Comienzo a escribir el presente artículo:

— Pensando en mujeres que están enamoradas de un hombre casado bastante mayor que ellas, de cuya relación han nacido uno o más hijos extramatrimoniales. Estas mujeres son sumisas y amorosas, comprenden que él no pueda abandonar a su esposa (entiéndase divorciarse) e hijos porque ellos no aceptarían la ruptura y se produciría un gran cataclismo. Y por este motivo apoyan a ese hombre casado y le dan la razón;

Dos rosas. Pintura de Tatiana Musi.

— Pensando en mujeres que están embarazadas o tienen un hijo de un hombre casado y éste desapareció para siempre, sin hacerse cargo de la manutención del niño y sin importarle las dificultades económicas y afectivas que pasen ambos. O bien pensando en mujeres que reciben regularmente de este hombre casado unos dineros para cubrir las necesidades del hijo, sin que mantenga ningún contacto afectivo con el niño;

— Pensando en mujeres que han empezado un flirteo con un señor normalmente quince o veinte años mayor que ellas, que ya tiene pareja e hijos o está unido en matrimonio, atraídas por su madurez y experiencia, creyendo que van a controlar sus sentimientos;

— Pensando en mujeres que tal vez algún día se encuentren con un compañero de trabajo, casado, que las tratará como amigas, escuchará sus penas, las atenderá como un caballero, y finalmente las enamorará;

— Pensando en mujeres que quizá se sientan fascinadas por un hombre casado y poco a poco empiecen a andar por un terreno poco conocido que tiene muchos precipicios donde caer; y no me refiero, querida amiga, a aspectos relativos a la moralidad, sino a los precipicios de la soledad, de la maternidad en solitario, de las visitas que recibas a su conveniencia (que nunca coinciden con días festivos o especiales para ti, como tu cumpleaños), de tu retorno siempre sola a las celebraciones familiares, de la juventud perdida, de las llamadas telefónicas que no llegan, de la prohibición de llamarle, de las largas esperas en tu casa, de la edad fértil que se fue sin decidirte a tener un hijo…

— Y pensando, en general, en mujeres que por distintas causas han quedado atrapadas en un amor con un hombre que ya tiene esposa o compañera e hijos, y bienes, y trabajo, y vida familiar, y vida social, y bendiciones, y contratos, y vacaciones, y participación en actos religiosos y políticos, y responsabilidades materiales y afectivas como padre, y reuniones de papás y mamás de alumnos, y familia extensa, y cumplimiento del deber democrático de depositar el voto en día de elecciones acompañado de su familia, y la firma del testamento o de la póliza de vida, y la cuenta bancaria en común con la esposa, y la aceptación de invitaciones para bodas y bautizos…

La liturgia religiosa y civil que no llega

Ese hombre nunca va a decirte en una ceremonia religiosa:

— “Yo, NN, te recibo a ti, NN, [como le diría a su futura esposa], y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.”

— “¿Toma usted esta mujer cuya mano sostiene, como su legítima esposa? ¿Promete usted solemnemente delante de Dios, y de estos testigos, cuidarla, amarla y defenderla, y ser un esposo fiel y verdadero mientras Dios le conceda vida?”

Tampoco va a dar el consentimiento a los artículos del Código Civil:

“Art. 66. El marido y la mujer son iguales en derechos y obligaciones.
Art. 67. El marido y la mujer han de respetarse mutuamente y actuar en interés de la familia.
Art. 68. Los cónyuges están obligados a vivir juntos, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente.”

Cómo él te ama a ti

En cualquier relación hay que distinguir entre las palabras que nos hablan de amor y la demostración real de que somos amadas. Con solo palabras no hay amor. O nos quieren de verdad… o aparentan que nos quieren. Todo lo demás son sueños, ilusiones, falsas expectativas, y, como resultado final, a más corto o largo plazo, frustraciones y decepción por nuestra parte.

No hay amor sincero cuando sólo una de las partes ofrece a la otra parte todo lo que está a su alcance para hacerla feliz. En el caso de amante/hombre casado, quien más generosidad vierte en la relación es la amante. La explicación es sencilla: la mujer le dedica su vida entera, mientras que el hombre le proporciona escasos momentos de felicidad y compenetración.

Hagamos recapitulación sobre el modo como el hombre casado “ama” a su amante:

— No permite que ella discrepe, o cuestione, o insinúe el más mínimo desacuerdo con cualquier aspecto relativo a la familia de él, o a la relación de él con su esposa o el entorno familiar. Reprime rápidamente a la amante, para que no vuelva a insistir, para que no tome un protagonismo que no le corresponde. La familia de él es intocable.

— Con esa actitud, el hombre pone los puntos sobre las íes: “mi mujer, ante ti, es incuestionable; casi todo lo hace bien”, “yo, a mi mujer, le aguanto muchas cosas, porque ella me las aguanta a mi”, “mi mujer y mis hijos creen en mí y no les puedo decepcionar”, “mi familia no sabe que existes; si lo supieran tendrían una gran pena”, “no puedo abandonarles, porque no lo entenderían, y tanto mi mujer como los niños sufrirían mucho; como los quiero, no puedo darles este disgusto”, “mi mujer nunca me va a abandonar; en cambio, tú podrías dejarme en la estacada”, “mi mujer me ha cuidado cuando he estado enfermo”, “la estabilidad familiar es muy importante en la vida laboral y social del hombre”, “mi mujer me es fiel; eso para mí cuenta mucho”…

— El hombre nunca o prácticamente nunca acompaña a su amante al médico, ni le puede preparar el desayuno, ni sale con los amigos de ella (y aun menos con los de él), ni celebran las fiestas señaladas juntos, ni se van de fin de semana juntos, ni van a la biblioteca juntos, ni él habla con los vecinos de ella, ni planean juntos las vacaciones, ni preparan el árbol de navidad juntos, ni van de compras juntos, ni van de la mano juntos, ni se besan por la calle, ni se acercan juntos a una cámara de televisión que registra imágenes mientras una locutora hace preguntas a los transeúntes…

— En consecuencia, la amante va sola a todas partes, porque en su periplo con el hombre casado quedará relegada a la mujer que no tiene pareja “aunque parece extraño, porque es guapa y simpática y tiene don de gentes”, y se alejará de los amigos, y solo le quedarán los del trabajo (que el fin de semana se van por su cuenta, con sus amigos e hijos), y dejará de ir a bailar si es que iba, y poco a poco hará caso a su amante casado cuando éste le dice que sus amigos son tal y tal cosa y a él no le gustan, y estará triste muchas veces aunque intente disimularlo, y dirá mentiras a la familia y amistades cuando deba encontrarse con su amante casado cuando ya había quedado con ellos para celebrar algo o ir al cine…

Rincón. Pintura de Tatiana Musi.

— El hombre casado, si tiene uno o más hijos con la amante, puede que ejerza de padre económico y de cariño, pero se puede dar la circunstancia de que no le vean nunca más. El contacto con los hijos, si lo hay, también será esporádico, a su conveniencia, en las horas que él tenga disponibles, y no podrá dar biberones por la noche, ni cuidar al niño cuando tenga fiebre, ni jugar en el parque mucho rato para que no le reconozca nadie de su entorno, ni estará el día de Reyes, ni harán los deberes juntos, ni, sobre todo, se le podrá llamar por teléfono a cualquier hora, ya sea durante el trabajo o fuera de él…

— El hombre casado impone sus criterios sobre el modo cómo su amante tiene que estar disponible cuando él llegue a la casa de ella. Disponible tiene que estar siempre, claro, aunque a ella le haya venido el período o tenga fiebre, porque los deseos de él son órdenes. Él expresa siempre sus anhelos en voz alta, para que resuenen bien en las orejas de la amante: tiene unas ganas enormes de estar con ella en la cama, desde hace unos días piensa en ella y la desea, y se la imagina sin bragas… En fin, para qué vamos a contar más. La amante no podrá decir, como la esposa, que está cansada, o tiene estrés en el trabajo, o no le viene bien hacer sexo, porque él la reprendería, y como ya hemos dicho, sus deseos son órdenes. Él exige sexo de calidad todas las veces que lo necesite. De lo contrario, se puede poner algo enfadado o agresivo. A la esposa, por el contrario, como tiene un estatus jurídico superior, se le disculpan estas pequeñeces.

— En consecuencia, la amante cuenta muy poco en esta relación mal llamada de “amor”. Ella sí le quiere. Depende sentimentalmente de él, no se imagina una vida sin su presencia. Ella es frágil y él se aprovecha. Para que él no se vaya o porque ha sido educada para acceder a los caprichos masculinos, la amante, entre conversaciones y risas agradables, tiene como objetivo preferente complacer sexualmente al hombre casado y distraerle de sus obligaciones diarias. Es lo que se espera de ella. En cambio, lo que el hombre casado espera de la esposa es distinto. Con la esposa hay muchos otros elementos de unión, desde la voluntad de que exista esa unión y se prolongue en el tiempo, hasta los hijos, los bienes, el contrato matrimonial, la imagen social, la estabilidad familiar, la seguridad…

Frases acerca de la relación entre un hombre casado y su amante

  • La mujer pone sentimientos, sexo, exclusividad y amor romántico en una relación con un hombre casado y éste sólo pone sexo.
  • El hombre casado exige fidelidad a la amante. Por el contrario, la amante se beneficia de la infidelidad del hombre casado.
  • Ella le dedica todo su tiempo, la vida entera, y él solo los momentos que decide dedicarle.
  • Ella no se quiere mucho a sí misma. Él se quiere demasiado.
  • El sexo es el único vínculo fuerte que une a la mujer amante con el hombre casado.
  • Decir que la amante sólo busca dinero en un hombre casado no tiene mucho sentido. El dinero es uno de los puntos fuertes que mantiene unido al matrimonio y también uno de los mayores atractivos en la búsqueda de pareja, y nadie lo discute.
  • Si decides abandonar a un hombre casado, vete con cuidado. Puede ponerse violento.
  • Si deseas continuar con una relación en el anonimato, ojo con el perfume que lleves en los encuentros con tu hombre casado. La esposa podría excederse haciendo preguntas.
  • Si la esposa se apercibe de que su marido tiene una amante, se producirá un descalabro, pero lo más seguro es que no se divorcien. Así que es inútil provocar este tipo de situaciones con la intención de llevarle al altar. Nunca se casará contigo.
  • Cuando, con el tiempo, disminuya tu implicación con el hombre casado a causa de su no-implicación en tu vida de persona, el sexo se volverá menos estimulante y más rutinario. Llegarás al punto que llegó la esposa mucho antes, pero a ti te tocará “cumplir”, que para eso estás.
  • Cuando tu ardor sexual decrezca, ten por seguro que él se buscará otra amante. Habréis pasado de un triángulo amoroso a un cuadrilátero.
  • El hombre casado que tiene una amante miente muy bien. Tú también tendrás que aprender a mentir, para ocultar ese “amor” prohibido.
  • El hombre casado te dirá que te ríes mucho y tu conversación es muy amena, algo que él valora mucho en una mujer (parece que la suya es más mema). No creas que poseas grandes cualidades intelectuales y simpatía. En realidad te está adulando para que le trates como a un rey.

Si eres madre soltera por tu relación con un hombre casado, habrás sufrido lo indecible, y probablemente tu hijo también. Después de esta experiencia, el concepto que tendrás de ti misma va a ser desastroso. Ese es el resultado de tu trayectoria vital junto a un hombre casado. Se apodera de tus mejores años, de tus mayores cualidades, y te deja en un estado deplorable. No creas que exagero. Si has tenido la suerte de salir de dicha relación con un sentido positivo de ti misma y de la vida, felicidades. Lo más probable, de todos modos, es que la soledad hurgue en tus entrañas por muchos años. El hombre casado te habrá quitado la vitalidad, la espontaneidad y la inocencia. Pero tendrás un tesoro: serás nuevamente libre para rehacerte de la experiencia de haber sido la amante de un hombre casado.

Calendula