En la civilización cristiana el sexo se ha tratado como un acto dedicado exclusivamente a la procreación, circunscrito únicamente a la unión matrimonial.

 

A la sombra

Sin embargo se intentó tapar la “ferocidad” sexual masculina incluyendo un nuevo concepto: el débito conyugal, que no es otra cosa que obligar a la esposa a que acepte hacer el coito aun sin desearlo (cosa que no acostumbra a pasar a la inversa). Una violación encubierta, vamos.

La mujer en general, con tanta represión y sermones y amonestaciones y amenazas acabó creyéndose que el sexo era malo, que había que llegar virgen al matrimonio, y que tener sensaciones placenteras en los genitales y otras partes del cuerpo era cosa de “mujeres públicas” (concepto equivocado, porque la prostituta no se implica emocionalmente con el cliente).

Y así llegamos al gran teórico del psicoanálisis, el hombre que revolucionó la psicología en el siglo XIX: Sigmund Freud. Pero en cuestión de mujeres no acertó para nada. Más bien nos acabó de hundir, afirmando que solo el orgasmo vaginal era propio de mujeres equilibradas y maduras. Y así pasaron decenios y decenios intentando los hombres que sus mujeres llegaran al orgasmo con el acto mecánico propio del bombeo de los pozos petrolíferos. Un verdadero fracaso.

Por suerte llegaron los años sesenta del siglo XX y las women’s lib (el movimiento americano de liberación de las mujeres), gritando a los cuatro vientos que el clítoris era el órgano de placer por excelencia, sin desmerecer para nada la vagina y otros órganos.

Los hombres han hecho los deberes

El hombre actual ha descubierto las delicias de complacer sexualmente a la compañera, porque en ese instante su placer se da por partida doble: el suyo propio y su capacidad para hacer vibrar a la mujer. Es necesario que los hombres lo sepan, que tengan conciencia que nosotras valoramos su compromiso con las buenas artes amatorias. En las cosas del amor, seducir e insinuar aviva el deseo, pero si tratamos, como ahora lo hacemos, de los logros alcanzados por los seres masculinos, nuestras palabras se convierten en reconocimiento y en estímulo. Hablar de su evolución favorecerá la autoestima masculina, al tiempo que divulgaremos nuestra satisfacción en este largo camino de compenetración hombre-mujer en libertad.

Las mujeres hemos recorrido rápidamente el corto camino del siglo XX de liberación de antiguas ataduras, pero los hombres, compañeros, amantes, amigos y esposos nuestros, han estado luchando codo con codo con nosotras, aunque un exceso de orgullo y vanidad nos haga creer que nosotras somos las que más. Para nada.

En el mundo occidental cada vez quedan más lejos los hombres que obligan a sus mujeres a tener relaciones contra su voluntad. En el ámbito del hogar y de los malos tratos y las malas costumbres aun son frecuentes, pero eso responde a una sociedad arcaica, educada en la violencia y la humillación de la mujer, que tiende a desaparecer.

Y las mujeres también

Compaginar liberación sexual y maternidad y matrimonio no ha sido fácil, pero la mujer no se ha quedado atrás en plantear al hombre, y explicarle, cómo deseaba ser tratada como persona y cuáles eran sus puntos de placer. Un esfuerzo ingente, tras tantos siglos de represión y sentimiento de culpabilidad. Pero ha valido la pena.

Desde la página de las madres solteras nos creemos en la obligación de divulgar nuestra amplitud de miras y nuestras reflexiones sobre la relación amistosa, sexual y sentimental (que no familiar) con los hombres. Otra cosa es nuestra situación social como mujeres que criamos solas a nuestros hijos, porque no hay un soporte firme de la administración pública hacia nosotras, pero esa es otra lucha que terminaremos ganando. Las minorías deben ser escuchadas y protegidas, ahora y siempre. ¡Vaya!

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