Los casos de abuso sexual de menores por representantes de distintas religiones  (anglicanos, católicos, protestantes, judíos, musulmanes) vienen de antiguo, pero no es hasta finales del siglo XX que los medios de comunicación los dan a conocer ampliamente. Concretamente de la Iglesia Católica. Se calcula en 100.000 el número de víctimas de abusos sexuales perpetrados por sacerdotes católicos sólo en Estados Unidos. Un 80% de estas víctimas nunca lo reconocerán ni lo denunciarán.

La Iglesia ha ocultado el horror del abuso sexual de sus sacerdotes.

La Iglesia ha ocultado el horror del abuso sexual de sus sacerdotes.

Líbranos del mal, el documental dirigido por Amy Berg y estrenado en 2006, se construye con el relato de personas violadas y el testimonio escalofriante, entre otros, del sacerdote O’Grady, que entre 1973 y 1993 violó a cientos de niños y niñas en las parroquias donde estuvo destinado. Su obispo, con el beneplácito del Vaticano, le mandaba a un nuevo destino (parroquia) cuando los feligreses denunciaban sus agresiones, bajo la promesa que no volvería a estar en contacto con niños, cosa que, a sabiendas, falseaba la verdad. Mahony, el eficiente obispo de la diócesis californiana donde ejercía el mencionado sacerdote, fue ascendido al final del proceso judicial a arzobispo y más tarde a cardenal de Los Ángeles. O’Grady fue condenado a 14 años de prisión, pero al cumplir la mitad de la condena le deportaron a Irlanda, donde goza de libertad, recibe una pensión y se pasea por Dublín observando (??) a los niños que juegan en los parques. La Iglesia, con el pago de indemnizaciones a las víctimas y ocultando tanto horror, ha intentado pasar página. Con el tiempo, sólo las víctimas y unos pocos más recordarán que tales fechorías tuvieron lugar durante el papado de Juan Pablo II, que será beatificado próximamente y va para santo si los cristianos honestos y seguidores de Cristo no lo impiden. El actual pontífice Benedicto XVI, antes cardenal Ratzinger, también tuvo sus responsabilidades.

Leemos en la prensa de 2006: “El cura Oliver O’Grady era tan cortés en sus modales y tan tierno con los niños que los feligreses de su parroquia se disputaban su afecto. Le invitaban a cenar y a dormir en sus casas, convencidos de que tener un sacerdote en casa era una bendición divina. Por la noche, cuando todos dormían, O’Grady entraba en las habitaciones de los niños. Violó y sodomizó a cientos de ellos, niños y niñas, incluido un bebé de nueve meses. Su espiral de pederastia y los esfuerzos de la Iglesia católica de Estados Unidos por protegerle a él y a otros como él están recogidos con testimonios turbadores en Líbranos del mal, un documental que aspira a llevarse el Oscar dentro de tres meses.”

Y seguimos leyendo en el mismo artículo periodístico: “fue el cardenal Ratzinger, antes de convertirse en Papa, el que modificó la doctrina canónica para entorpecer cualquier investigación sobre sacerdotes acusados de abusos. Y fue el cardenal Ratzinger, después de convertirse en Papa, el que pidió al presidente de Estados Unidos inmunidad legal frente a una demanda en Tejas que le acusa de conspirar para ocultar delitos de abusos a menores.”

La Curia romana se apropió de la palabra de Dios.
La Curia romana se apropió de la palabra de Dios.

El flagelo de la pederastia católica

La Iglesia, allá donde esté arraigada (poco o mucho), tiene a sus curas para representar a Jesucristo. Esto es un gran error. Una catástrofe. No recuerdo en qué concilio algunos privilegiados se erigieron en portavoces e interpretadores de la palabra de Dios. Según el acuerdo, nadie más que ellos podían ostentar la verdad del Verbo divino: clérigos, obispos, arzobispos, prefectos de la doctrina de la fe, hasta alcanzar a la cabeza máxima: el jefe supremo del Estado del Vaticano. Mucho orgullo y poder político y material para tan poco espíritu cristiano. Con malas artes, pues, el pueblo de Dios, que es el verdadero representante de la divinidad en la Tierra, pasó de señor a siervo. Y así continuamos.

El sacerdote, el fraile y el obispo, los tres cargos que más contacto mantienen con el pueblo, han ejercido y ejercen la pederastia y la pedofilia a sus anchas. Se han erigido en dioses, en seres inmateriales, y el pueblo les ve así. Les confía sus secretos más íntimos; les instituye herederos de pequeñas y grandes fortunas; les confía la enseñanza en la escuela; las actividades juveniles en sus parroquias; los campamentos de verano; y les confía asimismo a niños, niñas y adolescentes para que llenen los seminarios, los conventos, los coros de las congregaciones religiosas… Su poder es inmenso.

Y ante tanto poder: mucho celibato, mucha represión sexual y muy poca expresión de afecto.

¿Quién educó a los curas?

Los niños que entraban (y a buen seguro en algunos países siguen entrando) en el seminario a los 8 ó 10 años fueron abusados, la mayoría de ellos, por los sacerdotes de la institución docente y por obispos que ejercían la caridad cristiana visitando a los enfermitos en sus camas. A las niñas novicias de los conventos también les llegaba la larga mano de la Iglesia. El confesor siempre era un cura.

Los jóvenes del seminario salieron con destino a las parroquias. Allí se dieron de bruces con una ingente cantidad de niños a su merced, que las familias, ingenuamente, les brindaban para que estuvieran en buenas manos y recibiesen la enseñanza. De víctimas, muchos de ellos pasaron a ejercer de abusadores.

“Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos”, escribía el discípulo Mateo (4-13). Ya vemos qué interpretación dieron a estas palabras los intérpretes usurpadores del evangelio.

¿Por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes?

La mujer es el gran ogro de la Iglesia. Satanás. Lucifer. El terror de la Curia romana. No son exageraciones. La Iglesia se resiste a integrar en sus filas a intérpretes de la fe del género mujer. En calidad de usurpadores, luchan para que nadie les obligue a restituir al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Parece como si las mujeres fueran un gran sexo y poco más. Sin inteligencia ni dignidad. ¡Están enfermos!

Sólo la Virgen María tiene un cierto prestigio entre los mandamases. A María Magdalena la impuso Cristo y no les toca otro remedio que aceptarla.

Pintura religiosa. La Virgen y el Niño.
Pintura religiosa. La Virgen y el Niño.

Pederastia religiosa actual

Nada ha cambiado. Sólo las estrategias. La pederastia sigue existiendo. La violación anal y vaginal, el sexo oral y otras penetraciones traumatizan a cualquier niño o adolescente, pero existen otras prácticas que son igualmente abuso sexual y pasan más desapercibidas. Sin ningún género de dudas son abusos sexuales: levantar o quitar la ropa, mirar, obligar a ser mirados, caricias, tocamientos, besos… Ante una agresión sexual hay que presentar una denuncia ante los tribunales de justicia para que se aplique al infractor el derecho penal. Ojo con el entorno religioso.

Madres solteras, muchas de nosotras hemos sufrido el flagelo del abuso sexual. Tenemos que vigilar por nuestros hijos. Que nadie destruya lo que estamos construyendo.

Enlaces relacionados:

LAS NIÑAS HAN SUFRIDO ABUSOS SEXUALES DE LOS CLÉRIGOS. LOS NIÑOS, TAMBIÉN. Pederastia en la Iglesia católica
http://www.yosoymadresoltera.org/las-ninas-han-sufrido-abusos-sexuales-de-los-clerigos-los-ninos-tambien-pederastia-en-la-iglesia-catolica/

Sobre El abuso sexual infantil en el entorno familiar. Madres solteras contra la pederastia, existe una noticia en ese mismo portal. Sólo hay que clicar el enlace.