Las mujeres somos, en general, un cóctel de emociones y sentimientos. No es extraño, pues, que nada nos satisfaga tanto como estar con las amigas y explicarnos, milímetro a milímetro, lo que sentimos en aquel encuentro con Javier, o qué nos sugirió la mirada de Nancy cuando nos cruzamos con ella por la calle, o las indirectas que recibimos de la abuela paterna de nuestros hijos cuando fuimos a su casa… Todo, absolutamente todo, lo vivimos las mujeres como si estuviéramos utilizando la técnica del escáner para diagnosticar qué acontece en nuestra alma y qué puede acontecer en el alma ajena.

Y claro, si la pareja es hombre, no dudemos que lo vamos a abrumar, a desbordar, con nuestro calidoscopio multicolor de emociones y sentimientos, mientras esperamos que él escuche y se implique con la misma pasión que nosotras.

San Nicola. Manos de santo para encontrar novio.

San Nicola. Manos de santo para encontrar novio.

¿Qué nos pasa a las mujeres?

Eso lo discutimos días atrás con otras dos amigas, después de darnos un atracón de arroz chino y de contarnos cuán inseguras nos sentimos cuando nos ilusionamos con un hombre. Es tal nuestro deseo de agradar, es tal nuestro miedo a ser abandonadas, tan fuertes los latidos de nuestro corazón, y tan rica la vivencia de creer que estamos enamoradas, que el hombre, en el caso de que sea un hombre quien nos corresponda, puede que no resista nuestro envite.

El hombre que nos gusta y a quién gustamos también será objeto, obviamente, de nuestro análisis pormenorizado. Raramente responderá a nuestros deseos con la puntualidad y precisión que esperamos de él. Si no nos llama o no responde al teléfono las veces que nosotras creemos imprescindibles para mantener una relación, pronto recibirá una bronca. En definitiva, si el hombre no nos demuestra continuas atenciones, pensamos que se está enfriando la relación. Si su cuentakilómetros no va a nuestra velocidad, tememos que se esté quedando rezagado para desaparecer de nuestra vista.

“¡Es que esta chica me supera!”, dicen desconcertados los hombres.

“Seguro que se está desenamorando de mí. Antes me demostraba más atenciones”, nos quejamos las mujeres.

¿Miedo a qué?

Cuánto más jóvenes somos las mujeres, más inseguras estamos. Cuánto más inseguras, más miedo tenemos. A más miedo, mayor control del objeto que no deseamos perder. A mayor necesidad de control, más suspicacias, más desconfianza.

De tanto querer “querer”, asfixiamos.

Este comportamiento no es exclusivo de la mujer. Algunos hombres también son muy dependientes, inseguros. Pero es otra cosa. No tienen miedo. Simplemente necesitan alimentarse de la energía de la persona que aman, aunque no convivan. La absorben de tal modo que la pareja sólo puede vivir para ellos. Sin su mujer, ellos se aburren, no saben adónde ir, se apagan, engordan.

¿Podemos vivir sin pareja?

Claro que podemos. En algún momento de nuestra vida es necesario que hayamos vivido sin pareja, para saber que hay vida más allá de la protección y el abrazo diario de la persona amada.

Cuando una relación “fracasa” (cabría buscar un término menos agresivo), y otra, y otra más, más inseguras nos volvemos. Cada vez es mayor el sufrimiento que resta. El período de duelo que sigue a una relación que se rompe se solapa con el siguiente y acabamos hechas un embrollo del cual no sabemos cómo salir. Probablemente necesitemos ayuda terapéutica.

La inseguridad, el miedo a ser abandonadas, nos incapacitan para convivir en pareja con plenitud.

Flores multicolores para emociones intensas.

Flores multicolores para emociones intensas.

Cómo vivimos la situación las madres solteras

Las mujeres necesitamos asumir que a veces vivimos sin pareja, por decisión propia o por circunstancias.

Tenemos inmadurez emocional cuando nos sentimos incompletas estando solas. Sentimos que nuestro ideal de vida es estar unidas emocionalmente a un hombre, seamos madres solteras, madres adoptivas o por un embarazo que asumimos. Aspiramos, durante años, a encontrar a la persona que comparta todo, y mientras no la encontramos nos lamentamos y sufrimos. Y si sufrimos, desaprovechamos muchos momentos que podrían haber sido muy felices. Y creamos malestar en la convivencia con nuestros hijos e hijas.

Si buscamos desesperadamente a la pareja que nos va a solucionar la soledad, probablemente vamos a tener un desencanto tras otro. No podemos trasladar a la otra persona la responsabilidad de hacernos felices.

El camino más acertado y seguro es procurar ser felices y estar satisfechas con lo que somos y en la situación que nos ha tocado vivir, por el bien nuestro y de nuestros hijos e hijas. Si queremos encontrar un amor de verdad, será mejor que nos preparemos con serenidad.

Cómo atraemos el amor

Louise L. Hay es autora de diversos libros sobre autoayuda. Uno de los más conocidos es Usted puede sanar su vida. Publicado en 1984, se sigue reeditando y está de rabiosa actualidad. Traduzco de sus páginas, acerca del modo como atraemos el amor:

“El amor llega cuando menos lo esperamos, cuando no lo buscamos. Si usted va en busca del amor, nunca encontrará la pareja adecuada. Si lo hace de este modo, sólo se creará ansiedad y desdicha. El amor nunca lo encontramos fuera de nosotros; lo llevamos dentro.”

“No anhele que el amor llegue inmediatamente. Quizá usted no está preparado (o preparada) para recibirlo, o tal vez no ha avanzado lo suficiente en su evolución para atraer el amor que desea.”

“No se conforme con cualquiera, aunque lo único que desee sea a alguien a su lado. Plantee sus exigencias. ¿Qué clase de amor quiere atraer? Confeccione una lista con las cualidades que le agradaría que tuviera la relación y empiece a cultivarlas. De este modo podrá atraer a una persona que las posea.”

“También podría averiguar la razón por la cual usted se encuentra alejado del amor. ¿Es usted una persona que critica o que se siente indigna? ¿Sus normas, son poco razonables? ¿Va en busca de la imagen de una estrella de cine? ¿Tiene miedo a la intimidad? ¿Duda de que alguien la pueda querer?”