Azar Nafisi ha escrito sobre el Irán que los ayatolás convirtieron en una tiranía islámica y también sobre su propia vida en una familia acomodada que no era lo que parecía. Su valentía le creó tantos problemas que debió abandonar su país, pero su voz es ahora la de una persona que puede analizar en profundidad tanto lo que significa el radicalismo islámico como el papel de la mujer en el mundo actual.

Azar Nasfisi.

Azar Nasfisi.

Transcripción de la entrevista publicada por La Vanguardia en su magazinedigital con fecha 20 de junio de 2010.

Por Ima Sanchís

Hay muchas realidades, y esta mujer elegante, triste y frágil es la suma de muchas contradicciones. Hija de la burguesía iraní, de su refinamiento e hipocresía: “Ayudaba a mi padre a elegir los regalos adecuados, primero para mi madre y después para las mujeres de las que se enamoró. Viví atrapada por las invenciones que nuestros padres nos contaban, sobre sí mismos y sobre los demás. Ambos querían que juzgáramos al otro a su favor”. E hija de un país que ha podido contemplar con la distancia que otorga educarse en Suiza, el Reino Unido y Estados Unidos.

Un país que a principios del siglo XX estaba gobernado por una monarquía absolutista sometida a férreas leyes religiosas que autorizaban la lapidación, la poligamia y el matrimonio de niñas de nueve años. Leyes contra las que la sociedad acabó por rebelarse dando lugar al Irán moderno.

“Cuando yo era pequeña, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, dábamos por supuestos nuestros libros y nuestra educación y las fiestas y las películas.” Pero todo eso cambió cuando Nafisi tuvo a su hija, testigo del regreso de las mismas leyes que habían sido abolidas en tiempos de su bisabuela.

Azar Nafisi (Teherán, 1955) dejó Irán a los 13 años para educarse en Europa y Estados Unidos y volvió a su país en 1979, en plena revolución de Jomeini, para impartir clases de Literatura Inglesa en la universidad. Fue entonces cuando comenzó a escribir una lista en su diario titulada Cosas que he callado. “En ella escribí: Enamorarme en Teherán. Ir a fiestas en Teherán. Ver a los Hermanos Marx en Teherán. Leer Lolita en Teherán. Escribí sobre las leyes represoras y las ejecuciones, sobre abominaciones públicas y políticas.” Y con el tiempo acabó escribiendo dos novelas sobre sus propias experiencias. Leer ‘Lolita’ en Teherán (traducida a 19 lenguas) narra las reuniones en su casa –cuando fue expulsada de la universidad en 1981 por negarse a llevar el velo– con un grupo de siete de sus ex alumnas con las que leyó durante dos años los libros prohibidos. En Cosas que he callado, cuenta su propia historia y la de su familia, y hablar sobre ello le turba.

Las leyes que se abolieron en la época de su abuela y de su madre volvieron a implantarse con su hija.
Esta es la tragedia de la República Islámica. Las mujeres de la generación de mi madre y de mi abuela lucharon y conquistaron derechos que luego a mi hija le han sido denegados. Pero lo bueno acerca de esto es que mi hija tiene la historia a la que referirse, sabe que su abuela tuvo ciertas libertades; las jóvenes iraníes toman a sus abuelas como modelo para luchar contra estas leyes represoras.

Hable de aquella primera revolución.
La revolución constitucional (1905) tuvo lugar alrededor de la época en la que nacieron mis abuelos. Fue la primera revolución democrática en la región. Trajo consigo el pluralismo y una mayor transparencia; las mujeres participaron en esa revolución, en la que se plantaron muchas de las semillas de su activismo. Inició el camino para un Irán más abierto y más moderno.

El sha también reprimió a las mujeres.
Creo que lo más importante es destacar que las mujeres iraníes no cedieron sus derechos, el gobierno intentó arrebatárselos, pero las mujeres se resistieron. Fueron a la universidad, aparecieron en público, lucharon e intentaron cambiar las leyes. Por eso, hoy en día las mujeres están a la cabeza de la lucha por la democracia en Irán.

Cuando se produjo la revolución islámica de 1979, ¿Irán era un país moderno?
Sí, en el que las mujeres participaban activamente en la vida pública. Tuvimos dos ministras, una era ministra de Asuntos de la Mujer. Mi propia madre estuvo entre las primeras mujeres en entrar en el Parlamento. La revolución, en vez de abrir los espacios políticos y promover los derechos políticos que la gente exigía, constituyó una regresión que acabó con los derechos de las mujeres, de las minorías y de todos los ciudadanos iraníes.

Entonces ha debido de ser un camino muy doloroso.
Desde su primer día de escuela, mi hija tuvo que vestir el velo obligatorio; las leyes relacionadas con la custodia de las mujeres sobre sus hijos les fueron arrebatadas, y se les prohibió la posibilidad de ser jueces; todo cambió. La edad legal para casarse se redujo de los 18 años a los 9 para las mujeres. Mientras que los hombres podían tener todas las mujeres que quisieran durante lo que se llama matrimonio temporal, las mujeres podían ser condenadas a la pena de muerte por prostitución, y tanto hombres como mujeres por adulterio. Si mi hija no obedecía las leyes relacionadas con su aspecto físico, si iba a fiestas mixtas, si se maquillaba o si se la veía en algún lugar público con un hombre que no fuera su padre, hermano o marido, podía ser llevada a prisión y condenada. Diría que la mayoría de los derechos que consiguieron tres generaciones, empezando por la de mi abuela, se perdieron cuando mi hija nació.

El sha intentó arrebatar los derechos a las mujeres, pero éstas se resistieron. Hoy en día las mujeres están a la cabeza de la lucha por la democracia en Irán.

El sha intentó arrebatar los derechos a las mujeres, pero éstas se resistieron. Hoy en día las mujeres están a la cabeza de la lucha por la democracia en Irán.

¿Qué ha aprendido usted de su propia historia?
Vivir en un país como la República Islámica te hace sentir que los que te gobiernan y los que les apoyan se están equivocando y que tú eres la víctima. Y en las relaciones con mi madre a menudo también me sentí víctima. Pero cuando escribes tu historia, te das cuenta de que tuviste la posibilidad de elegir, y también el hecho de escribirla te hace sentir que ya no eres una víctima porque tienes control sobre la realidad, un control que antes no tenía.

¿Qué la marcó tanto?
Mi madre era extremadamente dura, exigente y estricta conmigo. Yo estaba muy cercana a mi padre, que era más comprensivo, me confiaba sus secretos, yo era testigo de sus infidelidades. Pero escribiendo me di cuenta de que me pasé la infancia luchando por la aprobación y la estima de mi madre, yo creía que ella no aprobaba lo que yo era o hacía. Y también hubo un incidente de abusos sexuales que reforzó la incomunicación.

¿Qué ocurrió?
Es horrorosa la indefensión de un niño frente a esos incidentes, pero ocurre demasiadas veces. El hombre que abusó de mí era un personaje muy respetado, del que mi madre siempre alababa sus virtudes. Él, por su parte, siempre le insistía a mi madre que mis faldas eran demasiado cortas.

¿Qué edad tenía usted?
Seis años. Él vino a casa, a Teherán, mis padres se habían ido a una fiesta y yo dormía en la cama de mis padres…


Resulta doloroso recordar estas cosas, es más fácil escribirlo que contarlo. Yo estaba durmiendo y desperté porque alguien respiraba en mi cuello, me apretaba contra él. Yo me mantuve quieta y en silencio, y él… Luego me levanté y él caminó por la habitación, dio varias vueltas antes de marcharse. Me parecía muy irónico que mi madre dijera que no debía hablar con extraños.

¿Se lo llegó a contar a su padre o a su madre?
No, porque en parte te sientes culpable y cuando eres niño te parece que entre todos los adultos hay una especie de conspiración. Lo mostré siendo desagradable con él. No hablé de esto con nadie hasta que años después se lo expliqué a un primo y a mi hermano y descubrí que los niños también sufren abusos sexuales. Fui afortunada de poder hablarlo y escribirlo, algunos de mis estudiantes no pueden, lo narraron en sus trabajos académicos, todavía los conservo.

¿Cuál es su conclusión?
El mayor problema es que los padres no lo aceptan, no quieren aceptarlo. A menudo el abusador es el padre, y la madre no dice nada, por eso creo que hay que hablar de estas cosas y no convertirlas en un tabú, deberíamos crear una atmósfera que permitiera hablar de ello y así poder ofrecer protección.

¿Cómo era el Teherán de su infancia?
Un lugar hermoso. Mis mejores recuerdos son las tiendas de especias, de pieles, de perfumes, de chocolate; los olores, los aromas. Era un lugar muy alegre, lleno de restaurantes en jardines con gente cantando y bailando. No quiero decir que no existiera el Teherán religioso, pero convivían sin problemas. Lo que pasó después es que escondieron los olores y los colores.

¿Nada que ver con el Teherán de ahora?
Las jóvenes se oponen a ser lo que el régimen quiere que sean, y ves por las calles a chicas adolescentes mostrando el cabello, pero la espontaneidad se ha perdido. Si un grupo de mujeres va a un restaurante, debe sentarse en un reservado sólo para ellas, y esto no forma parte de nuestra cultura. En los taxis, hombres y mujeres se mezclan, pero en los autobuses existe la segregación, las mujeres deben sentarse detrás de los hombres. Así que el Teherán de hoy está lleno de contradicciones.

A los 13 años se fue a estudiar a Inglaterra, ¿cómo lo vivió?
Nunca había salido de Teherán, fue muy difícil. Luego seguí mis estudios en Suiza y a los 16 años volví porque mi padre, que era alcalde de Teherán (1960-1963), fue encarcelado durante cuatro años porque no pertenecía a ningún partido político y era difícil sobrevivir sin que nadie te cubriera las espaldas. Él era bastante crítico con la falta de libertades, o sea que en cierto modo se oponía a las políticas del régimen totalitario del sha. Eso le salvó la vida cuando subió Jomeini.

¿A qué edad se casó?
A los 17 años por primera vez. Estaba sola con mi madre, que me lo ponía bastante difícil, ejercía un control desmesurado, escuchaba mis conversaciones telefónicas, leía mi diario y marcaba mi agenda. Yo estaba muy enamorada de un chico iraní, pero mi madre no me dejaba que fuera a su casa, y finalmente escogí a un hombre que no tenía nada que ver conmigo, de familia militar, que le gustaba a mi madre y nada a mi padre.

Se fue a Estados Unidos con él, a Oklahoma.
Sí, y por fortuna mis padres insistieron en que siguiera estudiando. Creo que la experiencia de ese matrimonio fue peor que los abusos que sufrí cuando era niña, porque de lo que me ocurrió entonces no me siento avergonzada, pero sí de haber escogido a ese hombre.

¿Por qué?
No lo amaba, había traicionado mis ideales: casarme con un hombre que me comprendiera y al que amara. Descubrí que él había vivido durante cuatro años con una norteamericana, pero para casarse quería una virgen; le perdí todo el respeto. Esperé dos años para divorciarme, hasta que mi padre fue absuelto y salió de la cárcel.

Han sido muy importantes sus padres para usted.
Eran dos personas muy fuertes, siempre se estaban peleando, y me convirtieron en su juez, estaba en medio de las infidelidades de mi padre y las exigencias de perfección de mi madre: no bastaba con que sacara buenas notas, mi pelo debía estar perfecto, mis uñas. Mi padre acabó por abandonarla.

¿Qué aprendió de esa convivencia?
Que todos cometemos errores y que nos queremos los unos a los otros no por ser perfectos.

Calendula
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