Las petites bonnes (pequeñas criadas) son niñas que trabajan como esclavas en el servicio doméstico en Marruecos. Niñas con jornadas de 14 a 16 horas. En la familia donde viven, son las primeras en levantarse y las últimas en acostarse. Alejadas de sus familiares, conocen los gritos, los golpes y el desprecio. Nadie les habla, nadie les escucha. No tienen derecho a la infancia. 66.000 niñas se hallan en esta situación.

Portada de la revista Tierra de hombres

“66.000 niñas marroquíes que desde la tierna infancia se convierten en Cenicientas cuya historia, probablemente, no terminará con un príncipe azul. Son las petites bonnes, niñas, mayoritariamente de las áreas rurales de Marruecos, que desde muy temprana edad, a veces desde los 7 años, trabajan como criadas en hogares acomodados de las grandes ciudades de aquel país”.

La historia que vamos a reproducir está sacada del libro Bajo techo ajeno, editado por la ONG Save The Children en 2006.

KHADIJA

Khadija se despertó con una fuerte contracción. Había llegado. Se envolvió en la manta y salió a la calle, inspirando, espirando y abrazando la barriga.

No había absolutamente nadie, era plena madrugada. La casa de la partera quedaba a unas tres calles. Qué suerte había tenido en conocer a esa mujer. Y qué suerte que viviese tan cerca de esa habitación sórdida donde Khadija ahora dormía.

Apenas había recorrido media calle, tuvo otra contracción. Se sentó en el suelo, no aguantaba de pie. Cuando pasó, se levantó un poco mareada y siguió caminando, la siguiente le vino cuando ya estaba en la puerta de la casa de la partera, quien al oírla se asomó a la ventana.

“¡Mujer!” –La partera cruzó rápido la puerta y la sostuvo con manos firmes– “Ven, pasa, pasa.”

La acostó en la cama y se puso a calentar agua, mucha agua. Khadija estaba sorprendentemente serena.

“¿Cuánto hace que empezaron las contracciones?”

“No mucho, tuve una y ya sabía que era la hora, entonces me vine directamente para acá, tuve otra contracción en el camino, y luego aquí, cuando me viste” –Khadija cogió aire–. “Gracias por ayudarme, Zahra, de verdad, gracias.”

“No me agradezcas ahora, hija, concéntrate en la respiración, ese crío no tardará.”

Y no tardó. Veinte minutos después, Khadija tenía en sus brazos a una hermosa niña recién nacida.

Las dos lloraban.

Cuando Khadija se despertó al día siguiente, Zahra le había preparado té y pan.

“Eres un ángel, Zahra. No sé como agradecerte. Estoy totalmente sola, si no fuera por ti…”

“Yo sé qué es ser madre soltera, hija mía. Y tú has sido muy, muy valiente. ¿Cómo se llamará la niña?”

Khadija no había decidido ningún nombre. En ese momento lo supo.

“Zahra, como tú. ¡Es un nombre tan bonito!”

La partera la miró profundamente a los ojos, miró a la niña con un suspiro largo.

“Gracias.”

Khadija tomó el té, comió el pan, le dio de comer a la pequeña Zahra, que tenía un apetito voraz, y volvió a dormir.

Al despertarse, vio a Zahra con el bebé en brazos.

“Es muy tranquila esta niña. Casi no llora” –Zahra le pasó la pequeña a la madre–. “Toma, tiene hambre.”

“Es tan linda mi niña.”

Estuvieron varios minutos en silencio, las tres hipnotizadas por el acto de amamantar. Luego la niña se durmió, Zahra se puso a hacer labores de casa. Khadija estaba muy despierta ahora.

“Yo ya tuve que cuidar a bebés, cuando era pequeña, pero no eran como mi Zahra, gimoteaban mucho y no había como pararles… Lo que más miedo me daba era que la señora de la casa, la madre de los bebés, me decía que si lloraban era porque yo les debía de haber pegado… Me daba terror cada vez que lloriqueaban” –se le hizo un nudo en la garganta, pero aguantó–. “Me dejaban encerrada en la casa con los bebés y si cuando volvían estaban berreando, me pegaban.”

Zahra no se sorprendió.

“¿Tú trabajabas en esa casa?”

“Sí. Desde pequeña fui ‘petite bonne’. Pero mi hija no lo será. No sé como lo haré, pero a esta niña siempre la tendré cerca de mí.”

“¿Cuántos años tienes ahora?”

“Tengo 17. Cumplo 18 en…” –empezó a contar con los dedos– “Cinco meses.”

“Y tus padres, ¿dónde están?”

“En el pueblo. En Chicoua, queda en las montañas, entre Agadir y Marrakech. Mis padres me quieren mucho, pero no puedo volver con un crío. Tú sabes como es, estas cosas no se aceptan fácilmente…”

Zahra asintió con la cabeza, resignada. Khadija siguió hablando, hacía mucho que nadie la escuchaba.

“Mis padres siempre han sido buenos conmigo. No querían que trabajara, incluso empecé a ir a la escuela de pequeñita, fui durante un año. Pero somos pobres, era muy difícil pagar los gastos, así que tuve que trabajar. Mis padres conocían a una mujer que vivía en la ciudad y necesitaba a alguien, entonces me enviaron ahí. Yo lloré mucho pero entendí, lo necesitábamos, no teníamos dinero. Y a la ciudad me fui. Trabajaba tanto que en las manos se me hicieron grietas, pero al menos no me maltrataban, no me insultaban o pegaban como esos otros que vinieron después…”

“Yo sé cómo es. Conozco a muchas niñas como tú. Si tienes buenos patrones, puedes estar más o menos bien, pero si no… Y hay muchos que no, no sé qué piensan, que no sois seres humanos” –Zahra sacudía la cabeza, mientras barría–. “¿Y por qué te fuiste de esa casa?”

“Porque pasó algo muy bueno, la situación de mi familia mejoró un poquito, entonces mi padre me dijo que ya no necesitaba ir a trabajar, que podría volver al pueblo y estudiar. Pero la escuela ya no me aceptó de vuelta, porque yo había estado fuera mucho tiempo. Eso fue horrible. Así que no tenía nada que hacer en el pueblo, también era imposible que me enviaran a estudiar en la ciudad, imposible, demasiado caro. ¡La vida en el pueblo es tan difícil! Así que decidí volver a trabajar.”

Zahra la escuchaba atenta.

“Y fue ahí cuando tuve mucha mala suerte y me tocó esa casa donde había los bebés, ese lugar fue muy duro. Me trataban como basura, me hacían trabajar tanto que enfermaba siempre, y nunca me daban medicinas o me dejaban reposar. Ni de noche descansaba, porque dormía con los bebés, y se despertaban a cada rato. Tampoco me pagaban, siempre iban retrasados en pagarme, para tenerme enganchada, pensaban que así nunca me escaparía. Pero me fui igual. Una vez que pude volver al pueblo para las fiestas, no regresé jamás a esa casa. Me debían un montón de dinero pero no volví. Dije a mis padres que me habían maltratado, a ellos no les gustó nada oír eso, pero qué podían hacer. Entonces me buscaron otra casa, y fue esa casa donde estuve hasta hace… Siete meses.”

Khadija se quedó estática, mirando a la niña que dormía. Luego bajó los ojos, la voz le salió entrecortada.

“Al principio en esa casa tampoco estaba tan mal, lo de siempre, mucho trabajo… Pero el señor, el dueño de la casa tenía un amigo que venía siempre… Y yo veía que me miraba de una manera que me daba escalofríos… Se me acercaba, y yo no podía hacer nada, nada…” –Khadija se puso a llorar profusamente.

Zahra se acercó y le apoyó las manos sobre el hombro. Tenía manos gruesas y calientes, manos de una mujer que sabe muchas cosas.

“Al principio sentí rabia, ¡tanta rabia! Lloraba sola, en el cubículo donde dormía, no quería ese bebé dentro de mí, sentía que no era mío. No tenía con quien hablar, no sabía qué hacer. Me desesperé. Me escapé de la casa antes de que se empezara a notar, y me vine aquí, con las monedas que tenía. Alquilé esa habitación minúscula en la pensión, ahí donde nos conocimos, a cambio de cocinar y trabajar para la dueña. Estaba como inerte, sin sentir nada, sin ánimo para nada. Pero de pronto empecé a querer a esta vida dentro de mi barriga, la quería cada vez más. Y ahora mira esa niña lo que es. No sé como puede ser así, tan linda.”

Zahra se había sentado en el borde de la cama, le cogió la mano, Khadija sollozó mucho tiempo hasta que se calmó. Zahra le trajo otro té.

“Tú has sufrido mucho ya, y ya sabes lo que te espera. No hace falta que te lo diga nadie. Pero al menos tienes una familia, seguro que están muy preocupados, preguntándose dónde estás. ¿Por qué no les buscas? Por supuesto les costará aceptaros, a ti y a tu Zahra. Pero quizás de acojan, o te ayuden. No te quedes aquí, sola.”

“Quizás tengas razón, pero es tan difícil volver así… Tan difícil… No sé. No sé qué será de mi vida, sólo que a esta niña, la tendré siempre cerca de mí.”

La pequeña Zahra se despertó: tenía hambre otra vez.

Foto: portada de la revista “Tierra de hombres”