A Islandia se lo ha calificado como el mejor país del mundo donde ser mujer, por las leyes que favorecen la integración laboral, la igualdad y otros aspectos. La matrícula de honor, incluso frente a los vecinos escandinavos, se la lleva en participación femenina en política. Ya en 1980, Vigdís Finnbogadóttir, una madre soltera, fue la primera jefa de Estado democráticamente elegida del mundo.

Islandia es un país donde un consultor de marketing puede presentarse a una entrevista sobre el descalabro financiero con un maletín en la mano izquierda… y un bebé de siete meses en la derecha. “Mi mujer es profesora y ya ha vuelto al trabajo, ahora me ocupo yo del pequeño”, explica con suma naturalidad el padre treintañero, y sigue hablando del desplome de la corona y la quiebra de los bancos mientras mece a su hijo.

Un padre pasea con el cochecito de su bebé alrededor del lago Tjörn, en Reikiavik.

Los padres islandeses tienen derecho a tres meses intransferibles de baja, además de los tres meses para la madre y otros tres a repartir entre ambos. Desde que la ley entró en vigor hace nueve años, ha sido un éxito: en el 2009 se beneficiaron más del 85% de los padres.

“Personalmente, es muy gratificante. Estableces una relación más cercana con tus hijos, te implicas en su educación desde pequeños. Los hombres también ganamos –dice Olafur Stephensen, a quien ser director del diario Fréttabladid, el primero del país, no le ha impedido acogerse al permiso con dos hijos–. Permite una división más igualitaria del trabajo del hogar, prerrequisito para la igualdad en el mercado laboral. El objetivo es que los hombres sean como las mujeres a la hora de ausentarse del trabajo. No sólo los primeros meses de vida de un hijo, también cuando enferma o para salir pronto para recogerlos en el colegio. Si no, es un círculo vicioso”.

El permiso de paternidad –introducido por un gobierno conservador– es uno de los motivos, aunque no el único, de que Islandia, una isla de hielo y fuego con 320.000 habitantes, lleve tres años liderando el ranking de igualdad de género del Foro Económico Mundial o de que la revista Newsweek lo haya proclamado el “mejor país del mundo para ser mujer”, después de examinar educación, sanidad, economía, justicia y, sobre todo, política.

La matrícula de honor, incluso frente a los vecinos escandinavos, se la lleva en participación femenina en política. Ya en 1980, Vigdís Finnbogadóttir, una madre soltera, fue la primera jefa de Estado democráticamente elegida del mundo. Hoy, las mujeres representan el 43% en el Parlamento y el 40% en los gobiernos municipales.

Han caído muchos pilares en la Islandia posdesastre financiero del 2008, el shock que llevó al país a reescribir la Constitución y a juzgar a sus gobernantes. El feminismo, sin embargo, se ha robustecido.

Castigo al cliente, no a la prostituta

El Gobierno –una coalición de socialdemócratas e izquierda ecologista– está liderado por Jóhanna Sigurdardóttir, lesbiana declarada, que dirige un gabinete paritario. En sus tres años de existencia ha aprobado un sinfín de leyes feministas. Ha ilegalizado la compra de servicios sexuales (como en Suecia y Noruega, para castigar al cliente y no a la prostituta) y la publicidad o el lucro de la prostitución. En el 2010, Islandia se convirtió en el primer país que prohíbe, por motivos no religiosos, los clubs de striptease, al considerarlos tapaderas de prostitución, trata de blancas y otras actividades delictivas.

El maltratador se va

La ley contra el maltrato, inspirada en el modelo austriaco, obliga al agresor o agresora a abandonar el domicilio, en lugar de trasladar a la víctima a un refugio. Y, si desde el 2008 había una ley de cuotas en el sector público, en el 2013 entrará en vigor otra que obliga a las empresas con más de 50 empleados a tener al menos un 40% de uno de los dos sexos en sus consejos de administración.

La mujer islandesa y el grupo de las Medias Rojas

La fuerza del movimiento feminista en Islandia es extraordinaria, sobre todo contemplada desde el Mediterráneo. Algunas teorías apuntan que la mujer islandesa tiene una independencia y una autoconfianza innatas, forjadas durante siglos y siglos en los que los hombres pasaban largas temporadas en el mar mientras ellas tomaban las riendas en tierra. También en el interior de la isla, en una sociedad campesina que tenía que doblegar una naturaleza implacable, el trabajo femenino era fundamental.

Pero no fue hasta los años 70 del pasado siglo, con la transformación de esta sociedad pobre de campesinos y pescadores en un país desarrollado y moderno, cuando emergió el feminismo. Hay una fecha mítica, grabada en la psique colectiva: el 25 de octubre de 1975, día de la huelga femenina convocada por el grupo Medias Rojas, que siguió un 90% de las islandesas desde el puesto de trabajo o el hogar.

“Nunca antes había salido tanta gente a la calle –recuerda la ingeniera Guðrún Hallgrímsdóttir, de 71 años, una líder del movimiento–. Entonces las mujeres funcionaban sobre todo como fuerza laboral de reserva, por ejemplo en el sector pesquero, se las llamaba cuando había una gran captura. Pero ellas seguían viéndose como amas de casa. Ese día conseguimos que las mujeres se dieran cuenta de lo importante que era su trabajo. También le debemos nuestra actual red de guarderías públicas. Sólo había para madres solteras. Era una urgencia, porque es clave para la participación de las mujeres en el mercado laboral”. Aquí, Islandia tiene la tasa más elevada entre los países de la OCDE: 77,6%. También hay logros más sutiles, más simbólicos. “En los 70 no había forma de localizar a una mujer casada, porque en el listín telefónico o en el portal de su casa sólo aparecía el nombre del marido. Hoy sería impensable”, dice la veterana feminista

La brecha salarial

Casi 40 años más tarde, sin embargo, una de las exigencias de las Medias Rojas sigue pendiente: la brecha salarial. La ley de “a igual trabajo, igual salario” fue aprobada en 1961, pero hoy ellas siguen cobrando entre un 8% y un 16% menos. Cincuenta mil mujeres, un tercio de la población femenina, salieron a la calle el 25 de octubre del año pasado contra la brecha y la violencia sexual, en una demostración de la fuerza y el consenso que sigue teniendo el feminismo.

Mientras las feministas de otros países siguen enzarzadas en la eterna discusión sobre si la prostitución es una forma de opresión o un derecho femenino, la ilegalización apenas ha provocado polémica en Islandia. No sólo entre las feministas: un 82% de las mujeres y un 57% de los hombres están a favor de prohibir la compra de sexo, y sólo un 8% de los islandeses se opone, según una encuesta.

La brecha salarial es un asunto más complejo. Sus causas son difíciles de identificar. Por ejemplo, los hombres alargan sus jornadas laborales y reclaman antes aumentos o ascensos. El Gobierno de Sigurdardóttir, exministra de Asuntos Sociales y con especial sensibilidad para la cuestiones de género, ha hecho de la igualdad salarial una de sus prioridades. Ha designado un comité especial que elabora unos criterios que deberán ser observados por las empresas. Y la posibilidad de multar a las que no los respeten está encima de la mesa. “Algunos países ya lo están haciendo y está funcionando, es algo que tomar en consideración”, señala Kristín Ástgeirsdóttir, jefa del Centro para la Igualdad de Género.

Otra medida destinada a recortar la brecha es la cuota femenina en los consejos de administración del sector privado, sin duda la ley más polémica. “Lo hemos intentado todo para evitarla, pero cuando después de tantos años nada se mueve, te das cuenta de que a veces hay que forzar los cambios”, dice Ástgeirsdóttir. El 90% de los directores ejecutivos, gerentes y miembros de los consejos de administración de las grandes empresas son hombres.

Procedencia de la información:
Magazine – La Vanguardia
El paraíso de las mujeres