“Cuando se presenta una situación de conflicto entre padres e hijos, si cambian los padres también lo harán los hijos”.

El autor de esa frase o sentencia es del psicólogo clínico David Solá. ¡Vaya frase! Normalmente la formulamos de otro modo: “Mi hijo no hace ni caso de mis consejos. Se resiste a cambiar”.

Las carencias personales inconscientes son responsables del buen o mal funcionamiento en la convivencia familiar.

Las carencias personales inconscientes son responsables del buen o mal funcionamiento en la convivencia familiar.

Sigamos leyendo y poniendo en duda las ideas que hemos aprendido durante nuestra infancia y etapa de adultos:

“En este momento muchos padres saldrán al paso para reclamar que la autoridad les pertenece y quien tiene que cambiar no son ellos sino sus hijos. Posiblemente sea así: en una situación determinada los hijos tienen un comportamiento incorrecto y deben rectificarlo. Pero vamos a considerar tres alternativas más:

  • No siempre que los hijos hacen cosas que a los padres no les gusta se puede considerar que son incorrectas. Viene un momento en que la joven adolescente decide cambiar su imagen y cortarse el cabello que tanto gustaba a sus padres.
  • En el caso de que hagan cosas incorrectas, puede que la causa se encuentre más en la parte de los padres que en la de ellos. Un hijo no tendría necesidad de mentir a sus padres si no tuviera temor a las consecuencias; cuando lo hace, es necesario revisar el nivel de confianza en la relación.
  • Cuando los padres intentan ayudar a los hijos a cambiar una conducta incorrecta y éstos se resisten agravando el conflicto, muy probablemente la forma de actuar de los padres no es la más adecuada. A menudo los padres castigan a sus hijos sin salir con sus amigos por haber llegado tarde a casa. Si después de haberlos castigado varias veces el problema no se resuelve, es evidente que la acción correctiva no está surtiendo efecto.”

Alguna vez habrás observado que exiges a tu hija que no grite, mientras le gritas más fuerte que ella a ti.

El sentido común nos dice que si los adultos nos conocemos mejor, estaremos más capacitados para comprender a nuestros hijos. Si no adoptamos una actitud positiva frente a las divergencias con nuestros hijos e hijas adolescentes, pronto llega el desánimo, la descalificación y a veces la palabra grosera.

Cómo podemos cambiar

Ante todo tenemos que analizar nuestra actitud de madres y mujeres ante la vida. ¿Qué podemos hacer para conseguirlo? Ante todo, desear dar lo mejor de nosotras mismas. Después, tener un poco de humildad, porque nosotras no somos mejores que nuestros hijos. En tercer lugar, cuando hay conflicto, la responsabilidad hay que repartirla a partes iguales, aunque nos duela. Y también necesitamos, como analiza el psicólogo:

  • “Sensibilidad para ponernos en el lugar de nuestros hijos y ser conscientes de lo que nos gustaría recibir de nuestros padres. No tiene que ver necesariamente con lo que nosotros recibimos cuando éramos niños, sino con lo que nos gustaría recibir y de la manera que quisiéramos ser tratados después de la experiencia que ahora tenemos de la vida si estuviéramos en su lugar.”

Sugerencias para cambiar


“Uno de los signos más claros  que nos revelan dónde o en qué hay que trabajar son nuestras emociones. Debemos aprender a reconocer nuestras emociones negativas cuando aparezcan. A veces las exteriorizamos y todos las sufren, pero otras veces nos indisponen interiormente e intentamos reprimirlas o superarlas dejándolas a un lado.

La imagen que tengamos de nosotros mismos es otro de los factores clave. Valorarnos por lo que hacemos y no por lo que somos; caer en la crítica o la autocrítica; sentir excesiva admiración o rechazo por otros; ridiculizar o humillar a los demás.

Otra forma eficaz de tomar conciencia es hacernos preguntas: ¿Qué cosas de mí me gustaría que los demás reconocieran o nunca supieran? ¿En qué situaciones observo que me pongo más nervioso, inseguro, sufro vergüenza o pierdo el control? ¿Qué suele ofuscarme u obsesionarme sin poder evitar el dejar de pensar en ello? ¿Con quién me resulta difícil expresar mis sentimientos? ¿Qué cosas no acepto de mí mismo? ¿Qué tipo de prohibiciones suelo hacer?”

¡Manos a la obra!

El psicólogo David Solá expone un caso práctico, que voy a resumir para evitar cansar a las lectoras:

Cuando preguntó a una madre qué aspecto desearía mejorar dentro de la familia, dijo lo siguiente:

“- Por más que lo intento, no soy capaz de tener una relación pacífica con mi hija de 16 años; por cualquier cosa acabamos discutiendo y enfadadas. Quisiera poder hablar con ella como dos amigas pero no somos capaces.

Describe el motivo del enfado, dijo el psicólogo:

– Mi hija y yo estamos en la cocina y ella me explica sus planes para el fin de semana. En ese momento comienzo a ponerme nerviosa.

Deseas proteger a tu hija, me dices. ¿Y qué más?, preguntó. Respondió la madre:

– Tenerla controlada.

¿Cuándo aprendiste a inquietarte al no controlar la situación?, preguntó de nuevo.

– Temía el momento en que llegaba mi madre a casa después de trabajar; siempre me gritaba mucho, nunca le gustaba como estaban las cosas. Ella me dejaba a cargo de mis hermanos pequeños y yo no podía con todo. Necesitaba tenerlos controlados para que no me hicieran ningún estropicio; alguna vez había tenido que atar a alguno de ellos a una silla.

¿De qué se quejaba tu madre?

– Decía que la casa era un caos, para ella nada estaba en orden ni a punto.

¿Cómo te sentías?

– Con mucha ansiedad.

Pregúntale a tu mente qué quiere de ti.

– Suponiendo que ya lo tuviera todo controlado, ¿qué más crees que yo necesitaría?… Aceptación, sí, eso, aceptación. Necesitaba sentir que mi madre me aceptara y me aprobara. Deseaba con todo mi corazón que se fijara en mí y no en cómo estaba la casa y los niños. Llegué a deprimirme porque en mi interior sabía que nunca podría conseguir agradarla y, si algún día lo conseguía, el siguiente volvería a fracasar.

La aceptación no es otra cosa que amor. Este lugar de tu inconsciente se encuentra herido por falta de amor y a causa de los mecanismos de asociación mentales, experimentas emociones similares a las que tu madre provocaba en ti al llegar a casa, transfiriéndolos a tu hija en el presente.

Llegados a este punto es preciso conectar con la Fuente Universal del Amor. Recibe el amor, siéntelo cómo entra en el interior de tu ser… Vuelve a la situación que viviste con tu madre y observa cómo te sientes con ella.

– No siento temor ni inseguridad con ella, la veo como una persona desbordada y angustiada y experimento un nuevo sentimiento… Es misericordia, sí, ese amor que yo siento ahora ha cambiado lo que el mal humor de mi madre producía en mí.

Fuente de información:
David Solá
Este adolescente necesita otros padres
Ediciones Noufront, 2008

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