El psiquiatra es el médico que atiende a las personas que padecen trastornos relacionados con la salud mental. Está facultado para recetar psicofármacos.

En su libro Cuatro ensayos sobre la mujer, Carlos Castilla del Pino (1922-2009) añadió un apéndice con dos interesantes patografías [patografía: descripción de una enfermedad] en las que dos pacientes explicaban sus situaciones familiares y sociales.

Reproducimos la historia de una de ellas. Se trata de una mujer de veintinueve años, casada cinco años antes, con tres hijos: dos niñas y un niño.

Familia con recién nacido.

Familia con recién nacido.

—Sí, soy casada y tengo tres hijos: un varón, el pequeño, y dos niñas. Mi marido es ingeniero y trabaja en una empresa de maquinaria eléctrica. No ha venido porque no quería pedir permiso, no quería decir para lo que era. Me alegro, porque no sabría cómo decirle a él que prefería entrar yo sola. Si hubiera pasado con él habría estado más cohibida. Y la verdad es que no creo que tenga nada que ocultarle, pero siempre es mejor, ¿no lo cree usted así?…. No me encuentro bien desde pocos meses después de nacer mi hijo. No soy como era antes, estoy aburrida. Yo antes tenía ilusión por todo. ¡Qué poco me interesa ahora mi marido, los niños, todo! No es que no los quiera, pero también me aburren. ¡Qué vida ésta! No sé de qué me quejo en realidad. Tengo de todo. Estamos bien. Pero es que una, ¿qué tiene que hacer? Usted dirá que nunca ha tenido una enferma tan estúpida, porque ahora le iba a decir una tontería: que me molesta ya todo lo que hace mi marido. Todo, no; pero, por ejemplo, cuando llegaba de la fábrica, yo, antes, tenía ilusión, pero ahora, ya se lo he dicho, no tenemos nada de qué hablar. ¿Es posible que no tenga nada de qué hablarme? El dice que está cansado, que lo que quiere es estar tranquilo, y se pone a leer el periódico. Le gusta mucho el fútbol y a mí eso me pone frenética. Que esté deseando salir del trabajo para venir a casa a leer los deportes… Yo se lo decía a mi hermana: mira, déjate de tonterías, tú piensas que el matrimonio es una cosa y luego es otra, muy distinta. Cuando me dijo que no sabía de qué me quejaba, me callé. Ya sabrá ella por qué lo digo yo.

—Yo creo que al nacer el niño me he puesto mala (o lo que sea, porque a lo mejor no estoy enferma), porque este niño ha venido sin yo quererlo. Se lo dije a mi marido: se deben tener los niños cuando se quiera, y además…, que no pueden venir así… ¿Que qué quiero decir con esto? Yo pienso que los niños pueden venir si la vida de matrimonio es otra cosa. Porque yo me imaginaba que era otra cosa, quizá estoy equivocada. Ahora pienso que todos los hombres son iguales —usted perdone—. Muchas veces me lo pregunto: ¿cómo es posible que se pueda llegar, no sé, a no contar con el otro? Es todo tan distinto. Antes se tenía en cuenta a una. Ahora no. Cuando se la necesita se la coge… Me da algo tener que hablar así…

—Pues normal.

—¿Qué quiero decir con normal? Quiero decir como todo el mundo.

—Sí, lleva usted razón, yo no sé cómo es la de los demás. La nuestra…, pues, una o dos veces por semana… A mí lo mismo me da. Por eso se lo decía antes: si encima de que a una esto lo mismo de da, resulta que viene el embarazo, entonces, usted dirá. Creo que desde que quedé embarazada del niño cambié, me puse de mal humor. Antes, en el segundo embarazo, pensé que debía evitar que fuera hija única, y lo toleré. Pero este último, no. El que haya nacido niño no me ha hecho ilusión. No sé…, quizá porque es hombre, va a ser hombre, mejor dicho. Va a ser como mi marido. Le hemos puesto como él. Usted va a decir que le he tomado antipatía a mi marido. Pero hay cosas de él que no me agradan y tengo razón. Se lo he querido decir, pero no podemos hablar de estas cosas. El ha cambiado también, aunque no quiere reconocerlo. Yo, antes, le veía con ganas de hacer cosas, quería ser más de lo que era, y a mí me gustaba que fuese así. Pero, de pronto, cambió él también. Antes leía algunas cosas… Pues, qué sé yo, tenía libros, los leía, ese de El desafío americano y el Diario del Che y muchos otros, Cien años de soledad. Ahora no lee, dice que está cansado. Pero yo le digo que también antes lo estaría.

—No duermo mal, todo lo contrario. Duermo mucho, y dormiría todavía más. Estaría durmiendo todo el día. Pero tengo que levantarme a preparar las cosas de los niños —mi marido se marcha antes y desayuna en una cafetería— y luego, a veces, me echo otra vez, aunque ya no duermo.

—No sueño mucho, no lo crea usted. O, si sueño, no lo recuerdo. Pensar, sí pienso mucho. Pero es como un lío, no sé en qué pienso. Pienso que todo podría haber sido de otra manera, que qué es lo que va a pasar dentro de unos años. Pienso mucho en todo eso: cuando los niños sean mayores, ¿de qué vamos a hablar nosotros solos? Y yo, ¿voy a seguir estando sola todos los días hasta que él venga? Para eso, mejor es no vivir.

—No se lo he dicho nunca a mi marido, como usted comprenderá. Tuve un novio antes de él y ahora me acuerdo mucho de que a lo mejor con aquel novio todo habría sido distinto. O igual, vaya usted a saber… Pero aquel novio, pues tenía un carácter distinto al mío; pero al menos hablaba, me hacía que me interesara por cosas, lo que pasa es que yo no las entendía. Y al principio ponía una cara como si las entendiera, pero debía notarme que me aburría. Yo imagino que se debió cansar de mí. Yo no estudié más que cultura general en el Sagrado Corazón. Además, entonces era muy escrupulosa. Recuerdo que cuando me besó la primera vez me puso la mano en el pecho y yo le dije que eso no lo consentía. Yo tenía veinte años y siempre que había salido con chicos había tenido mucho éxito, por lo menos eso es lo que pienso, pero ninguno se había sobrepasado. Hoy no pienso que aquello estuviese mal, pero a mí me afectó mucho. Además, no me gustaba demasiado y siempre estaba con la duda de si le quería o no. Como me ponía muy rara, a veces nos pasábamos las horas en las que no hacía más que preguntarme qué era lo que me pasaba, sin que yo quisiera decírselo. Hasta que un día se cansó y no volvió más. Entonces estuve varios días llorando.

—La verdad es que he hablado más de lo que pensaba al principio. Yo creo que nunca había dicho estas cosas. ¿Cree usted que le he exagerado? ¿Piensa usted que no tengo motivos para estar como estoy? Pero también pienso que si esto le ocurre a mucha gente, o toda la gente está mal o sólo yo me preocupo y los demás no. Por eso, a lo mejor no debía haber venido, porque si esto le pasa a todo el mundo, ¿por qué vengo yo y no los demás? A lo mejor es que yo soy de una manera de ser distinta y por eso vengo. De todas formas, yo creo que hablar de esto es conveniente, porque una no sabe de estas cosas y siempre es bueno, por lo menos, confiarse a alguien. Que no se crea una que la rara es una. ¿No cree usted que lo que me pasa a mí es como para no estar bien?

—Bueno, no digo que una tenga que pensar en la felicidad. A mí eso me parece ya una tontería de las que nos metían en el colegio. Pero por lo menos que la vida de una no sea tan triste, que sepa una para qué vive y para qué está en el mundo. Yo pienso que debe haber personas que tienen ilusiones, que esperan hacer cosas, que tienen a quién contárselas… A lo mejor todo eso que digo no es más que una estupidez.