Al pie del artículo Pegar a los hijos. El castigo no es un acto educativo, ha quedado la huella del testimonio de mujeres que en su niñez sufrieron azotes y palizas por parte de sus progenitores. La violencia contra los niños entre los muros del hogar aún es corriente, aunque cada vez más la sociedad acepta que pegar a los hijos no es un acto educativo. Al contrario, les humilla y crea un fuerte sentido de culpabilidad.

Esto no es amor.

Esto no es amor.

Cristina y Virginia nos cuentan cómo han vivido el maltrato en propia carne y cómo se sienten transcurridos unos años:

Cristina escribió…

Hola, espero que todas las personas que lean este comentario piensen y reflexionen en lo que hacen. Lo siento mucho por la estúpida Vero, que dejó ese mensaje que le pega a su hija de 14 años.

Mi niñez fue muy dura, porque mis padre me golpeaban mucho, me tiraban al piso, me sacaban sangre, me maltrataban verbalmente… Hasta me dieron veneno para que me muria.

Yo decidí salir de la casa a los 14 años. Me fui a los Estados Unidos. Terminé la escuela. Pasaron muchos años que no me comuniqué con mi madre. Finalmente lo hice. Ella siempre demandaba 500 dólares al mes. Trabajaba mucho. Hasta por teléfono recibía muchos maltratos.

Me gradué con honores de la escuela. Recibí una beca para ir a la universidad. Me casé con un americano.

Yo no tengo ningún sentimiento por mi madre, ni me importa lo que le pase. Y tengo muchos años de no hablar con ella. Padres, por favor, reflexionen y amen a sus hijos.

Virginia escribió…

Hace tan sólo 15 o 20 años, la forma más común y frecuente utilizada para castigar a los niños era pegándoles en el culo. Aunque hoy esto se considera delito, la mayoría de los padres de todo el mundo siguen utilizando este universal método para castigar a sus niños en la intimidad del hogar.

En mi niñez (años 80) el clásico “tortazo en el culo” podía verse en cualquier parte: tienda, parque, salida del cole… A nadie se le ocurría pensar en aquellos tiempos en una mala madre o una maltratadora. Simplemente era una buena madre que quería educar a su hijo y le pegaba “por su bien”.

En mi caso, la encargada de pegarme siempre era mamá. El método, siempre el mismo: me pegaba en el culo. Aunque en mi casa, al culo lo llamábamos “cachetes”.

Cuando mamá me pegaba en los cachetes siempre lo hacia con la mano o la zapatilla.Lógicamente eran otros tiempos y no le guardo rencor. Pero yo que fui una niña bastante nalgueada en todas mis etapas de niñez (desde que recuerdo 4-5 añitos hasta los 13-14 años) puedo asegurar que la sensación que se siente es horrible. El castigo físico es casi lo de menos. Aunque dolía mucho, el culo es un buen sitio para pegar. Los cachetes están preparados para recibir golpes fuertes y repetitivos sin que se produzca un daño considerable. Lo peor es el daño emocional.

Recuerdo una actitud increíblemente sumisa por mi parte. Sumisión e impotencia ante la autoridad y superioridad de mamá.

Cuando a una niña le pega otra niña, recurre llorando a mamá. Cuando le pega un maestro, recurre llorando a mamá. Si le pega su abuela, recurre llorando a mamá…
Pero cuando es mamá quién se dirige a la niña con una zapatilla en la mano, la impotencia de esa niña se vuelve infinita.

Simplemente le queda arrancar a llorar, abrir los brazos y abrazar a mamá por la cintura, mirar hacia arriba con los ojos repletos de lágrimas, lanzando quizás algún que otro beso al aire en señal de sumisión y arrepentimiento, mientras mamá levanta la zapatilla y le pega fuerte en el culo sin compasión, un zapatillazo tras otro. El leve llanto de la niña se convierte en fuertes berridos de dolor, situación que no ablanda a la decidida madre, que continúa pegándole más y más fuerte.

Recuerdo como si fuera ayer el estridente ruido de los zapatillazos golpeando mis carnes. El dolor me hacia ponerme las manos en los cachetes, manos que sin mucho esfuerzo me eran retiradas y sujetadas de inmediato. Tan sólo unas ajustadas mallitas blancas y las braguillas me servían de alguna protección.

Me sentía muy culpable e indefensa. Cuando mamá terminó de pegarme me abrace a su cuello y empecé a darle besos. Es increíble como una niña de 8 años puede llegar a pensar que la culpa ha sido de ella y que lo que ha hecho su madre ha estado bien y que lo ha hecho por su bien.

Espero que nadie vuelva a sentir lo que sentía yo. Me sentía NADIE. Toda clase de violencia debería estar erradicada de la faz del planeta. Ahora soy madre soltera y por nada del mundo consentiré que mi hija experimente lo que yo viví.

Calendula
calendula@yosoymadresoltera.org