En general, la madre tiende a analizar todo cuanto tiene relación con su hijo (nada escapa a su mente observadora). Le quiere tanto, que ve en su niño o adolescente o joven al ser más perfecto de la creación. No existe nadie, como él. Aunque tenga defectos, se los disculpa. Aunque se equivoque, ella siempre le tiende una mano. Claro, es el hijo de sus entrañas y ha luchado mucho para llevarle a este mundo, educarle y criarle.

Obrador de respostería.

Obrador de respostería.

Testimonio

La mamá en cuestión, madre soltera de una época, mujer activa, optimista, tiene poco más de sesenta y cinco años y nunca se dio por vencida. La veo a menudo faenando en su casa, con la bata típica de la mujer que no quiere ensuciar la blusa y el pantalón que lleva debajo. Crió a su hijo sola en una ciudad con una población inferior a los cien mil habitantes, rodeada de campo, con pocas o ninguna perspectiva para promocionarse, porque era mujer, y madre soltera, y trabajaba en un oficio casi exclusivo de hombres: el obrador de una repostería.

Ella siempre quiso vivir en su propia casa, en su pisito, con su hijo, haciendo mil combinaciones para llevarle al colegio, para atenderle cuando estaba enfermo, con la ayuda de vecinas y otras personas, porque Ana, como así la vamos a llamar, recibía mucho, pero daba aún más. Un prodigio de mujer que en su día tuvo la mala suerte de topar con un hombre que no se percató de su belleza interior. Y quedó preñada. Inocente ella, pensó que el chico estaba enamorado y se casarían de inmediato. Pero él salió huyendo. Y ella, calladita, dejó de transitar por determinadas calles, para no encontrárselo de frente y sentir una inmensa vergüenza. ¿Vergüenza de qué, hija mía? Pero claro, había cometido el pecado del sexo. La culpable era ella, porque la sociedad machista y tradicional tenía y aun tiene un principio inalterable: la obligación del hombre es acosar, pero la de la mujer es defenderse, saber decir no, esquivar la tentación, hasta conseguir llegar virgen al altar. El pecado del sexo era mucho pecado, en aquellos tiempos de represión y catolicismo por todas partes.

Mamá y el niño en bicicleta.

Mamá y el niño en bicicleta.

Un día no muy lejano, Ana me contó que los días festivos se levantaba temprano, preparaba la comida, arreglaba un poco la casa, y salía con su niño de excursión. El niño aún no sabía pronunciar excursión, pero entendía que era el día que su mamá lo dedicaba enteramente a él. Con una vieja bicicleta y su correspondiente sillita color rosa descolorido, madre e hijo atravesaban la ciudad, y los campos, y llegaban al cabo de un buen rato al pie de una colina. Allí, la madre bajaba de la bicicleta y, empujándola con todas sus fuerzas, camino arriba, entre matorrales, llegaba a la cima sudando a más no poder. ¡Nadie se percataba del esfuerzo! Tampoco había nadie para ayudarla. Ni ella lo habría consentido, seguramente.

El niño se bajaba de la bicicleta, corría por todas partes, mientras ella le seguía con la mirada, agachada en el suelo. Jugaban al escondite. Y a la gallinita ciega, tapándose los ojos con las manos. Recogían frutos silvestres. Se tumbaban sobre la fresca tierra. Y ella le daba agua y comida cuando veía mermar sus fuerzas. Su hijo la hacía feliz. Al fin estaban solos. Madre e hijo. Para vivir su vida, la que un día, de mutuo acuerdo, el niño en el vientre, ella de pie junto a la puerta de casa, decidieron conocerse, y amarse, y prometerse fidelidad. ¿Como dos novios? No, como dos novios no. La cosa no estaba para bromas. Se prometieron fidelidad porque se amaban desde que supieron de su existencia.

En el pisito, los edificios de enfrente les quitaban el sol, pero en contacto con la naturaleza lo recibían gratis. Y así un año y otro año de caminar y jugar entre arbustos, de hacer excursiones junto a ríos pestilentes y riachuelos de aguas limpias, y campos y montañas próximas, atravesando puentes y saltando verjas.

Futbol infantil.

Futbol infantil.

La energía del hijo se le contagiaba. Cada vez caminaban más, porque el niño crecía y tenía nuevas necesidades y se obstinaba en descubrir mundo. Empezaron jugando al fútbol, aunque Diego Armando Maradona aún no había irrumpido en escena como un líder mundial. Ana aprendió a chutar la pelota en el campo deportivo del barrio. Parece que dos entrenamientos semanales con monitor no bastaban para cansar al niño, tal era su afición. Aunque faltara el padre, Ana se decía a sí misma que el hijo tenía que llevar una vida lo más normal posible. Si nevaba un poco, corrían, medio a oscuras, al final de la tarde, a sentir el impacto emocional y visual de la nieve blanca sobre la hierba y los árboles. Y siempre caminando, como si no existiera el transporte público, ni el descanso.

A pesar de tanta actividad, Ana se sentía sola. Sola de pareja. Sola de caricias. No tenía tiempo para fijarse en los hombres. Ni los hombres se fijaban en ella, al menos desde su punto de vista. El hijo se hacía mayor y se daba cuenta. “¿Y tú no tienes novio, mamá?”, le preguntaba. Ana encogía los hombros. Tampoco sabía qué responder. El niño no mencionaba a su papá, como si presintiera el dolor y el descalabro de su madre. Ella le había hablado alguna vez, con naturalidad: “Cuando seas mayor y quieras conocer a tu padre, te diré quien es. Entretanto, esperaremos.” “Sí, ya me dirás quién es. Esperaremos”, respondía, resignado, el niño.

Ahora que he empezado hablando del padre, voy a terminar relatando lo que pasó después. El niño se hizo adolescente. Y manifestó su deseo de conocer al padre. Ana se sintió turbada. No sabía cómo enfocar el encuentro. Temía una respuesta negativa de su ex. Finalmente solicitó la opinión de una persona capacitada: el médico de familia. Éste le aconsejó que buscara un familiar o alguien de mucha confianza para facilitar el encuentro. Ana se debatía entre dudas. ¿Mejor un hombre? ¿Mejor una mujer? Finalmente recurrió a un hermano de su madre, tío abuelo del hijo.

Ana planeaba una merienda en un bar, una salida un domingo por la mañana, un cambio de escenario en una población vecina, los tres juntos: ella, el padre biológico y el hijo de ambos. Se debatía en un mar de dudas. ¿Cómo hacerlo? Finalmente, padre e hijo se encontraron a solas, no se sabe donde, sin la presencia materna. Conversaron. No trascendió su contenido. Ana estaba nerviosa. No “conocer” produce desasosiego. Entonces comprendió que el niño había sufrido mucho ante su obstinación en ocultarle la identidad del padre. No es fácil resolver una cuestión como ésta.

A Ana le parecía que estaba todo perdido. El silencio sobre el padre volvió a su casa. ¿Qué pasaba por la mente del hijo? ¿Qué debía pasar por la mente de su ex? Meses más tarde, cuando ya había perdido toda esperanza de conocer el resultado de la conversación, el hijo anunció: “mamá, me iré una semana de vacaciones con la familia de papá. Después te contaré”.

Así, sin que ella interviniera ni a favor ni en contra, padre e hijo comprendieron que no recuperarían el cariño que no pudieron disfrutar en la infancia. Que la vida había hecho añicos el amor paterno-filial. Ahora bien, se llamaban de vez en cuando o salían a comer, el padre mandaba al hijo un dinerillo para su santo y cumpleaños… Así se recompuso, poquito a poco, la relación entre ambos.

Valoración

Ana, la madre soltera que se cita en este artículo, reconoce que su hijo le ha proporcionado una feliz vida activa (física y mental).

Aire, sol y nieve.

Aire, sol y nieve.

Cuando a sus sesenta y cinco años controla la calidad de sus huesos haciéndose una densitometría, ésta le descubre que de momento no tiene por qué temer por su estructura ósea. Ana, que todo lo analiza, ha llegado a la conclusión (real o no) de que su buen estado de salud la debe a su hijo.

“Mi hijo y yo tuvimos siempre una gran actividad al aire libre, lo mismo los días festivos que los laborables. Aprovechábamos cualquier momento para estar fuera: en los columpios, jugando o simplemente caminando y contándonos historias. Gracias a la actividad a que me sometió mi hijo en mi juventud, almacené calcio y fabriqué hueso para cuando llegara a la madurez”, dice, muy convencida. “Todo se lo debo a mi condición de madre soltera.”

Yo no sabría decir si su afirmación tiene mucho fundamento. En cualquier caso, su testimonio es muy interesante.

Qué es la osteoporosis

Es una enfermedad esquelética que tiene como resultado un aumento de la fragilidad ósea y la tendencia a las fracturas. Consiste en una reducción de la cantidad de tejido óseo.

La mineralización ósea depende de factores genéticos, alimenticios y hormonales, así como del ejercicio físico. La reducción de la masa ósea se hace más evidente en casos de malnutrición, bajo peso, ingesta deficiente de calcio y vitamina D, y sedentarismo. Los productos lácteos son la fuente más importante de calcio y vitamina D.

Las mujeres, desde la menopausia, son más propensas a padecerla que los hombres.

Diagnóstico

La osteoporosis se diagnostica con una técnica específica: la densitometría. Cuando la osteoporosis es detectable por una radiografía, ya se ha perdido el 25% de la masa ósea.

Los huesos tienen memoria

Acostumbrados a la medicina moderna, pensamos que los problemas se pueden solucionar en el momento en que aparecen. “Si tengo dolor de cabeza, me tomo una aspirina y ya está”. “Si aparece una infección de garganta, con un antibiótico vuelvo a estar bien”. Para problemas menores, puede que sea verdad. Ahora bien, cuando se presenta un problema grave de salud, podemos atajarlo en un primer momento, retrasar su evolución, sobrellevarlo, pero difícilmente volveremos al estado de bienestar inicial.

En términos generales, lo que hayamos hecho con nuestros huesos en la infancia y juventud aparecerá impreso en las radiografías cuando lleguemos a la menopausia.

Con hábitos favorables a la creación de huesos fuertes, tenemos menos riesgo de padecer osteoporosis en la madurez. Pero si, por malos hábitos o por falta de información, hemos descuidado la atención a nuestros huesos, éstos nos pasarán factura. Los huesos tienen memoria.

La etapa de crecimiento de la masa ósea se da hasta los 20 años. Durante los 5 a 10 años siguientes, continúa el enriquecimiento mineral, etapa en que se consolida el hueso. En la etapa siguiente, en un período no determinado, empieza la pérdida paulatina de masa ósea. El capital óseo acumulado en la adolescencia y la juventud puede ser un factor de prevención de la osteoporosis.

El calcio y el fósforo son los dos minerales esenciales del hueso.

Prevención

La Organización Mundial de la Salud recomienda, como método preventivo, una nutrición adecuada y ejercicio físico durante toda la vida.