Las mujeres nos hemos educado en una sociedad patriarcal. Es normal, pues, que hablemos, sintamos y repitamos lo que oímos en casa y la escuela sobre qué cosa está bien y qué cosa está mal. Normal no quiere decir que sea lo correcto. Significa que es comprensible. Las madres solteras tenemos que prepararnos ante la posibilidad de que nuestro hijo o hija muestre una identidad sexual distinta a la que estamos acostumbradas. Si tuvimos la valentía de parir y acurrucarlo en nuestros brazos, más fácil va a ser quererle y comprenderle tal como es. La aceptación del hijo suele ser una cualidad femenina. El hijo siempre espera que, al menos, su madre le comprenda.

Derecho a la felicidad.

Derecho a la felicidad.

Homofobia

En las escuelas hay mucha homofobia. Como la hay en los lugares de trabajo, en las familias o en los centros deportivos. La sociedad en general rechaza a gays y lesbianas. Muchos los aceptan de puertas afuera, porque la tendencia de las leyes y los medios de comunicación es a aceptarlos, pero no se cortan ni un ápice en hacer muecas y comentarios (en el mejor de los casos a escondidas) cuando los tienen cerca. Según una encuesta, en España 3 de cada 10 personas son homófobas. En otros países es peor. Según el diccionario, la homofobia es la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales.

¿Y qué tiene de especial un homosexual? Nada. Sólo que siente inclinación afectiva y sexual por una persona de su mismo sexo. ¿Y por qué los heterosexuales, es decir, los que sienten inclinación afectiva y sexual por una persona del sexo contrario, están tan bien considerados?

Existen distintas explicaciones. Cuando el varón descubrió que las relaciones sexuales tenían que ver con el embarazo y alumbramiento de las mujeres, supuso que él tenía el poder de perpetuar la especie (el falo y los testículos le nublaron el cerebro). Nada más lejos de la verdad. Uno de los descubrimientos que más han hecho tambalear la prepotencia de los hombres tiene su origen en la demostración científica de que la esterilidad o incapacidad para engendrar vida se distribuye por igual entre hombres y mujeres. Hasta hace bien poco, prácticamente todo el mundo creía que cuando una pareja no tenía hijos la culpable era la mujer.

Así, las sociedades patriarcales, en que el varón imponía su dominio a base de su fuerza física, pronto substituyó a sociedades y tribus más antiguas, mandadas por mujeres o matriarcas, mucho más integradoras, justas y basadas en el cuidado de los hijos. En definitiva, las sociedades matriarcales se caracterizaban por menos guerras y violencia y más amor y comida para todos.

Homofobia.

Homofobia.

Ante cada batacazo que recibe, el varón se lame las heridas, pero sigue clavando la lanza a diestro y siniestro. Intenta que todo el mundo le comprenda, porque se ha producido un complot para atacar a su virilidad. Huele a excusa. Lo que en realidad le duele es su amor propio, que es otra cosa bien distinta, con peor connotación. Al varón, en general, le duele tanto la presencia de hombres homosexuales o gays en su entorno, que se siente obligado a hacerles la vida imposible, no fuera caso que sus mismos congéneres, igual de machistas que él, le puedan confundir con un “mariquita”. El pobre varón saca pecho como un gallo enfurecido y “esconde el culo”, escenificando y riéndose histéricamente, sin comprender que su ridícula actitud es una manifestación de inmadurez.

Y es que muchas mujeres (y supongo que hombres) estamos hartas de tanto varón de izquierdas, ecologista, ateo y culto perdiendo la compostura ante el simple paso de un compañero gay por uno de los pasillos de la empresa.

La escuela

Derecho a la homosexualidad.

Derecho a la homosexualidad.

A los 10 años de edad, o aún antes, los compañeros empiezan a sospechar cuando un niño prefiere leer antes que jugar al fútbol, o se inclina por los juegos tranquilos de las chicas antes que los juegos agresivos de los chicos. Ante tales indicios, empieza la persecución, la descalificación, los gestos y palabras soeces, y a menudo la marginación del “mariquita” y la agresión física. No saben a ciencia cierta si sus sospechas tienen fundamento, pero tiran a matar, por si acaso aciertan. Casualmente, los maestros no se dan cuenta. Y los compañeros de clase se callan.

Decirlo o no decirlo

Muchos hijos homosexuales temen el rechazo familiar si comunican su inclinación sexual. Saben que sus padres no están abiertos a tal posibilidad. De lo contrario, los padres habrían facilitado hablar sobre el tema. Los jóvenes dejan pistas con la intención de preparar el terreno: empapelar la habitación con fotos masculinas o femeninas, según sea el caso; dejar olvidadas revistas específicas; comentar la homosexualidad a los hermanos; dejar que los padres escuchen determinadas conversaciones por teléfono; salir siempre con personas del mismo sexo, etc.

Los padres

Ante el descubrimiento casual o la comunicación del hijo de su homosexualidad, los padres acostumbran a mostrar perplejidad. Si reciben la confesión a contrapelo, acaban pensando que no es verdad, que el chico o chica aún no tienen su sexualidad bien definida. Pero cuando ya no existe ninguna duda, les invade la rabia, el miedo al qué dirán, a los nietos que tal vez no tendrán. Finalmente llega la aceptación, aunque no siempre. Las más de las veces la madre es la primera en admitir la identidad sexual del hijo o hija; el padre tarda más, o nunca llega a reconocer que su hijo varón ha nacido gay, con lo cual guardará un riguroso silencio ante el hijo y ante la sociedad.

Salir del armario

Se llama salir del armario al acto de hacer público que una persona es homosexual: vivir con la pareja, mostrarse cariñosos ante la gente, casarse y adoptar un hijo si la ley del Estado lo permite, o, en el caso de las lesbianas, tener un hijo por inseminación artificial.

El terror de muchos padres es que, si el hijo sale del armario, ellos también tendrán que salir del armario. Una cosa lleva a la otra. Si el hijo no se esconde, ellos tendrán que dar la cara y hablar de ello con familiares y amigos. Hacer normal lo que antes les parecía un acto vergonzoso. Pero el cariño ablanda las ideas y los corazones.

Despenalizar la homosexualidad

Chicos gays de Marruecos se han trasladado a España para vivir en libertad. En su mundo rural es imposible mostrar su identidad, aunque en las grandes ciudades existe una mayor permisividad. Mientras las leyes no cambien, la sociedad tampoco cambiará. La despenalización significa que ante determinados actos no recaigan penas de prisión o multas. En Marruecos el código penal establece penas de hasta 3 años de cárcel para los homosexuales, aunque en la práctica no se aplica. Pero si existe la penalización, la amenaza de castigo, las personas no son libres.

Comentario final

Las madres solteras estamos ahí luchando por nuestros hijos, por su salud física y mental, para que crezcan sanos y felices. La felicidad de los hijos es la nuestra. No hay que darle más vueltas. Todos somos distintos al nacer. Debemos respeto a los homosexuales, bisexuales, heterosexuales y transexuales y respeto a los que no piensan como nosotros, pero existe una dura lucha para que se respeten los derechos de todos.