“En la policía me especialicé en la desactivación de artefactos explosivos. La pólvora me emborracha. Tengo alma de terrorista”.

“He pasado unas duras oposiciones a bombero y, por fin, trabajo en lo que me gusta. Cuando participo en la extinción de un incendio siento una gran excitación. Tengo alma de pirómano”.

Mujer y hombre, pegaditos, como siempre.

Mujer y hombre, pegaditos, como siempre.

Son dos declaraciones escogidas al azar. Sugieren que el control de uno mismo ante una determinada inclinación puede ser beneficioso para sí y para la sociedad en general. Sugieren un cambio de tendencia a nivel individual.

Recientemente unos científicos han descubierto que un 40% de los hombres poseen el gen de la infidelidad. Pues bien, no vamos a hablar de este gen, sino de otros genes, y de otros siglos de educación y de cultura, en los cuales unos seres humanos con mayor fuerza física e interés en guerrear, se hicieron con el control de la sociedad. Actuaron de usurpadores. Las mujeres permanecieron postergadas en el hogar como amas o jefas, gestando, pariendo, encargándose en muchos casos de transportar el agua de las fuentes o manantiales a la casa, cultivando y cosechando las tierras, cuidando de los animales… Un trabajo enorme para unos seres considerados tan débiles.

En este contexto cultural, económico y social se forjó la mentalidad masculina, ahora llamada machista sin tapujos. Siglos y siglos introduciendo en el cerebro del hombre el siguiente mensaje: “la mujer no es humana; puedes usar y abusar de ella porque ha nacido para complacerte y procrear”.

Evidentemente, los hombres intentan ponerse al día ante la revolución de las mujeres. Nadie quedará al margen de esta revolución. Muchos clanes de poder (léase gobiernos, dirigentes religiosos, partidos políticos…) se resisten a ello y retuercen la tuerca para continuar sometiendo a la mujer. Pero las mujeres no tenemos alma de esclavas, como tampoco la tenían las víctimas del tráfico de hombres en distintas épocas de la civilización. Y al fin, cuando los cambios económicos, políticos y sociales se han conjurado para equipararse a los cambios técnicos, las mujeres, con la inestimable ayuda de otros hombres, hemos empezado a resurgir.

Finalmente, los hombres empiezan a escogen compañeras que no sean simples máquinas sumisas, sino con opinión y profesión. Amigas y amantes a la vez. Ejercen de padres a todos los niveles. Pero no les resulta fácil. A nadie le resulta fácil entrar en crisis, renovarse, variar la mentalidad, modificar lo aprendido. A menudo los hombres muestran una dualidad de actos y pensamiento que a las mujeres no nos pasa desapercibido. Comprendemos su significado. Se encuentran al principio del camino de renovación de la mentalidad. Nosotras también estamos cambiando. El esfuerzo es titánico para ambos. Cada periodo de transformación provoca sus víctimas.

Me duele que los hombres se encuentren desorientados, que algunos de sus fundamentos se tambaleen, que entre en crisis su autoridad (ellos la llaman, confusamente, masculinidad). Pero ellos tienen que comprender que las mujeres tenemos aún mucho campo que recorrer. El dolor, por ambas partes, aun no está equilibrado. A mí, particularmente, me siguen doliendo más las mujeres apaleadas diariamente en sus casas, las mujeres que tienen que abandonar sus hogares a causa de los malos tratos, la violencia física y psíquica en las parejas jóvenes que aún no conviven, las mujeres violadas durante y después de las guerras, las niñas que no pueden ir a la escuela porque son niñas, las mujeres que siguen muriendo durante el parto y posparto… Me duele, y nos duele, tanta injusticia y humillación.

Las mujeres hemos sido marcadas a hierro por el machismo. Sin saberlo, sin apenas conciencia de nuestro comportamiento mimético, hablamos como los hombres tradicionales, nos comportamos como ellos, les copiamos, les imitamos, les jaleamos.

No, mujer, no. Tú también tienes que hacer los deberes. La revolución de la mujer ha de servir para algo más que para ocupar el sitio que el hombre está dejando libre. La revolución empieza por uno mismo, por una misma, para que evolucionemos hacia una sociedad donde los derechos humanos se cumplan por igual en cualquier parte. Y donde se exija a los gobiernos menos belicosidad. Ya va siendo hora que exijamos la existencia de organismos internacionales que impidan que determinados gobernantes y círculos de poder actúen impunemente contra los seres humanos que dicen representar.

Cuando cambia el pensamiento, cambia la realidad.

Muchos estamos en ello. Hombre y mujer. ¡Qué suerte!