Culpabilizar sistemáticamente al hombre de que un día hayamos pasado a engrosar el número de madres solteras no es justo ni objetivo.

Otra cosa muy distinta es la responsabilidad que tiene el hombre respecto al hijo cuando la mujer, sabiendo que está embarazada, decide proseguir la gestación y alumbrar a pesar de que ambos no se unan en matrimonio, a pesar de conocer las dificultades de convertirse en madre soltera.

La decisión que tome la mujer hay que respetarla, aunque decida no abortar. Es su cuerpo. Su vida. Todo va a cambiar con la llegada del bebé. El nuevo ser que hay en su seno no da el mismo tirón al hombre que a la mujer, porque el hombre no va a experimentar ningún cambio hormonal, psicológico, emocional ni físico. Por su naturaleza masculina, no participa en el embarazo, ni el parto, ni el amamantamiento, ni siente el mismo cariño ni deseo que la mujer cuando el ginecólogo le confirma la noticia (“estás embarazada”), y ella, que ya lo sabía o lo intuía, había tomado bastante antes una decisión (“voy a ser madre”).

Si hablamos de violación, la cuestión es distinta. Probablemente ella querrá abortar, si el aborto está regulado en su país o se contempla la interrupción del embarazo cuando concurre esta grave circunstancia. O abortará clandestinamente, sin garantías para su salud física. O viajará para abortar en otro país, sin denunciar la violación, para que la Iglesia católica o los representantes de su religión no movilicen a las asociaciones provida y le organicen una campaña de descrédito.

Así las cosas, cabe preguntarse: ¿qué pasó para que la mujer quedara embarazada?

¿Él la convenció de que no pasaría nada si eyaculaba fuera?

— Mal.

— ¿Ella no se atrevió a exigirle que se colocara un condón, por temor a que la rechazara?

— Ante esta situación, no debemos cortarnos. Un condón para no quedar preñada, un condón para evitar contagiarnos con una enfermedad de transmisión sexual.

— ¿Desconfías de mí?, preguntan algunos hombres, resistiéndose a usar el preservativo.

— Pues sí.

— ¿Ella no utilizaba un método anticonceptivo femenino ni él llevaba un condón y decidieron alegremente saltarse las normas y disfrutar del sexo y el amor?

— Están jugando con fuego.

— ¿Su nivel de conciencia era muy bajo porque estaban bajo los efectos de drogas y alcohol?

— Cuando se suman demasiados problemas, viene el derrumbe.

Hay que prevenir el embarazo cuando no se desea y cuando las posibilidades de formar una pareja con el padre del futuro hijo son mínimas o nulas. Sin embargo, cuando el test del embarazo da positivo, empieza un período de reflexión, de tomar una decisión sumamente delicada. Ahí el hombre acostumbra a eludir protagonismo. Para él resulta muy fácil pedir que ella aborte. En sus órganos reproductivos sólo lleva semen, no a un ser que tiene atributos de los dos progenitores.

A veces se da la circunstancia de que el hombre quiere emparejarse con la mujer y ella se niega. Una cosa es hacer un viaje de placer, tener una aventurilla, disfrutar de nuevas experiencias con un hombre, y otra muy distinta formar pareja y proyectar una convivencia. A la mujer le asalta el pánico.

A veces se da la circunstancia de que uno de los dos es extranjero y volverá a su país. Ninguno de los dos está dispuesto a cambiar de residencia, de amistades, dejar el trabajo y la familia y adaptarse a otro idioma, otras costumbres y otra familia.

A veces se da la circunstancia de que el padre del bebé quiere colaborar económicamente y que éste lleve sus apellidos, pero la mujer, ante una relación poco consistente, niega al padre biológico la manutención y el apellido. El miedo a que el padre le exija un régimen de visitas, y se lleve al hijo la mitad de las vacaciones, y le pueda reclamar ante el juzgado compartir u obtener la patria potestad, le produce escalofríos. La desconfianza es un sujeto que a veces hace estragos entre las madres solteras y ante el derecho de los hijos a tener contacto con su padre.

Existen unas circunstancias que acostumbran a terminar mal: cuando la mujer queda embarazada adrede, con la intención de solidificar una relación, de retener a un hombre. Estos actos casi siempre conducen al fracaso. Generan frustración por ambas partes.

Existen unas circunstancias que acostumbran a terminar mal: cuando el padre biológico es un hombre casado. Éste teme que la confesión de la existencia de un hijo extramatrimonial ocasione, más que una ruptura matrimonial, una relación tensa con su mujer y sus hijos, aunque este hecho sucediera en su juventud. El hombre solamente procura por su familia. El hijo que nace fuera del matrimonio no tiene los mismos derechos ni las mismas oportunidades que los hijos reconocidos. Es la verdad. La madre soltera tiene que saber que las relaciones amorosas con un hombre casado sólo la harán sufrir. Ella siempre será su amante. Y su hijo un descendiente de tercera categoría.

Existen unas circunstancias que acostumbran a terminar mal: cuando el embarazo se produce sin que los dos lo hubieran programado antes. Léase embarazo no deseado. Él acostumbra a huir. Ella recurre a la interrupción de la gestación o decide convertirse en madre soltera.

El armario de los silencios

La mujer que va a ser madre tiende a proyectar su hogar según sus posibilidades y sentimientos. La maternidad es integradora y busca seguridades: arroparse para pasar el invierno. Crear un nido. Rodearse de barreras para proteger el hogar.

Pero la resistencia que necesita la mujer para aguantar tal situación la fortalece. Y la fortaleza puede que la lleve a borrar de su mente aquello que le duele del pasado: el silencio interior, espantoso, sobre lo que fue y después no pudo ser; su soledad física y afectiva; la soledad de madre e hijo. En muchas casas el armario del silencio es casi tan grande como los otros armarios juntos. A menudo el niño o la niña de la madre soltera tienen prohibido abrirlo. Se deja para mañana. Para otro día no muy lejano. “Para cuando seas mayor”.

El silencio, un enemigo

Los silencios duelen, la falta de transparencia hiere en cualquier circunstancia: madre e hijo, pareja, hermanos, amigos, familiares, etc. Ocultar la verdad sólo acarrea confusión y rabia.

Si existió un padre, el hijo debe saberlo. Hay que saciar sus dudas desde la más tierna infancia. Darle explicaciones, adecuadas a su edad y madurez. Son los derechos del hijo, aunque no estén regulados por ley.

Las necesidades de la madre son unas, pero las del hijo son otras, más importantes si cabe, y hay que satisfacerlas para ayudarle a comprender qué paso entre su madre y su padre biológico. Las cosas claras y el chocolate espeso, que dice el refrán.

Si un día el hijo o hija quiere conocer al padre biológico, hay que impedir que inicie su búsqueda en solitario. No tiene edad para cosas tan amargas de la vida. El deber moral de la madre es facilitar el encuentro entre ambos. Resulta oportuno que una persona de la familia u otra persona autorizada actúe de mediadora.

Si el encuentro, por expreso deseo del padre, no se produce, habrá que esperar a una mejor ocasión. Nunca cerrar la puerta a la esperanza que el hijo encuentre sus raíces.

Por el contrario, si el padre biológico está dispuesto a conocer a su hijo, hay que preparar a éste para la ocasión. Explicarle con tacto que al primer instante no va a sentir nada, que el señor en cuestión le parecerá más desconocido que cualquier otro desconocido. Si quiere preguntar sobre los motivos de su abandono, que vaya directo al grano. Si quiere hacerle reproches, que se los haga. Está en su derecho.

Por el bien de nuestros hijos, no pongamos trabas a su búsqueda de la verdad.