La naturaleza es bella y perfecta.

La naturaleza es bella y perfecta.

Quizás eres de las mamás que ningún día se acuestan sin tener todo preparado para el día siguiente: la ropita del bebé o de la hija mayor sobre la cama, las papillas para el bebé o el bocadillo para el recreo de la niña, anotar una comentario sobre la salud de la niña en el bloc de notas de la profesora, tener preparada la bolsa deportiva pues a la mañana siguiente tiene natación, quitar los juguetes del comedor, recoger la cocina, sacar del congelador la carne o el pescado para la noche siguiente… En fin, las mil tareas de una casa con niños pequeños.

Eso no es ser perfeccionista. Simplemente eres una persona organizada. Cuanto más orden haya en el hogar, mejor resultado obtendrás en la cantidad y calidad de tiempo que puedas dedicar a tus hijos para jugar, controlar los deberes y hacer la cena. Cuando tus hijos se pongan a dormir, a ti aún te quedará un buen rato de trasteo.

La misma dedicación y organización te exigirán en el trabajo. Si quieres conservar a amigos y amigas, también les deberás un tiempo. Y a tu familia. Y… Eso tampoco es perfeccionismo.

Luego ¿qué es?

La persona perfeccionista se auto exige y exige a los demás de tal modo que acaba teniendo dificultades de relación consigo misma, con sus compañeros de trabajo, con sus amigos y con su pareja e hijos.

La persona perfeccionista es la que busca que cada cosa se haga a un tiempo, no soporta un objeto fuera de lugar, no admite que no se termine una tarea, que no se obtengan los resultados previstos, que salgan dificultades… En fin, que tiene alergia a lo imprevisto, a que se incumpla lo que tiene programado, a que se modifique el orden de su entorno. Si no lo consigue, se irrita, lo mismo con ella que con los demás.

Porque, claro, la persona perfeccionista lo es consigo misma y con las personas que le rodean.

A la persona perfeccionista sólo le preocupa el resultado. Ese resultado sólo puede ser uno, el que ha previsto, el que considera más acertado.

Una mente perfeccionista no comprende que, cuando se obtiene un resultado no planeado, lo importante es lo que se aprende en el curso de su ejecución. Equivocarse es una forma de enriquecerse, de encontrar otros caminos, de ser más creativo.

En los humanos la perfección no existe. Esta frase puede erizar los pelos a una persona esclava de lo perfecto, pero es así. Todos somos imperfectos. Si no existiera la imperfección no habría lugar para el perdón, para el arrepentimiento, no tendríamos la oportunidad de poder rectificar.

¿Qué busca en realidad la persona perfeccionista? Busca seguridad. Tiene un ideal de sí misma y de los demás y necesita que se cumpla. Esta exigencia propia y ajena le convierte en un ser insatisfecho, disconforme con lo que es, con lo que tiene, con lo que se encuentra. Para ella, todo es blanco o negro, aunque se defina a sí misma como alguien que ha aprendido que el mundo no es bicolor, sino una mezcla de ambos. No son más que palabras para ocultar su falta de flexibilidad.

Cree que si no es perfecta no le querrán. Todo lo que se sale de este guión le da miedo. Miedo a defraudar. Su propio miedo le hace intolerante, impaciente, rígida, arbitraria.

La persona perfeccionista no acostumbra a ser solidaria, porque sobretodo busca el éxito. Si, por el contrario, aprendiera a ver la parte positiva de equivocarse, estaría más preparada y predispuesta para encarar la adversidad, para improvisar, para valorar a sus hijos, amigos, compañeros e incluso a la pareja por lo que son y no por lo que hacen.

Qué hacer para modificar el nivel de exigencia

En lugar de auto castigarse por haber cometido un error, se sugiere reflexionar y aprender del desacierto.

La espontaneidad es otra virtud que ha de cultivar la persona perfeccionista. Su objetivo ha de ser aprender de la experiencia y dejar en segundo término los resultados obtenidos.

Los miedos están en la mente y sólo contribuyen a inmovilizar a la persona.