Ser mujer en Afganistán, y diputada, y hablar claro sobre lo que sucede en su país, puede llevar a la muerte violenta.

Malalai Joya, diputada del Parlamento de Afganistán.

Malalai Joya, diputada del Parlamento de Afganistán.

A sus treinta años, Malalai Joya ha aparecido a cara descubierta en una foto que ilustra una entrevista realizada en Barcelona. En su país lleva burka, la vestimenta femenina que cubre a la mujer de pies a cabeza. Los ojos quedan también cubiertos. Solo ven a través de una rejilla. El odio contra la mujer ha llegado a estos límites. Las mujeres se han convertido en cárceles ambulantes (“en ataúdes”, dice Malalai), como si arrastrasen cadenas atadas a los tobillos. Hombres, policías y sociedad en general las espía, las somete y las inculpa si se atreven a rebelarse contra la falta de libertad. Su dignidad, con tanto talibán y tantos señores de la guerra, se ha visto reducida a lo más bajo a que puede llegar un ser humano: la esclavitud.

Niños afganos.

Niños afganos.

Después de los atentados del 11 de setiembre de 2001, las Naciones Unidas autorizaron la creación de una coalición internacional liderada por los Estados Unidos. Los militares extranjeros derrotaron a los talibanes y ocuparon Afganistán con la promesa de liberar a las mujeres y restablecer la democracia y el respeto a los derechos humanos. Pero las cosas, desde su llegada, fueron a peor. El fondo de la cuestión estaba en controlar un territorio de gran importancia estratégica. Malalai pide con voz segura: “que se vayan las tropas”. España también.

En el Parlamento, Malalai fue golpeada y estuvo a punto de ser violada por los propios diputados. Y esto no es nada, comparado con otras atrocidades que cometen los “señores” que ostentan impunemente el poder y el odio.