Esposas abandonadas e hijos que no conocen a sus padres afrontan la inesperada vuelta a casa de emigrantes mexicanos en EEUU, precipitada por la crisis y la ‘ley Arizona’.

Transcripción del artículo publicado por el digital El Periódico con fecha 24 de agosto de 2010.

«¿Quién es este señor?»

Toni Cano – La Magdalena

Acá en México quedó la familia, las mujeres. Quedaron los niños, las gestantes. «Los hombraes se fueron del otro lado», al norte del río Bravo. Hace dos, tres, cinco, siete años. Las mujeres, como siempre, han tirado del carro. Mal que bien, «la familia no ha ido a pior». La puerta de «esta pobre casa» siempre está abierta. Pero nadie espera ya que un día reaparezca por ahí, «de sopetón», el que fue marido y padre. Y estos días eso es lo que ocurre, como ellas atestiguan.

Imelda y dos de sus hijas, haciendo tortas.

Imelda y dos de sus hijas, haciendo tortas.

La crisis y el miedo a las redadas y deportaciones en EEUU a raíz de la llamada ley Arizona hacen volver a casa a millares de hombres que se fueron de mojados y dejaron familias y pueblos vacíos en la Sierra Madre de México. Esposas abandonadas se enfrentan al dilema de si volverse a acostar con un auténtico desconocido. Niños que ni conocían a su progenitor, al de reconocerlo como jefe de familia.

El fenómeno hace triunfar la película Abel, el debut como director del actor Diego Luna. El filme ya causó impacto en Cannes. Pero el drama y los casos similares se multiplican ahora por la amplia geografía mexicana.

En La Magdalena, esta aldea de la sierra de Veracruz, casi es un lujo tener paredes de tablones, un fogón de leña y maíz para que las mujeres lo hiervan con cal, muelan la harina, torteen la masa, cuezan las tortillas. El pan de cada día. Imelda y sus hijas han vivido estos años de vender tortillas. Ella dejó de esperar como Penélope. Ahora afrontan el trauma del reencuentro.

Él se fue hace casi cinco años. «Dizque para hacer la casita de obra», recuerda la mujer. Y apareció de repente el otro día al contraluz de la puerta, y pisó con autoridad el suelo que ellas pudieron poner sobre el de tierra que dejó. Igual que Abel, que lo olvida y suplanta en la película, la más pequeña, Adi, ni lo conocía. Como la madre de Abel, Imelda no parece dispuesta a retomar sumisamente sus «deberes conyugales». «Nunca le negaré un lugar en la mesa. Pero no volveré a estar con él».

Los dilemas de Imelda son los de mujeres de innumerables pueblos de las estribaciones de la sierra, de Veracruz a Oaxaca y Chiapas, de Aguascalientes a Zacatecas. La actitud sincera de los hijos casi siempre es como la de Adi: «¿Quién es este señor? ¿Se va a quedar?».

«No hizo ni una llamada». Quizá «tiene otra mujer», otros retoños, «al otro lado, en los Estados». O en algún lugar fronterizo en el que lo detuvieron el destino o la bebida. Él mismo no sabe si va a seguir en casa. «¡Esta casa de tablones, chingao!», gritó, sin apenas ver el suelo brillante, el fuego encendido, las tortillas sobre el comal. Para las niñas, absurdos juguetes chinos: ni una mirada a cinco años. Ni un detalle de ternura. «Los tiempos no están para eso», cortó.

Calvario en silencio

Llegó con «una camioneta muy aparente, botas picudas, cinturón de hebilla dorada». Las dos hijas mayores «lo aceptan, apantalladas; por ese interés adolescente». Una ha salido con él a «dar una vuelta en la camioneta». Imelda aprovecha para desahogarse: «Y ahora vuelve, después de que le supliqué que no me dejara embarazada y luego que no se fuera sin esperar al menos a que naciera la menor». Superó el dolor grande, perdonó, pero ya no le ama. Incluso teme que «falte al respeto a las niñas».

Nadie en la familia ni en la aldea sabe del dolor de Imelda. Sobre todo los suegros, «todos tienen que creer» que está «feliz de que él ha vuelto». Ella misma les mintió al afirmar que él mandaba dólares. Le da miedo pensar que la van a juzgar mal; «a él siempre lo tendrán bien considerado». Avergonzada, Imelda no sabe ni cómo mirar a «las otras mujeres del pueblo que tienen marido sin regresar».

Calendula
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