Almendra es una joven que leyó en esta web el artículo: Pegar a los niños. El castigo físico no es un acto educativo.

A continuación dejó un comentario relativo a su dura experiencia personal: los castigos físicos que recibió y el dolor y el rencor que aún tiene dentro de sí hacia su madre.

Almendra podría recomponer su infancia si su madre le pidiera perdón, pero raramente las personas que maltratan (a su vez fueron maltratadas de pequeñas) son capaces de reconocer su error.

Creo que tarde o temprano será Almendra quien perdone a su madre en el silencio de su corazón. Sin perdón no hay modo humano de borrar el rencor del pasado, de suavizar el sufrimiento inmerecido.

Nuestra amiga y compañera Almendra ha sido capaz de sincerarse y expulsar el hedor que queda después de tantos golpes. Ese acto es el primer paso positivo para reencontrarse con la niña que quiso ser y no pudo, para renacer como una semilla que se convierte en un árbol fuerte y precioso.

"Yo nunca lo he hablado por verguenza"

"Yo nunca lo he hablado por verguenza"

Sigue trabajando tu interior, puedes convertirte en una persona nueva.

Almendra escribió…

Hola, tengo 18 años y no puedo creer lo que leo de algunas personas. Es realmente extraño y casi enfermo.

¿Acaso alguna de esas señoras que escribe arriba nunca le ha preguntado a sus hijos o hijas lo que sienten? Lo más probable es que por algo les falten al respeto…, que no exista confianza…

A mi madre, cuando niña, le pegaban frecuentemente, cosa que recuerda con impotencia y dolor. Al igual que a ustedes, no les sirvió sufrir golpes en su niñez y lo repiten en sus hijos.

Desde que tenía 3 años mi mama me pegaba, cachetadas, nalgadas, tirones de pelo, me tomaba de un brazo y me pegaba hasta que se cansaba. Sus golpes iban acompañados de insultos y amenazas. A veces me bajaba los pantalones y me podía pegar harto rato… yo podía llorar y suplicarle que parara, pero mientras más le reclamaba, más me pegaba. Cuando me encargaba con mi abuela o alguien, le daba su permiso para pegarme.

A veces me metía a la ducha desnuda con agua helada y me pegaba ahí. Recuerdo esos rituales muy largos. Nunca me pegó con correas ni nada, pero sí me mostraba las correas para amenazarme. Realmente, no creo haber hecho algo tan grave como para que me pegara tan fuerte.

Hasta por lo menos los 11 años me pegaba frecuentemente, yo creo que unas 3 veces a la semana: por no comer, contestarle mal e incluso una vez me pegó un buen rato porque atropellaron a mi perro.

A veces me abofeteaba y me quedaba la cara marcada y me ponía paños mojados para que mi papá no supiera. Cada vez que me pegaba pasaba un rato y me pedía perdón llorando, cosa que me confundía porque de sentir rabia y rencor hacia ella pasaba a sentir pena.

Entre los 11 y 16, si llegaba tarde o no le avisaba me esperaba afuera de la casa y me entraba a punta de gritos y me daba cachetadas hasta que se cansaba. Eso iba acompañado de insultos y descalificaciones.

Nunca más me ha tocado desde los 16.

Yo nunca lo he hablado por verguenza. Esto lo relato para esas señoras. Lo más probable es que sus hijos les guarden el mismo rencor que yo a mi mamá, quizás haberme retado o explicado con palabras suaves y claras habría mejorado nuestra comunicación.

Ahora nos llevamos mejor, porque está pasando por momentos difíciles en los que ha tenido todo mi apoyo. Aunque no dejo de reconocer que le tengo gran rencor por eso, sin dejar de quererla.

Toda esta angustia vergonzosa espero que me sirva para que cuando sea madre lo haga de la mejor manera y sin ningún golpe o insulto.

Lamentablemente se recuerdan más los malos momentos que los buenos.

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Nota: “Los cuatrocientos golpes” es una película del director francés François Truffaut (1959).

Calendula
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