Las mujeres deben exigir la derogación de leyes como la prohibición de acceso a las mezquitas.

Transcripción del artículo publicado por el digital El Periódico con fecha 14 de junio de 2010.

Juan José Tamayo, filósofo y teólogo

Juan José Tamayo.

Juan José Tamayo.

En el marco de la 1ª Feria Musulmana en España, celebrada del 18 al 21 de febrero de este año en el emblemático barrio madrileño de Lavapiés, uno de los espacios cívicos más interculturales, interreligiosos e interétnicos españoles, tuvo lugar un congreso sobre el liderazgo de la mujer musulmana, en el que participaron mujeres musulmanas protagonistas en sus propias comunidades y en la sociedad.

Todas ellas coincidieron en que nada hay en los textos de fundación del Islam, sobre todo en el Corán, que prohíba el liderazgo de las mujeres en las instituciones religiosas musulmanas y en la vida cultural, política y social. Todo lo contrario. Los textos apuntan a su protagonismo en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: ciencia, política, economía, etcétera.

Así lo confirma la historia, al menos en los primeros siglos, los de Islam fundacional. Una historia que, a decir verdad, se interrumpe muy pronto y que avanza por la senda de la discriminación de las mujeres, la reclusión en la esfera doméstica, la sumisión al varón, la dependencia de los imanes y la invisibilidad religiosa y política.

Me parece necesario –más aún, fundamental– promover dicho liderazgo tanto dentro de las comunidades musulmana como en la sociedad. Primero, en las propias comunidades, la mayoría de ellas lideradas, dominadas y controladas por los varones y sin papel activo alguno de las mujeres. ¿Cómo?

– A través de la presidencia de la oración comunitaria en las mezquitas o en otros lugares, como ha hecho en repetidas ocasiones (Barcelona, Estados Unidos) la teóloga norteamericana Amina Wadud.

– Por medio de la interpretación de los textos sagrados desde la perspectiva de género, del acceso al estudio y la docencia de la teología, del acceso a los estudios jurídicos y al ejercicio de la abogacía, etcétera.

– A través de la creación de movimientos y asociaciones de mujeres musulmanas que reivindiquen la igualdad con los creyentes varones, asuman responsabilidades y sean protagonistas en la marcha de las comunidades.

– Reclamar la derogación de leyes y prácticas discriminatorias para con las mujeres, como la prohibición del acceso de las mujeres a las mezquitas o su ocultación tras las celosías.

Con prácticas transgresoras de este tipo, las mujeres irán asumiendo funciones directivas, adquirirán visibilidad e irán superando las situaciones de exclusión en el entorno de lo sagrado, al que tienen derecho a acceder en igualdad de condiciones y con los mismos derechos que los varones.

Las mujeres musulmanas deben empoderarse igualmente en la esfera política y social. Para ello, no pueden quedarse recluidas en el espacio religioso. Necesitan salir de las instituciones musulmanas, del cerco doméstico en el que las han encerrado una organización jerárquico-patriarcal y una interpretación androcéntrica del Corán, ajena a la práctica y al espíritu originario del Islam. Han de dar el salto a la esfera pública sin complejos, pero no como comparsa, sino como ciudadanas, como sujetos políticos, como protagonistas. Están llamadas a participar en el ágora, en la vida política, en el debate ético.

Dentro del Islam hay un fuerte movimiento organizado de mujeres y un pujante pensamiento feminista que están haciendo importantes avances y logrando no pocas conquistas en lo que a la igualdad y a los derechos de las mujeres se refiere. Existe, igualmente, una pujante corriente de pensamiento feminista. La profesora iraní Valentine Moghadam entiende el feminismo islámico como «un movimiento reformista centrado en el Corán, realizado por mujeres musulmanas dotadas del conocimiento lingüístico y teórico necesario para desafiar las interpretaciones patriarcales y ofrecer lecturas alternativas en pos de la mejora de la situación de las mujeres, al mismo tiempo como refutación de los estereotipos occidentales y de la ortodoxia islamista».

Se aprecia, con todo, un recelo mutuo entre el feminismo occidental y el feminismo islámico. ¿Está justificado? Es posible que sí, y por ambas partes. ¿Es insuperable? Por supuesto que no. Yo creo que ambos feminismos tienen que renunciar a sus respectivas resistencias, deben dialogar, superar el clima de sospecha y, sin desconocer las diferencias, trabajar juntos por la emancipación de las mujeres. Yo creo que es posible y necesario insertar el feminismo islámico dentro del movimiento feminista global. A su vez, el feminismo islámico y el feminismo cristiano, ubicados dentro del feminismo global, deben desenmascarar y combatir, en palabras de Nareyev Tohidi, «la alianza religiosa conservadora islamo-cristiana contra los derechos de las mujeres», tal como se materializó en la 4ª Conferencia Mundial de las Mujeres, celebrada en Pekín en 1995, y en las posteriores conferencias mundiales sobre pobreza, población, mujeres y desarrollo.

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