Mujeres iraníes y saudíes se acicalan en centros de belleza. Pese a los guardianes de la moral, gastan toneladas de maquillaje.

Transcripción del reportaje sobre mujeres en países islámicos publicado por el digital El País con fecha 25 de julio de 2010.

Seducción y cosmética (con ‘hiyab’)

Ángeles Espinosa

Dos matronas envueltas en un chador llaman al timbre y cruzan el umbral. Al poco, llega una joven con un pañuelo que apenas le tapa el pelo y una bata ajustadísima. El vigilante que guarda la entrada ni siquiera vuelve la cabeza. Está acostumbrado. Aunque no hay carteles que anuncien el negocio, el trasiego de mujeres que atrae el local revela que se trata de un salón de belleza. Sin poder exhibir las típicas fotos de modelos espectaculares, su fama depende del boca a boca. Obligadas por ley a esconder sus cuerpos, iraníes y saudíes gastan más per cápita en cosméticos y peinados que el resto de las mujeres de Oriente Próximo.

Algunos ulemas saudíes opinan que las mujeres solo deberían enseñar un ojo cuando aparecen en público, porque mostrando los dos pueden despertar pensamientos lascivos.

Algunos ulemas saudíes opinan que las mujeres solo deberían enseñar un ojo cuando aparecen en público, porque mostrando los dos pueden despertar pensamientos lascivos.

La puerta se abre a un muro y hay que girar a la derecha para acceder al salón de la peluquería Fahimeh, en el barrio de Jordan de Teherán. En otros locales, es una cortina la que garantiza que no se cuelen miradas indiscretas. Dentro, el mundo cambia. Liberadas de pañuelos y batas, las jóvenes exhiben camisetas de tirantes, pantalones ceñidos e incluso ombligos con piercings, como en cualquier otro lugar; las de más edad, atuendos menos atrevidos, pero modernos. Los salones de belleza son uno de los escasos lugares fuera de sus casas donde las iraníes (y las saudíes) se quitan el hiyab (la cobertura islámica). Gracias a que solo hay mujeres.

Viendo el trajín de peines, horquillas y secadores, una se pregunta qué sentido tiene todo este esfuerzo cuando poco después tendrán que volver a colocarse el pañuelo sobre la cabeza y se destruirá todo el trabajo. “Tenemos nuestras técnicas: con espumas y laca logramos dar consistencia al peinado. Además, elevamos los recogidos para que el pañuelo se apoye sobre ellos y no aplaste el resto del pelo”, explica Samy mientras da los últimos toques a un peinado que recuerda a los de las artistas de los años ochenta.

Sima, la encargada, se esmera en una larga melena azabache. Las iraníes están bendecidas con lustrosos cabellos, pero se quejan de exceso de vello corporal. En la entreplanta, varias esteticistas se afanan dando forma a las cejas y depilando el resto de la cara con un hilo tensado, que deja la piel tan suave como enrojecida. “Las iraníes somos muy coquetas”, admite Firuzeh, una artista visual que es clienta del salón. “Como nos obligan a cubrir nuestro cuerpo, solo nos queda el rostro para expresarnos; de ahí que le dediquemos tanta atención”.

Para entender a Firuzeh, haga la prueba. Colóquese delante de un espejo, coja un pañuelo y ajústeselo bajo el mentón de forma que no sobresalga ni un solo pelo. No importa que usted sea hombre o mujer, habrá envejecido diez años. Solo con un óvalo perfecto y rasgos especialmente agraciados se supera la prueba.

Así que las iraníes (y las saudíes) recurren al maquillaje (además de la depilación del rostro y el perfilado de las cejas). Toneladas, si nos atenemos a los 2.000 millones de dólares (unos 1.560 millones de euros) que gastaron en productos de belleza en Irán el año pasado. Ese consumo representa un 29% del mercado de cosméticos de Oriente Próximo, solo por detrás de Arabia Saudí (cuya renta per cápita casi duplica la de Irán). De acuerdo con un estudio recientemente publicado en la prensa local, cada una de los 14 millones de mujeres iraníes de entre 15 y 45 años que viven en ciudades gasta una media de 5,5 euros al mes en afeites. La cifra resulta significativa cuando el salario mínimo es de 235 euros al mes y el medio poco más del doble.

Y eso que el maquillaje sigue estando mal visto por los sectores más conservadores. De hecho, funcionarias y estudiantes lo tienen prohibido. Tras la revolución islámica, incluso se ilegalizaron los cosméticos, y patrullas de zelotes borraban la pintura del rostro con estropajo. A mediados de los años noventa, el Gobierno volvió a permitir la importación de pintalabios, sombras de ojos y esmaltes de uñas, aunque todavía hoy la mayoría entran en el país de contrabando.

Importados legalmente o por los canales paralelos, de marca o de imitación, perfumes, cremas y otros artículos de belleza constituyen un negocio seguro en Irán. En los últimos años, con la progresiva liberalización de las compras de productos extranjeros, las tiendas de cosméticos han florecido en todas las ciudades del país, e incluso farmacias y grandes supermercados les dedican una sección. Pero donde mejor se aprecia la importancia que las iraníes atribuyen a la imagen personal es en las peluquerías y salones de estética, a los que en la medida de sus economías acuden con regularidad.

No solo para las bodas o las fiestas (clandestinas) de los fines de semana. Las iraníes se maquillan hasta para ir a la compra. Un paseo por cualquier zona comercial de Teherán lo corrobora. Además, no lo hacen únicamente aquéllas en edad de disimular las primeras arrugas, sino incluso las más jóvenes, y dos tercios de los 72 millones de iraníes tienen menos de 30 años. Para muchas, es un signo de rebeldía frente a un régimen que durante tres décadas ha tratado de controlar no solo sus vidas, sino también su apariencia. De ahí que a menudo caigan en el exceso.

El mismo deseo de singularizarse y destacar parece animar el gasto en productos de belleza de las saudíes, que el año pasado alcanzó los 1.870 millones de euros. En un país con apenas 24 millones de habitantes, eso supone uno de los índices per cápita más altos del mundo, y los expertos auguran un crecimiento del 11% en el próximo ejercicio. Pero, además, en su caso, el esfuerzo tiene una audiencia más limitada, ya que la segregación sexual es mucho más estricta que en Irán, y la mayoría de las saudíes aparecen en público no solo ocultas bajo la abaya (equivalente árabe del chador), sino con la cara tapada por el gotwah, un fular negro muy fino que dejan caer por encima del niqab.

¿A quién dedican entonces sus arreglos? Los estrictos vigilantes de la moral del reino, los ulemas que respaldan el Gobierno de los Al Saud, quisieran que solo sus maridos disfrutaran de su contemplación y se mantienen ojo avizor sobre los salones. Incluso los hay, como el jeque Mohamed al Habadan, que se oponen al uso del rímel y opinan que las mujeres solo deberían enseñar un ojo cuando aparecen en público, porque mostrando los dos pueden despertar pensamientos lascivos. Ajenas a esas preocupaciones, o tal vez conscientes de ellas, también las solteras acuden a lugares como Lubna Beautification Center, Nº 1 for Ladies o el spa del hotel Luthan (un oasis solo para mujeres), todos ellos en la conservadora Riad.

El alto nivel económico de las saudíes les da acceso no solo a las marcas de cosméticos más exclusivas, sino a los últimos tratamientos, desde oxigenación de la piel a activación del colágeno, pasando por todo tipo de ampollas e infiltraciones. Más preocupante es que, tanto en el Reino del Desierto como en Irán, el deseo de emulación de las bellezas artificiales que popularizan los culebrones está llevando a muchas jóvenes a pasar por el quirófano. Claro que en una sociedad en la que casi la única diversión permitida por las autoridades religiosas son las bodas, resulta primordial llamar la atención de las madres o hermanas de potenciales maridos. Cuando faltan pocas semanas para el Ramadán, es temporada alta de casorios y, por tanto, época de citas con la esteticista, maquillajes y peinados espectaculares.

Calendula
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