Cuando un niño o un adolescente tiene un carácter o un comportamiento distinto a como sus padres se habían imaginado, se quejan sin comprender qué está pasando. Todas conocemos la frase: “el pequeño ha salido muy tímido y miedoso, y eso que les educamos a los dos por igual”.

Son hermanas, pero distintas.

Son hermanas, pero distintas.

Quizás los padres actúan de este modo para evitar que algún día se les acuse de mantener preferencias por uno de ellos. Pero aquí está el error. Cada persona es única y singular, y lo que a un hermano le favorece, a otro le puede traumatizar. Hay niños que son más ariscos y requieren menos mimos. Otros, por el contrario, no se despegarían de sus padres cuando están en casa, en especial en el momento de acostarse. Con un trato igualitario, probablemente el hermano mimoso va a sufrir carencias importantes de abrazos, caricias y besos, que repercutirán negativamente en su evolución y en la asunción de las bases de su personalidad.

¿Qué hay que hacer? No es necesario que los padres intenten un equilibrio y una equidad difícil de conseguir, porque siempre habrá un niño que se queje: “a ella, porque es mayor, la dejas acostar más tarde” o “si él me molesta, siempre me das la culpa a mí, porque soy mayor”. En fin, que los padres pueden usar su libertad sin remordimientos, prestando más atención a un niño que al otro cuando es necesario. Porque son distintos, precisan una atención y dedicación distintas.