Da igual que se hable mal del padre que de la madre, porque el efecto es el mismo: se causa dolor, inseguridad, rabia y odio en el hijo.

Dos jóvenes observan la ciudad. Podrían ser hijos nuestros.

Dos jóvenes observan la ciudad. Podrían ser hijos nuestros.

Situación de las madres solteras

El amor hacia los hijos es un tesoro que hay que cuidar. ¿Cómo va a ser amor si el padre o la madre les hacen creer que su otro progenitor, el que no vive con ellos, es una mala persona, porque no les pasa dinero, no se interesa por la salud ni los estudios del hijo, ni quiere mantener contacto con ellos? En psicología familiar, esta actitud de inculcar rechazo hacia uno de los progenitores tiene un nombre: síndrome de alienación parental.

Cuando la mujer sufre un abandono durante el embarazo o a causa de éste, aparece en su mente la figura del rechazo: se siente engañada, perdida y en soledad. Puede que la madre se vengue del padre biológico mostrándolo ante el hijo como un ser sin sentimientos, perverso, que les ha causado innumerables sufrimientos. Es un claro ejemplo de lavado de cerebro. El niño, ¿de quién depende, cuando es hijo de una madre soltera? Exclusivamente de ella. En consecuencia, se involucra en sus sentimientos. No quiere verla sufrir. Y si ésta sufre, el sufrimiento se le contagia. Si la madre adopta el papel de víctima, el hijo sentirá el mismo odio que siente ella, corregido y aumentado, porque además de sentir como hijo se identifica con la figura materna. Mucha responsabilidad para un niño pequeño. Mucho peso para unos hombros tan débiles.

Vemos a menudo que hijos de madres solteras no quieren saber nada de sus padres biológicos. En el fondo sí que quieren saber, y pedir comprensión, y escuchar amorosas palabras de perdón que les resarzan del abandono, pero el dolor acumulado es tan intenso que lo transforman en un peligroso explosivo. Odio y deseo de amor producen una deflagración cuando se mezclan. Fracaso escolar, agresividad, depresión… son consecuencia de una brutal paliza psicológica: odiar al padre.

Probablemente, una madre que ha sido capaz de aceptar el abandono y transformarlo en algo positivo, para que redunde en beneficio del hijo, la figura el padre no quedará tan dañada. Con lo cual el hijo, cuando tenga capacidad de decidir, podrá ir en su busca con serenidad, a sabiendas de que nadie es perfecto, que el hombre de quien es descendiente tuvo sus razones, más o menos acertadas. La cobardía forma parte de la naturaleza humana y muchas veces esta parte negativa se encuentra en la raíz del acto de deshacerse de una chica embarazada.

El perdón, la comprensión y la aceptación de las limitaciones de las personas son buenos compañeros de viaje para ir en busca del padre que un día olvidó, o casi, que tenía un hijo, a quién no habrá visto en su vida, o de tarde en tarde, o quizás un par de veces cuando el niño era muy pequeño.

El hijo, cuando llega a la adolescencia o la mayoría de edad, no va en busca del amor del padre. Lo que se perdió, ya no les pertenece a ninguno de los dos. El hijo va en busca de sus raíces. Tiene derecho a saber. A conocer. A decidir. A ver con sus propios ojos. Puede que el hijo eche en cara al padre biológico: “me has roto la vida”. Es bueno que lo diga. Si le duele, que lo exprese. Es su deber decir lo que piensa y siente. El padre, si es honesto, tendría que ser muy comprensivo con los reproches del hijo. Sería bueno, también, que el progenitor masculino expresara las razones de haberse olvidado de que una madre soltera acostumbra a tener muchos problemas económicos; y cuál fue el motivo de que no mantuviera el vínculo afectivo con el hijo.

El horizonte de los jóvenes necesita una buena base familiar.

El horizonte de los jóvenes necesita una buena base familiar.

El hijo de madre soltera, si no ha sido programado para el rechazo, decidirá cuando sea mayor qué lugar desea que el padre ocupe en su corazón, de la misma forma que el padre puede escoger si establecer contacto o no con el hijo. Cada caso requiere un trato distinto. La vida, como las novelas, no siempre tiene un final feliz.

Madres separadas y divorciadas

Cuando se produce una separación o divorcio, la persona que tiene la custodia de los hijos (normalmente la madre) ve nacer en su interior la rabia y el odio; por lo general culpa al marido de la frustración de un proyecto de vida en común, lo mismo si ha habido una progresiva frialdad entre ellos, una mala convivencia, o el hecho evidente y sin vuelta atrás de que el marido ya tiene apalabrada a otra señora. Mientras un hombre se prepara para irse de casa, una segunda persona acostumbra a permanecer a la espera. El relevo es un elemento importante en los pasos previos a la separación, porque el sentimiento de fracaso desaparece cuando una nueva persona, aparentemente más complaciente, va a darlo todo para que surja una unión duradera. Ellos tienen mucho más miedo que ellas a la soledad.

La separación y el divorcio resultan difíciles de digerir para la persona que no puede decir “me voy”, sino que juega el papel de abandonada. Aún cuando la separación se produzca de mutuo acuerdo, más tarde puede crecer el sentimiento de rabia, que va a deteriorar las relaciones con el padre de los hijos. Y al poco tiempo aparecerá la sensación de fracaso, una de las emociones más negativas para superar la separación y rehacer la vida individual y familiar. En estas circunstancias, es posible que la madre comience a hablar mal del padre a sus hijos.

Sobre el síndrome de alienación parental en los hijos de padres separados o divorciados, y también de madres solteras, recomiendo la lectura de una entrevista titulada Madre alienadora, padre excluido.