Vamos a protestar por la falta de jardines.

Siempre que somos generosas, que damos parte de nuestros conocimientos o nuestro tiempo, nos sentimos satisfechas. Nos proporciona felicidad.

Cada una de nosotras, madres solteras, tenemos unas capacidades. Algo que nos distingue de las demás. Ese punto mágico nos viene dado desde que nacemos o bien lo adquirimos por el trabajo y el estudio. Por ejemplo, una señora que es pastelera, o abogada, o trabaja en una empresa de gas y electricidad. O bien es hábil manualmente, o tiene aptitudes para liderar y organizar, o bien tiene sensibilidad para cuidar enfermos.

La generosidad es nuestro equipaje

Es importante lo que damos y lo que recibimos… pero sobre todo lo que APRENDEMOS durante nuestros actos de generosidad.

No vale mucho que nuestras acciones sean individuales, que nadie se entere. Camino equivocado.

Hay que trabajar con otras personas, codo con codo, en organizaciones, entidades, partidos políticos, plataformas cívicas, etc., que tienen por finalidad aumentar el nivel de satisfacción y de justicia de la sociedad. Pertenecer a una o más organizaciones nos mantiene vivas, con la mente abierta; aprendemos a decidir, a escuchar otros pareceres, a conocer distintos aspectos de nuestra compleja sociedad actual.

En consecuencia, nos volveremos mujeres más competentes, más seguras, con más recursos para alimentar nuestro interior, la espiritualidad tan necesaria para ser motor de nuestras ilusiones y expectativas de vida plena. Así, cuando se llegue a una residencia,  estaremos preparadas para crear grupos, organizar juegos, programar lecturas… Seremos seres sociables desde todos los puntos de vista.

Las residencias de mayores no tendrían que ser un destino final, un aparcamiento, aunque la mayoría sí lo son. Están concebidas como un negocio y por consiguiente el factor humano no es su finalidad última.

Hay que cambiar las residencias de la tercera edad
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