Carla descubrió hace 25 años quién era -la hija de una desaparecida y un asesinado de la dictadura argentina- y se lo debe, asegura, a dos personas: su abuela, que la buscó por todo el mundo con una sola fotografía suya, y el juez Baltasar Garzón, “el primero que nos escuchó, y provocó que Argentina abriera los ojos y empezase a levantar su historia más negra”.

Carla descubrió quién era realmente gracias a su abuela, que recorrió el mundo con una foto suya, y al magistrado.

Carla descubrió quién era realmente gracias a su abuela, que recorrió el mundo con una foto suya, y al magistrado.

Transcripción de la entrevista publicada en el digital El País con fecha 18 de agosto de 2010.

“Fue como si atacaran algo nuestro”

Natalia Junquera

A los 10 años supo que no se llamaba Gina Amanda Ruffo, sino Carla Rutilo Artés. Que su padre no era el hombre que abusaba sexualmente de ella desde que tenía tres años y que le pegaba palizas “por todo y por nada”, ni su madre aquella mujer que le cambiaba constantemente de aspecto -“me cortaba y me teñía el pelo, me ponía lentillas…”- por razones que ella no podía entender. Carla descubrió hace 25 años quién era -la hija de una desaparecida y un asesinado de la dictadura argentina- y se lo debe, asegura, a dos personas: su abuela, que la buscó por todo el mundo con una sola fotografía suya, y el juez Baltasar Garzón, “el primero que nos escuchó, y provocó que Argentina abriera los ojos y empezase a levantar su historia más negra”.

Por eso, porque está convencida de que Garzón impulsó los juicios a la dictadura militar en Argentina, Carla sintió rabia cuando comenzó “el acoso y derribo” al magistrado y decidió acudir a todos los actos que hubiera en su apoyo. También al que reunió a más de mil personas en la Universidad Complutense, organizado por CC OO y UGT el pasado 13 de abril, y en el que se convirtió en la imagen del día al levantarse entre un mar de gente para lanzar un beso a Cándido Méndez, que acababa de anunciar la presencia de la primera nieta recuperada por las Abuelas de Plaza de Mayo argentinas. “Mi abuela hacía meses que no salía de casa, pero para esto no lo dudó. Cuando empezó lo de [el caso] Gürtel vimos claro que iban a por él. Y fue como si atacaran algo nuestro”, cuenta Carla.

Conoció a Garzón hace 13 años, cuando en Argentina aún estaban vigentes la Ley de Punto Final y la de Obediencia Debida -similares en la práctica a la de amnistía española- que impedían revisar el pasado, y en España un juez quería sacar el horror a la luz. El magistrado llamó a declarar a Carla y a su abuela en el caso contra Adolfo Scilingo -finalmente condenado a 1.084 años de cárcel por 30 asesinatos en los vuelos de la muerte- y para saber más de la Operación Cóndor, sobre la colaboración entre las dictaduras del Cono Sur para la detención y traslado de “subversivos”. Carla y su madre fueron detenidas en Bolivia.

Entonces, como ahora con su intento de investigar los crímenes del franquismo, Garzón fue muy criticado: “Tiene propósitos de figurar”, dijo el presidente argentino Carlos Menem. “Habría que ver si nos ponemos a juzgar nosotros los crímenes cometidos en España durante la época franquista”, añadió.

Carla piensa que si hubiera ocurrido así, si hubiera habido un Garzón argentino para abrir en España el camino al proceso al franquismo, quizá todo hubiera sido diferente. Porque, finalmente, Argentina abolió las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida y empezó a revisar su pasado. Acaba de viajar a Buenos Aires para declarar contra Ruffo, “porque un día Garzón metió mano en este tema y avergonzó al pueblo argentino. Impidió que siguiera quieto, con los asesinos paseando tranquilamente por las calles”, insiste Artés.

Viaja de vuelta a su país para el juicio con el programa de protección de testigos instalado, como casi todos los mecanismos de prevención después de una desgracia. “Hace cuatro o cinco años, el testigo principal del proceso al comisario Etchecolatz fue secuestrado antes de testificar. Aún no ha aparecido. Mucha gente de la Triple A sigue ahí”, asegura Artés.

Su abuela le pidió que no fuera al juicio contra el hombre que le robó su identidad y que probablemente sea el que hizo desaparecer a su madre. “Pero yo quiero ir, mirarle de frente. La última vez que le vi, en la jefatura superior de policía de Buenos Aires, antes de que el juez me presentara a mi abuela, me dijo: ‘No dejes que la vieja bruja te saque sangre’. Quiero que vea que no le tengo miedo, y que no pudo conmigo”.

Carla promete seguir yendo a cualquier acto en defensa de Garzón y apoya la propuesta de la Fundación Saramago para proponerle al Nobel de la Paz: “Sería un bofetón a quienes le han atacado”, dice. “Nuestras vidas están ligadas para siempre. Si le tuviera ahora delante le diría: ‘Tampoco podrán contigo”.

Calendula
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