearle. Nueve meses de balanceo dentro del útero no se olvidan fácilmente. El niño es muy pequeñito aún. Añora la placidez del vientre, con una temperatura estable, chupándose el dedo y desperezándose después de un profundo sueño.

Madre soltera, amiga, el hijo es sólo tuyo. Ámale y cuídale según te dicte tu sentimiento maternal y tu intuición. No reproduzcas los mismos errores que tus padres cometieron contigo. Dar amor no es malcriar. Significa establecer las bases para que sea un adulto feliz. Bésale todas las veces que te venga en gana. Juega con él. Haz todo lo que puedas para que esté tranquilo. Un niño irritable no es feliz. Protesta. Dedícale todo el tiempo que puedas. Si es poco, al menos que sea de calidad. Que sepa que te vas a trabajar, pero siempre vuelves. Los niños aman la rutina. A ti, quizás no, pero las rutinas y un cierto orden y pautas de conducta le dan seguridad. Necesita reconocer lo que está bien y lo que no, lo que puede hacer y lo que le vas a prohibir.  Después de establecer ciertos límites, bésale lo que quieras, hasta comértelo. Muá, muá, ñam, ñam.

Pasan los años y el faro apenas se divisa a lo lejos.

Pasan los años y el faro apenas se divisa a lo lejos.

Ah, y no olvides besarle muy a menudo: a los tres años, y a los seis, y los nueve, y los quince, y los treinta. Una madre que no besa, quizás tampoco fue besada, y esta circunstancia, aunque ella no lo reconozca, le duele. Cambia de ruta, amiga, si ibas por otro camino. Bésale y abrázale, que el amor “nunca lastima”. Los niños abandonados o que se sienten rechazados, que estorban, van a sufrir irremediablemente toda su vida. ¡Para qué tanto dolor inútil, si podemos repartir felicidad! No dejes de abrazarle y darle besos cuando empiece a caminar, y antes de salir hacia la escuela, y a la vuelta, y cuando duerme, y cuando aprende a meterse la cuchara en la boca…, e incluso cuando lloriquea. Tiene que saber que, aunque no se comporte como tú deseas, le sigues queriendo igual.