Padres y madres educamos a nuestros hijos según nuestra forma de pensar, nuestras creencias y nuestras experiencias. “Como padres tenemos que hacer lo que creemos que es mejor para ellos”, acostumbramos a decir.

Así, mientras unos padres aplican métodos estrictos para que los hijos, desde los primeros días o meses de vida, se acoplen a los ritmos del sueño de los adultos (estar despiertos durante el día y dormir por la noche), otros padres son más comprensivos con los sentimientos del bebé: su soledad nocturna, la ausencia de voces y ruidos, la falta de proximidad con la tibieza de la piel de un adulto, la oscuridad…

De noche, la respiración de la madre recuerda al bebé que debe respirar.

De noche, la respiración de la madre recuerda al bebé que debe respirar.

Dicen algunos que en nuestro genoma ha quedado impreso el grito del bebé humano en tiempos prehistóricos, pidiendo auxilio, llorando indefenso. En caso de que no apareciesen sus padres para protegerle, el niño era presa de animales salvajes. Actualmente, en las sabanas africanas protegidas, los bebés de las manadas de mamíferos herbívoros son aún presas fáciles de los carnívoros. La soledad de la supervivencia es espantosa, miremos como lo miremos.

¿Los niños tienen que dormir solos?

El bebé necesita más que nadie el contacto con la madre. La madre es su fuente de calor, su sustento, su referencia, su voz, su pequeño mundo. En ausencia o sustitución de la madre, el padre puede crearle asimismo la sensación de protección y seguridad. El bebé se lo juega todo para vivir.

Si la madre tiene la cuna junto a su cama, el bebé sentirá su proximidad. Probablemente, sólo con darle el pecho, acercarle el chupete o acariciarle se va a calmar. Si no se calma, la madre lo acuesta junto a ella. Pronto alcanzará el sueño. Basta el contacto del cuerpo para que el bebé no sufra.

Nuestros cachorros.
Nuestros cachorros.

Son muchos los padres y madres solteras que, en los primeros meses de vida del bebé, le acuestan a ratos, o noches enteras, en la cama de los adultos. No son partidarios de dejar que el niño llore y llore sin solución. Ponen los medios para que los niños que tienen dificultades para acomodarse a la vida fuera del útero, pasen este periodo crítico lo más amorosamente posible, aunque esa práctica suponga no poder dormir de un tirón, estar pendientes del bebé cuando se mueve, da patadas, busca teta… Un niño requiere muchos sacrificios.

Otros padres duermen con sus hijos desde el primer día de vida hasta la edad que creen conveniente, bien en la misma cama o en una cama adosada. Esta práctica recibe el nombre de colecho. Existe abundante información sobre el colecho. Sólo hay que buscarla. ¿Existe peligro de aplastamiento? ¿El niño toma el pecho un mayor número de veces que si duerme en una habitación aparte? ¿Lloran menos o lloran más? ¿Están más tiempo despiertos? ¿Están igualmente expuestos a la muerte súbita?

Madres solteras. Qué opina la sociedad

El colecho no es una práctica habitual en las familias compuestas por dos progenitores. Quienes duermen con sus hijos o junto a ellos lo hacen con discreción. Despierta aversión entre los acérrimos defensores de las habitaciones separadas. Pero, ¿qué opinión existe cuando quién lo practica es una madre soltera?

El prejuicio sobre las madres solteras aún es enorme, en muchos sentidos. Cuando la madre soltera tiene un su misma cama o habitación a su hijo, la opinión mayoritaria es que es pernicioso para el niño, ya que lo hace porque ella se siente sola; intenta compensar su soledad durmiendo con el hijo; le protege y mima en exceso. Dichas opiniones dan a entender que la madre sustituye la ausencia de pareja por la compañía de su hijo.

Dulces sueños.
Dulces sueños.

La madre que vive sola con su hijo goza de total libertad para acercarse a sus necesidades, arroparle junto a sí y procurar que no tenga miedo ni se sienta abandonado durante las horas nocturnas. Dormir con el niño los días, meses y años que crea conveniente, o cuando el niño siente necesidad, es un ejercicio sano de protección y amor y no va a crear ningún trauma en el niño. Antes al contrario. Rebaja el nivel de estrés y sufrimiento. Los prejuicios de terceros no tienen que modificar el código educativo de una madre soltera. Todas hemos pasado noches en la cama de nuestros padres, cuando sentíamos miedo, y las recordamos con verdadera satisfacción.

Aquello de que “los niños tienen que dormir separados de sus padres, de lo contrario se malcrían”, se dice como si siempre se hubiera hecho así. Todo lo contrario. La humanidad ha dormido junto a sus bebés y niños hasta hace bien poco. ¡Para que veamos que no podemos invocar al pasado como la forma verdadera de educar! También se decía “la letra con sangre entra” y ahora nadie se atreve a defenderlo públicamente. ¿Luego qué? ¿En qué quedamos? ¿La tradición es una ley inamovible o continuamente creamos nuevas tradiciones y costumbres?