Existen unos mecanismos para aumentar la satisfacción con nosotras mismas, el bienestar de unas buenas relaciones humanas y la tan deseada felicidad. Analizaremos algunos de ellos.

Las confidencias

La necesidad de contar cómo nos sentimos, de revelar pequeños secretos, de compartir lo que creemos, es un deseo que proporciona muchas satisfacciones cuando se encuentra a la persona adecuada. Ésta puede ser alguien que conozcamos temporalmente en una excursión, o un hombre que se sentó a nuestro lado en una fiesta, o una compañera de estudios, o una amiga que sólo vemos de vez en cuando, pero tenemos la certeza de que no va a contar a todo el mundo lo que le hemos confiado.

La persona que hace muchas preguntas o se muestra demasiado interesada por nuestra vida no acostumbra a ser la persona adecuada con quien empezar a establecer una amistad. Las amigas se hacen poco a poco; es un sentimiento que crece y va tomando solidez.

La confianza es un factor básico para mantener una buena relación con una amiga. Si nacen dudas sobre su honestidad, la relación se enfría y se distancia. Lo mismo se da al revés, la confianza que nosotras despertamos en personas que se han acercado a nosotras en busca de compañía y apoyo emocional.

Habremos observado que el auténtico lazo con una persona nace en el mismo instante que compartimos algo muy íntimo: una confidencia, un pesar, un dolor, una experiencia. Mientras se tienen conversaciones superficiales, no pasamos de una práctica social común: hablar por hablar, comunicarse sin más, sin ningún compromiso.

Una mujer tiene siempre algo que contar. Es una de nuestras riquezas personales. Para ello hay que saber encontrar a alguien que nos sepa escuchar y a quien nosotras también podamos abrir nuestros pensamientos.

Preservar los vínculos

Todas las personas dependemos de los demás, necesitamos de su proximidad. Pero las relaciones hay que cultivarlas. Llamar a un familiar e interesarse por él, quedar con una amiga o amigo para comer… Los amigos y amigas estarán a nuestro lado cuando sintamos que nos hundimos, que todo va de mal en peor. Tendremos sus palabras de consuelo, su complicidad. Y lo mismo nosotras para con ellos.

En la amistad es también esencial no competir. Cuando se compite por algo material, espiritual, familiar, o de “prestigio”, la relación hace aguas.

El cariño tiene que ser libre, tratar a la otra persona de igual a igual, aproximarse a sus dificultades. Y frecuentemente basta con escuchar y facilitarle la resolución del problema (“si conservas el cariño de tu hijo eres una afortunada”, “quizá el niño también desee un poco de paz, sentir que él es más importante para ti que todo lo demás”, “habla con él, tal vez no se atreva a explicar qué le pasa, pero lo está deseando”, “deja que grite, después abrázale y dile que lo sientes, que no eras consciente de lo que le estaba sucediendo”).

Contar chismes

En las relaciones entre amigas, los chismes ocupan también un tiempo y un lugar. No siempre hay que hablar de problemas o de proyectos y de las tareas cotidianas.

El chismorreo en sí mismo no es malo. Sirve para sorprenderse, para reír, para despejar el ambiente, siempre que no dañe a una tercera persona.

Qué dicen los científicos

Los científicos dicen que la mujer tiene un lenguaje más rico que el hombre, emociones más complejas y un cerebro más especializado en la parte del lenguaje, a causa de la maternidad y el cuidado y educación de sus hijos y, en especial, por juntarse a chismorrear o contar sus experiencias durante sus labores. En las sociedades primitivas la mujer trabajó siempre con otras mujeres, en grupo, en tareas tan distintas como las labores agrícolas de sembrar y recolectar, cuidar de los animales, moler el grano, acercarse a buscar agua, encender el fuego, preparar la comida… Y mientras, los hombres preparaban flechas y hachas, cazaban y emitían gritos para cercar al animal o para celebrar su muerte. La evolución sucedió así.

De su postergación, la mujer sacó provecho.

Calendula
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