Ha llegado a la web el comentario de una lectora, mujer casada, con hijos, que trabaja, tiene buen sexo con su marido, ambos administran bien los ingresos económicos… Una familia feliz, o cuando menos una familia en armonía.

Pero… a los pocos años de matrimonio él ya tiene una aventura, o una amante con la cual se ve “de vez en cuando”. ¿Sólo de vez en cuando? ¿Será que no tiene tiempo o acaso se siente culpable de volver a los escarceos amorosos, como en tiempos de soltero, que volaba de flor en flor, y ahora es consciente de que, si su esposa se entera, puede echar al traste su querida familia, la familia que le da seguridad y estabilidad?

Paseo junto al mar.

Paseo junto al mar.

Retener al marido

Las mujeres enamoradas, encantadas de tener una familia, que adoran a sus hijos, y trabajan y se educan…, creen que con eso ya basta para tener al marido bien custodiado. Es pura ilusión. La naturaleza del macho humano es ésta: si tiene una esposa, desearía tener un harén. Si tiene un harén, está pendiente de tantas mujeres como le gustaría atraer hacia sí… Es un no parar.

“No por el mero hecho de no ser envidiosa, vas a impedir que los demás te envidien”. O bien: “No porque no critiques a las demás mujeres, éstas dejarán de criticarte a ti”. La vida va por otros derroteros, sin que puedas controlar o establecer cómo deseas que te traten. Más bien hay que fortalecerse ante tales ataques y saber decir sí cuando quieras decir sí, decir no cuando quieras decir no, o dar un zarpazo para que el otro o la otra se den por enterados de cuál es tu espacio y cómo deseas ser tratada. Algo similar le ocurre a la esposa: aunque cree el ambiente adecuado en el hogar, el marido tendrá aventuras, y amantes, y sexo con prostitutas… Cada hombre es distinto, pero hay una mayoría cuyo principal foco de atención son las mujeres.

Ni todopoderosas ni controladoras

Dejemos las mujeres de intentar ser “todopoderosas”. Y dejemos de querer controlarlo todo. Ahí radica nuestra equivocación. Craso error.

Probablemente, si no estuviéramos tan pendientes de los hijos, y de la organización del hogar, y del colegio, y del trabajo, y de la familia propia y la de él, y la peluquería, y la decoración de la casa, y la lavadora y la plancha, nos pasaría lo que a los hombres, que sólo tienen un motivo principal de preocupación: el trabajo. Y poca cosa más. Así es fácil vivir todo el año, como si, prácticamente, estuvieras de vacaciones (por la falta de preocupaciones), y que la ausencia del hogar apenas se note, porque siempre está la esposa dispuesta a suplirte si tú, el marido, que eres el ser más importante del hogar (aunque se diga que son los niños) le dices: “saldré tarde del trabajo”, “hay una reunión que me espera y llegaré tarde”, “este fin de semana tengo un compromiso que no puedo eludir”… La ausencia del marido casi pasa desapercibida. ¿Quién se atreve a contradecirle? ¿Cuántas veces lo has intentado y después te ha hecho sentir culpable? “No tires tanto de la cuerda”, te aconsejará tu madre, “que al final se rompe”. Siempre pende de un hilo la amenaza de que si te quejas, él te va a abandonar. Y al final te abandona igualmente, porque la vida es un espacio lúdico que sólo se vive una vez.

Dejar de ser perfectas

Debemos dejar de controlarlo todo, de estresarnos por ser perfectas. Si lo nuestro son los hijos, pues nos preocupamos de los hijos y nos hacemos las débiles con las demás tareas. Sería fantástico atender a los niños en sus juegos al salir de clase, llevarles al parque o preparar un trabajo escolar en la biblioteca, con la seguridad de que cuando lleguemos a casa estará todo bien organizado. Madre, significa madre, y de eso sabemos mucho. Todo lo demás son tareas que nos han cargado a los hombros en el devenir de los siglos.

De este modo, si sólo o casi exclusivamente nos ocupáramos de los hijos, llegado el día de la separación o el divorcio apenas habría reproches. A la hora de hacer balance, habríamos dado la misma cantidad que después recibiríamos. Sucede que, en la actualidad, la mujer se lamenta y se queja de que “después de lo que he trabajado para mantener el hogar y la prole, y ahora que los hijos ya se han independizado y podríamos llevar una apacible vida con mi marido, éste me abandona y se va a vivir con una chica veinte años más joven”.

El timo de ser esposa y madre

Cuando llega el divorcio, la esposa siente que la han timado. Un engaño en toda regla. En su casa y la sociedad entera la prepararon para este batacazo, pero sin que se lo contasen. Ella esperaba recibir el mismo porcentaje de dedicación que había aportado al hogar, pero resulta que al final de la cuenta los números estaban en rojo. En negativo. “No puede ser”, se lamenta. “Yo aporté un gran capital”.

Nadie te enseñó que lo que das tienes que entenderlo como un regalo, algo que se ofrece gratuitamente. Si te excedes en dar, no esperes recibir la misma cantidad o en la misma proporción. El amor va por otros caminos, no entiende de sumas ni restas. Cada cual da lo que quiere o lo que le solicitan y acepta. Cuando se acaba el amor, o alguien de la pareja se enamora y desea cortar la vida en común, no tiene apenas ningún peso el sacrificio que hayas invertido en la empresa de tipo familiar, el hogar, la pareja y los hijos. Todo se queda en casi nada, en algo del pasado.

En la puerta del juzgado oirás decir a tu ex: “Yo no se lo pedí. Creí que era lo que ella deseaba. Nunca lo hablamos. Dimos por sentado que ella se ocupaba de todo y yo sólo ayudaba”.

Calendula
calendula@yosoymadresoltera.org